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Aleix Sales | @Aleix_Sales
Tras ponerse detrás de las cámaras con La hija oscura, adaptación de la novela de Elena Ferrante de corte intimista y cocción lenta, sorprende el cambio de registro(s) que ejecuta Maggie Gyllenhaal en su siguiente película. Pasa de una obra equilibrada, bastante contenida y ambivalente, a una superproducción excesiva, kitsch, que supone un cóctel de géneros desbordante. No obstante, ambos títulos comparten elementos, ya sea lo inquietante de su atmósfera -en la película protagonizada por Olivia Colman se construía a fuego lento, mientras que aquí es desde el horror más claro-, o esa pulsión de relato feminista emancipador. Si bien en La hija oscura es a través del estigma de las madres arrepentidas, que persiguen su independencia al margen de la opinión social, aquí es mediante una revisión del Frankenstein de Mary Shelley y de La novia de Frankenstein (James Whale, 1935), en la que la que la balanza entre la criatura masculina y la femenina se equiparan realmente.
¡La novia! es un salto al vacío de agradecer por su la locura que supone dentro del cine de estudios. No gustará a todo el mundo, pero a nadie dejará indiferente
Como bien sabemos, ¡La novia! surge de la necesidad de complacer los deseos de compañía de la Criatura de Victor Frankenstein. Resucitando a una mujer de mala vida en el Chicago de los años 30, sin ningún tipo de recuerdo previo, los dos entablan una relación que, por una serie de vicisitudes, los convierte en fugitivos de la ley. Progresivamente, la mencionada novia se reafirma como un ser independiente, conectando con esa voluntad emancipadora que comparte con el primer largometraje de Gyllenhaal. Un anhelo de independencia que se traslada, también, en el hecho de tener a Annette Bening como doctora -sustituyendo al rol canónicamente masculino-, o en la subtrama de validación y reconocimiento profesional arquetípica de la detective que encarna Penélope Cruz.
Una cosa es el fondo y otra son las formas, que en ¡La novia! son radicalmente distintas, hiperbólicas e imperfectas. Gyllenhaal mezcla el cine de terror de monstruos clásico, el noir gangsteril de los 30 y el musical dorado de los Astaire y Rogers -un poco como intentó Todd Philips el año pasado en Joker: Folie à Dieux, sin abusar de ello-, en una cinta en la que incluso suena la melodía de El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974). Esta suerte de Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967) de revividos posee notables ideas y recursos, pero su exceso deriva en una problemática en cuanto a tono y ritmo que resta fuerza a una propuesta que, definitivamente, no es para todo el mundo. Al arranque le cuesta encontrar su ritmo y no es hasta la introducción de los personajes de Peter Sarsgaard y Penélope Cruz que la marcha resulta más fluida. Asimismo, peca de alargar su desenlace en distintos clímax para alcanzar una resolución que es, a todas luces, bastante previsible. Gyllenhaal se ha rodeado de familia y amigos para llevar a cabo su particular aproximación a esta figura grotesca, volviendo a contar con Jessie Buckley y su Bruce Wayne, Christian Bale, en sendas interpretaciones arriesgadas por abrazar el exceso. Ambos llegan a sobrepasarse en varios instantes, pero es Bale quien logra alcanzar un tono en el que plasmar más su vulnerabilidad. Más fallida que airosa, deliberadamente extravagante, ¡La novia! es un salto al vacío de agradecer por su la locura que supone dentro del cine de estudios. No gustará a todo el mundo, pero a nadie dejará indiferente, sea para bien o para mal.



