jueves. 25.04.2024
FALLAS
Un majestuoso león presidirá la plaza del Ayuntamiento hasta el próximo 19 de marzo.

Este mes, Valencia celebra las grandes fiestas de las Fallas en honor de su patrón, San José, declaradas de Interés Turístico Internacional. En ellas se mezclan desde remotos tiempos, en una simbiosis perfecta, los rituales paganos con los religiosos. Hay varias razones para que su celebración sea en estas fechas de mediados de marzo, y su centro gire en torno al fuego: el advenimiento de la primavera, y el santoral que festeja a san José, patrono de los carpinteros.

Las fallas y el patrono van indisolublemente unidos. Las fallas, como tales, nacieron y se celebran en estas fechas en honor de San José, el patrón de los carpinteros, según la tradición religiosa, y según figura en la historia. Pero quizá haya que remontarse más lejos, antes de esa tradición religiosa para verificar que las Fallas, llámense como se quiera aunque su sentido y etimología en valenciano está claro, surgen antes de esa tradición católica. Repasemos la historia de la humanidad y su sentido del fuego, como defensa, utensilio, y símbolo, del que ya tratamos en nuestro anterior comentario la semana pasada. Era una visión general, muy resumida, de la historia del fuego; su descubrimiento fue el inicio de la humanización del homínido, y quizá la mayor revolución hacia su progreso mental y su nueva manera de vivir y alimentarse. Su manejo le llevó a usarlo como arma, como objeto de ataque y defensa, y también como elemento indispensable que cambiaría su historia y aceleraría su evolución. Y en torno al fuego, el mito. Aquello que surgía de pronto de la nada, que quemaba y transformaba la naturaleza, era algo misterioso, superior a él, venido de los cielos, y a la par que le asustaba, le ofrecía seguridad y poder. Por el fuego el hombre sufría rechazo, era su enemigo, y a la par, atracción, podía convertirse en su mejor aliado. El misterio estaba servido, el mito, los rituales. Una fuerza misteriosa, desconocida, le proporcionaba esas llamas, ese humo, ese calor. La divinidad era eso. Debía agradecérselo a ese ser desconocido que estaba en todas partes, que podía surgir en cualquier momento de cualquier sitio y que con su poder lo aniquilaba todo. Era la muestra de un ser superior, podía venir del sol, de las tormentas, del rayo... Estaba lejos, venía de lejos, pero se le acercaba y se ponía a su alcance, por eso era mejor estar a bien con el dios fuego que a mal. De su actitud derivaba que le fuera bien o mal en la vida. Cuando atrapó parte de esa divinidad, y acertó a descubrir que en pequeñas dosis era capaz de dominarlo, el hombre se sintió seguro, poderoso y aprendió a usar ese tesoro. Para bien y para mal, según la necesidad. Así evoluciona este ser desde su desmembración del mono.

Estas dos vertientes, la religiosa o católica y la ancestral o telúrica, con sus derivaciones, confluyen en las fiestas de las Fallas de Valencia. La misma palabra “falla” , que proviene del latín facla, diminutivo de fax-facis, significa “antorcha”, y ese mismo sentido se le daba ya en el primitivo valenciano medieval: antorcha. Lo mismo que entendemos hoy. Servían para alumbrar y como medio de comunicación, advirtiendo de peligros, y defensa. Llamaban así, fallas, a las luminarias que se colocaban en lo alto de las atalayas y torres de vigilancia cuando las luchas entre moros y cristianos, o sea, la Reconquista. También se usaban mucho y se les daba este nombre -documentos hay que lo testifican-, en tiempos de Jaime I, el Conquistador, para delimitar los vivaques del campamento guerrero e iluminar las entradas de las tiendas de campaña.   

En esos tiempos de guerras y asedios las fallas se multiplicaban en número y volumen, y de pequeñas antorchas para iluminar, pasaron a convertirse en luminarias cuyo objeto no era otro que asustar al enemigo mostrando un poder y una fuerza que podía apreciarse desde la distancia. A este uso contribuyó el contacto, antes de entrar en discordias, entre musulmanes y cristianos, al mostrarles los primeros un polvillo que habían traído de Oriente y que no era otro que la pólvora, invento chino que se extendió por todo el mundo y que tantos quebraderos de cabeza ha causado a la Humanidad. Unos y otros, moros y cristianos, la utilizaban para amedrentar al adversario en tiempos de guerra, y avisar en tiempos de paz del jolgorio de su localidad donde se celebran las fiestas, elevando al cielo la mayor cantidad de luminarias y explosiones que aún hoy día, en tiempos de convivencia y progreso, sobrecogen y asustan a quien no esté acostumbrado a contemplar dicho espectáculo. 

Costumbre, pues, antiquísima el uso de las fallas para iluminar las celebraciones de las fiestas patronales, y aprovechar su luz para prolongar la holganza alegre en plena noche, sin peligro alguno. Entonces, ciertamente, constituía una necesidad el vencer la oscuridad para seguir la diversión; actualmente, sin ser necesaria esa manera de alumbrarse, forma parte del jolgorio, del espectáculo y de la fiesta, y conserva su parte de necesidad y también de ritual.

