jueves. 04.06.2026
TRIBUNA

Fernando Savater, un intelectual de raigambre volteriana e independiente como Unamuno

Savater parece sufrir una especie de muerte cívica decretada por quienes fueron sus acérrimos partidarios en otra época.
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Imagen de archivo.

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Tuve la suerte de tratar a Fernando Savater en el CSIC mientras realizaba una estancia en el Instituto de Filosofía. En cierta ocasión organizamos juntos un curso de la UIMP sobre Voltaire y fue realmente divertido compartir sobremesas en Santander. Pude comprobar cómo, en una charla con amigos, desarrollaba el argumento del artículo publicado en El País al día siguiente y que había improvisado sobre la marcha con pasmosa facilidad.

Andando el tiempo, cuando recibí el encargo de redactar un libro sobre Voltaire, dije que debía hacerlo quien había escrito El jardín de las dudas, una deliciosa correspondencia inventada entre Voltaire y una dama española. Pero finalmente me tocó a mí escribirlo y ahí está mi Voltaire: La ironía contra el fanatismo. Para Savater, Voltaire suponía el paradigma del intelectual comprometido, como luego pudo serlo Albert Camus. Él mismo ha encarnado ese papel.

Tal como Voltaire denunció el caso Calas y las atrocidades perpetradas contra el caballero de La Barre, Savater ha sido implacable con cuanto encuentra repulsivo y contrario a su insobornable parecer. Se discrepe o no de sus posicionamientos políticos pretéritos o actuales, hay que reconocerle un indudable valor cívico, que le hizo tener cuatro escoltas al estar seriamente amenazado por ETA. Eso le hizo adscribirse a la Universidad Complutense, por los riesgos que corría en la del País Vasco.

Ejerció como catedrático de Ética, pero se jubiló nada más cumplir los 60, porque prefería tener más tiempo para escribir sus libros, traducidos a múltiples idiomas y que siguen reeditándose. No hay otro pensador español vivo que tenga un apartado propio en los anaqueles de las librerías, y en Italia te puedes topar con una foto suya de cuerpo entero. También se le han dedicado varias tesis doctorales.

Aunque ha cultivado la novela y el teatro, el ensayo es lo que le ha dado a conocer. Su Ética para Amador fue distribuida en las escuelas de México y los ejemplares editados alcanzaron la sorprendente cifra del millón. Ahí están La tarea del héroe, Las preguntas de la vida y su autobiografía titulada Mira por dónde, acompañados por decenas de libros, algunos de los cuales recogen su infatigable labor como ingenioso articulista.

Su talante por no encasillarse me hace recordar a Unamuno, agasajado y vilipendiado, sucesivamente, por los “hunos” y los “hotros”

Pese a que no se comparta su argumentario en un momento dado, sigue siendo una delicia disfrutar de su exquisita prosa y de la ironía que destila su pluma. Su talante por no encasillarse me hace recordar a Unamuno, agasajado y vilipendiado, sucesivamente, por los “hunos” y los “hotros”. Su legendario enfrentamiento con Millán-Astray parece que pudo costarle la vida, según las últimas investigaciones al respecto. Cabe leer, por ejemplo, La doble muerte de Unamuno.

Savater parece sufrir una especie de muerte cívica decretada por quienes fueron sus acérrimos partidarios en otra época. Personalmente no comparto muchas de las ideas que sostiene ahora mismo, mas no por ello he dejado de leerlo y de respetar su inquebrantable independencia. Por eso escribo estas líneas, que pueden resultar intempestivas y no agradar al propio Fernando.

En sus conferencias lograba meterse al público en el bolsillo con un sentido del humor que lo hacía desternillarse de risa. Nunca olvidaré (y además está grabada) una intervención suya en el donostiarra Palacio de Miramar que me correspondió moderar. Javier Muguerza había leído un brillante discurso defendiendo con toda elegancia la vigencia del pensamiento utópico y Savater decidió hacer de abogado del diablo al mostrar en qué habían quedado algunas utopías históricas. El público asistente se lo pasó en grande en la sala Pío Baroja del citado palacio.

De las Conferencias Aranguren dictadas en la Residencia de Estudiantes y que organiza el Instituto de Filosofía, la revista Isegoría las ha publicado todas excepto en dos casos: Agustín García Calvo y Fernando Savater. Las de Jorge Semprún logré transcribirlas con Paco Maseda, pero los chispeantes discursos de Savater y García Calvo no se prestaban a ello. Me permito concluir mostrando mi orgullo por haber participado en la edición de Isegoría durante nada menos que treinta y cinco años, gracias a la confianza de Javier Muguerza primero y al concurso de Concha Roldán posteriormente.

Fernando Savater, un intelectual de raigambre volteriana e independiente como Unamuno