martes. 05.03.2024
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Carmen Guri |

Toc, toc, toc…”Mèsie Godard, Tengo algo que decir”: En este interesante y personal homenaje al cineasta Jean-Luc Godard hay reflexión, emoción y conocimiento, también crítica. Está el maestro francés, su discípulo y director del filme, Arturo Prins y su espíritu Teo Gopcevich, el cautivador actor de 9 años que se convierte en la reencarnación del director de películas como Alphaville (1965), Yo te saludo, María (1984), Film Socialista (2010) o Adiós al lenguaje (2014), alguna de ellas referenciada en el documental.

El mediometraje No tengo nada que decir (je n’ai rien à dire), del director argentino, es un filme experimental hecho con nada, porque con nada se puede contar todo, como decía el padre de la nouvelle vague.

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Arturo con Godard.

Todo comenzó, sin saberlo, con la ilusión de Prins por conocer a Godard en persona. Así, el 13 de septiembre de 2020 se presenta en su casa de Rolle (Suiza) y se cuela en la rutina ya apagada del francés, que sin ganas, le concede unos minutos de despiste y cierta ternura. “No tengo nada que decir, ya no soy artista”. Con esas palabras sella el intento de Prins por conversar con él saliéndose de los tópicos. Una foto juntos y el regalo de una de sus pinturas como agradecimiento pone fin al encuentro. Nada hacía presagiar que dos años después en el mismo lugar y en la misma fecha, Jean-Luc se quitaría la vida mediante suicidio asistido. Una sincronía significativa para los que gustan de las conexiones extrasensoriales.

Estas imágenes -hoy sabemos que las últimas de Jean-Luc en la gran pantalla- fueron el detonante para la creación de esta carta de despedida y agradecimiento que es la cinta de Prins, pero sería superficial quedarse solo en el momento fan de aquel encuentro en plan naturel no officiel, como el cine por el que apostaba el francés.

No tengo nada que decir es una película fácil de ver en la que conviven una parte ficticia, la más naif y otra real y más sesuda. 45 minutos cargados de píldoras godarianas para refrescar la memoria de los entendidos, crear base en los menos y hacer reflexionar a ambos.

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Fotograma de la película.
Cartel No tengo nada que decir

Algo así como un álbum de recuerdos y ensoñaciones entre planos y contraplanos que comienza con la descripción de un retrato en blanco y negro de un jovencísimo Godard a modo de introducción. A partir de ahí, mientras el propio Prins -muy presente en el documental- narra su viaje en búsqueda del maestro, se intercalan imágenes y pensamientos en torno a la figura del célebre director, primero un parque de atracciones para criticar la industria de Hollywood, después un disparo y Tarantino, luego unas escenas del primer corto del francés;, más tarde referencias al Film socialista y también llegarán declaraciones contra el festival de Cannes, fragmentos de películas, entrevistas y documentales que hacen guiños a su personalidad y a su relación con la actriz Anna Karina con quien estuvo casado y a su gran amiga, la directora Agnès Varda. Todo esto al ritmo de canciones como Ferdinand de Antoine Duhamel o Le Mépris de George Delerue que ya sonaron en las obras del cineasta y aderezado con la deliciosa interpretación del niño Godard que es la esencia de esta historia en la que, con la inocencia de su corta edad, va recitando citas del maestro francés sin saber lo que realmente encierran esas reflexiones. Sin saber que con esas palabras está perpetuando las enseñanzas de Jean-Luc Godard.

“No tengo nada más que decir, mèsie Godard”. Solo me queda reflexionar sobre su manera de entender el cine, mientras, como en la última escena de la película, imagino caer la nieve sobre el agua. En silencio.

Godard naturel no officiel