SAN JOSÉ Y LAS FALLAS 

Bien sabido es y demostrado está que la iglesia católica y por regla general todas las religiones, una vez institucionalizadas, tratan de aprovechar fiestas paganas o celebraciones de determinados ritos y por variadas causas, para arrimar el ascua a su sardina, es decir, transformarlas dándoles un nuevo sentido acorde con esas creencias y sentimientos. En este caso el ancestral ritual del fuego y los ritos propios de los equinoccios y cambios de estaciones, acomodándolos a su culto y significado religioso. Por ese acomodo que no suele incomodar sobremanera a las gentes sencillas al ver que su vida apenas si sufre cambio alguno -el pensamiento y las creencias pueden  permanecer en el profundo interior- las diferentes religiones se han ido asentando en la sociedad sin mayor oposición. De la celebración telúrica, ancestral, se ha pasado a otra que externamente se muestra con la misma cara e internamente puede aparentar lo que más le convenga. La fiesta es la fiesta, y sea por una u otra razón, al personal con ganas de holganza y alegría, le trae sin cuidado el motivo, lo único que le importa es celebrarla y que durante esos días impere el aire festivo, y pueda reponer fuerzas para continuar luchando en este “valle de lágrimas”, como dijo la Santa, Doctora de la Iglesia entre doctores, que por algo los tiene y saben lo que dicen. Transformar las lágrimas en risas es una lucha constante, y aunque les separe una nariz, a veces la distancia es tan larga que resulta casi imposible vencerla. Entre unas y otras las diferencias son grandes, tan grandes que mientras en una impera el dolor, interno y externo, las otras, las risas, sirven de terapia y remedio para vencer no sólo la tristeza o el desasosiego, incluso las enfermedades, de ahí que la fiesta, el aire festivo y jovial sea tan importante en la vida del ser humano. Por eso no importa cuál pueda ser el motivo de su celebración con tal de que tenga una pequeña razón para celebrar algo, festejar cualquier cosa, desde su santo a su suerte por haber encontrado lo que haya perdido o recobrado lo que nunca pensó que recobraría. O simplemente para celebrar la llegada del buen tiempo, aunque no alcance a ver su significado. 

Este sentido del tiempo y su celebración estaba presente en el origen de las fallas, llegaba el tiempo bueno, los días eran más largos y rendía más la jornada laboral. Llegaba la primavera y su llegada afectaba no solamente a los labradores y al campo, sino también a los artesanos que no necesitaban de luminarias para seguir trabajando en el taller. La oscuridad de la noche se retrasaba y podían aprovechar la jornada. Era hora de acomodarse. Por esas fechas, los carpinteros, que tantos había en el Levante por la industria de la madera, la pesca y los astilleros, aprovechaban la festividad de su patrón para acomodar el taller y hacer limpieza; recogían lo sobrante de los trabajos, virutas, astillas, estacas, troncos y cortezas y lo quemaban en las plazas y solares, y luego añadían serrín para mantener el rescoldo durante toda la fiesta y no pasar el poco frío que hiciera esa noche. Como tampoco necesitaban alumbrarse con candiles, teas, o faroles, pues el sol tardaba más en ocultarse, retiraban los artilugios y estructuras de madera donde los colgaban, a los que llamaban “parots”, y los añadían a la hoguera. Hacían limpieza de los talleres al llegar el tiempo seco para evitar el riesgo de incendios. Junto a esas hogueras se reunían los vecinos y se montaban su fiesta y sus chanzas. Y de la misma manera que en Carnavales -fiesta semejante y de parecidas raíces y sentimientos- comenzaron a ver en el fuego no solamente trastos que querían desechar sino personajes y situaciones que querían evitar. Quemaban lo malo para dejar que ocupara su sitio lo bueno. Tal era el sentimiento, consciente o inconsciente, que luego vendrían los razonamientos, y la propia institucionalización de un hecho repetido y celebrado cada año. De nuevo el fuego como purificador, como elemento de un renacer, como símbolo y ritual de la primavera. 

Desde el siglo XVIII consta que esas estructuras desechables que se pasaban por las llamas, comenzaron a llamarse “fallas”. Rememorando ritos ancestrales, se les fueron añadiendo figuras y muñecos -al modo y manera de los muñecos que se queman en el Carnaval- con el fin de dar pie a mayores críticas y chanzas. Actualmente no dejan de ser monumentos satíricos y burlescos representando situaciones o personajes de la vida real. Su sentido, el fuego como purificador, es fácilmente deducible, se queman personajes, escenas y hechos para que de manera simbólica desaparezcan y den lugar a otros nuevos y mejores.

DE LA SÁTIRA AL ARTE

Casi un millar de esculturas de cartón piedra y otros materiales modernos, se queman este mes en la provincia de Valencia; de ellas, casi 400 en la capital durante esta semana. En la construcción de esos monumentos trabajan durante todo el año carpinteros, pintores, escultores, incluso escritores y poetas, y asociaciones de vecinos y otros gremios para conseguir superarse cada año y optar a los premios que cada temporada conceden unas u otras instituciones y organismos, llegando a ser salvados de la quema los que consideran mejores artísticamente. Con la creación de los diferentes premios, se ha pasado de la simple sátira a la creación artística y a  mayor originalidad y vistosidad facilitadas por el uso de nuevos materiales. A quienes trabajan en la elaboración de las fallas se les llama “artesans fallers” y su respeto y reconocimiento como artistas crece a medida que lo hace su obra, que va acompañada del “llibret de la sàtira”, un cuadernillo de versos satíricos y explicativos de lo que representa su monumento. 

A las fallas se suman los espectáculos pirotécnicos y la exposición de los “ninots”, muñecos, que llegan al millar y que también constituyen otra obra de arte.

La fama y popularidad de la fiesta de las Fallas ha traspasado fronteras no sólo de la Comunitat Valenciana, llegando al archipiélago Balear, sino también allende la Mar Océana, hasta la Argentina, donde en su ciudad costera oriental, Mar del Plata, celebran, por estas mismas fechas, la Semana Fallera.

Las Fallas, rito y mito