martes. 23.04.2024

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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx

Según las cifras proporcionadas por la empresa estadounidense Apple, solo en 2023 obtuvieron beneficios netos por valor de 33.916 millones de dólares, consolidándose como una de las compañías más solventes a nivel mundial. Se estima que se vendieron aproximadamente 234,6 millones de iPhones en todo el mundo, un 3,7% más que en 2022. Son cifras asombrosas que hablan por sí solas y explican la aparición de extrañas enfermedades mentales, como la nomofobia: el miedo irracional a no tener teléfono móvil y quedar desconectado del mundo.

Es evidente que iSlave es una obra llena de riesgo y decisiones artísticas complejas, lo cual siempre es digno de aplauso

Bajo este contexto surge "iSlave: Un drama musical contemporáneo", una performance experimental con composición y dirección musical de Alberto Bernal que se presentó durante dos días en los Teatros del Canal de Madrid. La obra tiene la intención de denunciar los riesgos de las nuevas tecnologías y cómo la sociedad se encuentra cada vez más alienada e idiotizada en su vida cotidiana, resultando en una cultura carente de espíritu crítico e incapaz de apartar la mirada de sus teléfonos. En este sentido, la obra se centra especialmente en denunciar el comportamiento de Foxconn, el mayor fabricante de componentes electrónicos a nivel mundial, que ha enfrentado numerosas denuncias por ilegalidades, maltratos y suicidios entre sus trabajadores.

En el programa que acompaña la obra, se define a iSlave como "una obra con nuevas tecnologías y sobre nuevas tecnologías". Sin embargo, es crucial entender que nos encontramos frente a una obra inclasificable que busca llevar al límite al espectador desde el momento en que entra al patio de butacas y se encuentra con actores haciéndose selfies mientras en las pantallas se proyecta a Steve Jobs presentando el iPhone al mundo en 2007.

La dramaturgia de Mar Gómez Glez, combinada con la dirección de escena de Pablo Ramos, toma esta presentación como punto de partida para desatar un auténtico caos en escena lleno de metáforas, donde ocurren numerosas situaciones: dos actores con clarinetes simulan jugar al Breakout, un par de bailarines se dejan llevar por el ritmo de unos músicos tocando el xilófono, etc. No es fácil explicar esta performance experimental, ya que darle sentido a todo lo que sucede en escena es anular el caos narrativo que la obra busca transmitir.

La música de Alberto Bernal juega con los ritmos electrónicos de los teléfonos y los softwares de inteligencia para crear una especie de orgía sonora que puede hipnotizar y horrorizar a partes iguales. Una música en la que, progresivamente, clarinetes y xilófonos se fusionan e imponen su ritmo en todo el patio de butacas. Entre la dodecafonía y la electrónica, la música a veces es solo un zumbido casi maquinal. Aquí solo hay dos posibilidades: que el espectador se desespere (algunos se marcharon durante la función y más de uno cerró los ojos y se tapó los oídos) o que se fusione con el espectáculo, al igual que esos bailarines que no paran de contorsionarse. "No sé si manejo la máquina o la máquina me maneja a mí", se lee en uno de los textos proyectados durante el espectáculo, en una curiosa metáfora de lo que realmente está sucediendo en escena.

En mi caso, el resultado fue un punto medio, inmerso en esta propuesta solo en ciertos momentos. No me dejé llevar completamente por la máquina, ya que en varias ocasiones me encontré con una provocación excesivamente caótica, sin tener muy claro qué quería transmitir realmente.

Es evidente que iSlave es una obra llena de riesgo y decisiones artísticas complejas, lo cual siempre es digno de aplauso. Sin embargo, en esta ocasión, su objetivo de denuncia social no parece estar completamente conectado con su narrativa. Aun así, a la salida del espectáculo, muchos espectadores buscaron información sobre Foxconn en Google. ¿Objetivo cumplido?

iSlave: adicción a la tecnología en escena