domingo. 21.04.2024

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No las tenía todas conmigo. Reconozco que no me gustó demasiado “El Museo”, aunque fuera galardonada en la Berlinale de 2018 por su guión adaptado. Eso me hacía ir con cierta prevención a ver “La Cocina”, de Alonso Ruizpalacios. Pero enseguida me conquistó que comenzara con una cita de Henry David Thoreau. La cosa prometía con ese lema. El blanco y negro también le sienta bien. Tiene un comienzo simpático con esa chica mexicana que busca empleo en el corazón Manhattan y es agraciada con una reflexión acerca del significado de Times Square. Los primeros compases te hacen prestar atención. Más vale hacerlo sin distraerse, porque hay muchas películas en una. En realidad, la trama es lo de menos, aunque no deje de sorprender su desenlace. Se trata de una película con mucho que decir.

No deja títere con cabeza en lo tocante a su crítica del desesperanzador sistema capitalista. Lo curioso es el modo en cómo se cuenta

Por supuesto que no deja títere con cabeza en lo tocante a su crítica del desesperanzador sistema capitalista. Lo curioso es el modo en cómo se cuenta. En algún momento es una película muy coral, difícil de filmar en su frenesí. Decenas de personajes desfilan ante la cámara con un ritmo que va creciendo sin parar, mientras chapotean en un mar de Coca Cola, lo que no deja de tener su gracia. Pero hay otros grandes aciertos con diálogos de solo dos actores. Aunque sorprende tampoco está mal el momento en que cada cual cuenta un sueño y se nos relata una fábula que tiñe con un rayo verde la última secuencia. Quizá le sobre algo de metraje y algún que otro exceso innecesario. Hubiera ganado sin algunas hipérboles innecesarias. Más nadie ni nada es perfecto, como dejó dicho Willy Wilder.

Lo audaz es mostrar cómo interiorizas el racismo que padeces, porque idólatras a quien odias al mismo tiempo

El argumento es muy poderoso. Se nos habla de cómo puede invadir la morriña y añoranza del terruño, cuando tienes que salir a buscar trabajo en un país cuya lengua no dominas y no te reconoce como un ciudadano que tiene derechos, porque solo interesa explotar tu fuerza de trabajo, algo que se facilita sobremanera si tu situación dista de ser legal y esa zanahoria te hace redoblar tus esfuerzos por ser productivo. Eso no sería muy novedoso. Lo audaz es mostrar cómo interiorizas el racismo que padeces, porque idólatras a quien odias al mismo tiempo. Las mujeres rubias parecen diosas inalcanzables. Entre quienes trabajan en la cocina se utilizan los clichés más comunes con sorna e ironía, pero mostrando que como la calumnia después de todo algo queda en el alma.

“Eres el amor de mi Visa”, dice uno de los personajes, para enfatizar la importancia del dinero, un objetivo que secuestra e hipoteca los mejores años de nuestras vidas, malgastando un tiempo que cabe recuperar. Hay diálogos chispeantes y las actuaciones no desmerecen el buen quehacer del cineasta. Se cuenta con rostros muy expresivos que la cámara sabe rentabilizar en muchas ocasiones. Me pregunto quién será ese Martín a quien se dedica la película y tengo mi hipótesis al respecto. Conviene reparar en la encarnación del mediador financiero venido a menos. Lo que dice no tiene desperdicio y la vianda con que le pretender agraciar tampoco.

Estreno de ‘La Cocina’ en la 74 Berlinale