Frankenstein de Guillermo del Toro: belleza sin innovación
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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
¿Realmente era necesaria una nueva versión de Frankenstein? ¿Hay algo realmente original en la nueva adaptación que dirige Guillermo del Toro? Estas son las preguntas que surgen tras el visionado de la última cinta del director mexicano, y sus respuestas no son del todo sencillas. Aunque estamos ante una película cuyas dos horas y media pasan como un suspiro, no hay nada realmente novedoso en esta visión de la célebre novela de Mary Shelley.
Guillermo del Toro ya había explicado en varias ocasiones que Frankenstein o el moderno Prometeo era uno de sus proyectos más soñados y que, tarde o temprano, acabaría rodándola. Tras su paso por los festivales de Venecia y San Sebastián, la cinta puede verse ahora en Sitges. En ella, el director despliega toda su imaginería gótica y barroca, creando edificios impresionantes, vestuarios exuberantes y personajes bizarros, continuando con la tradición estética que lo caracteriza en películas anteriores como El laberinto del fauno (2006) y La forma del agua (2017).
El resultado es una película excesiva, visualmente maravillosa, pero que no aporta nada realmente nuevo que no hayamos visto en otras adaptaciones del monstruo, como la dirigida por Kenneth Branagh en 1994 o las clásicas de Boris Karloff. Tampoco importa demasiado, ya que todo funciona muy bien, y una vez más surge la pregunta: ¿Cuál es el auténtico monstruo? ¿El médico que desafía las leyes de la naturaleza o su criatura abandonada?
Guillermo del Toro dota a la cinta de un mundo fantástico extraordinario, con un Oscar Isaac convincente en el papel de científico loco y un monstruo muy original interpretado por Jacob Elordi. Es aquí donde la película se distancia del clásico: este Frankenstein se asemeja más a un dios griego, con una belleza y fuerza poco habituales en la representación de la criatura. Las conexiones con la saga Alien de Ridley Scott son más que una simple curiosidad.
La cinta, dividida en capítulos, se narra desde el punto de vista de sus dos protagonistas al capitán del barco varado en el Polo Norte. Tanto el doctor como Frankenstein relatan la historia que los ha llevado hasta tierras tan lejanas. Todo ello se desarrolla en un mundo imaginario fascinante, donde la sangre y las vísceras están siempre presentes, dando forma a una historia colosal que, aunque excesiva —sobre todo por su duración—, acaba convenciendo y gustando. Así es como funcionan los grandes clásicos.