domingo. 19.05.2024

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Torres-Remírez | @jostorresremrez

Las mejores historias, no suelen ser grandilocuentes. Tienden a tratar temas universales tales como el amor o el odio; la tristeza y la alegría. Mirar a la nada y saber que ese momento es sólo para uno. Que las parejas enhebren el brazo y paseen creyéndose las personas más afortunadas de este mundo. Darse cuenta de que últimamente no queda amor para nadie más que ellos. En definitiva, esa cosa tan manida que llamamos existencia.

De todo esto va “La casa” (2024), el tercer largometraje de Álex Montoya. La idea original pertenece a una novela gráfica de Paco Roca. Uno de los mejores representantes de ese arte tan menospreciado en España como es el comic. Junto con Alfonso Casas, Raquel Córcoles o Rubén del Rincón, son lo mejor del panorama actual. Tan especiales son las ideas de Paco Roca que con esta van tres las adaptaciones a la gran pantalla. Primero fue “Arrugas” (2011), luego la menospreciada “Memorias de un hombre en pijama” (2018) y ahora llega “La casa”. Siendo todas las películas cotidianas y que nos han pasado a todos, en esta última nos encontramos con la historia más humana. Con la más bonita a la par que desgarradora. 

El final de la película no es más que el poso que la historia dejará en el espectador. Puede convertir una gran película en algo mejor

Lo malo de la perdida es que llega sin avisar, un día cualquiera, de repente. Aunque sepamos que va a ocurrir. No nos va a gustar. Y ya no podremos decir todas esas cosas, que no decimos por vergüenza, por orgullo o porque lo damos por sentado. Lo sabemos, pero aun así nos resistimos a decirlo. No es por ignorancia, sino por ternura. Queremos tanto, que no queremos que nuestro tiempo acabe. Sin embargo, todo acaba, y nos dejará algo dentro que nunca podremos sacar. 

De eso trata la casa, de las cosas que no dijimos. La sinopsis es tan básica como maestra, ir a recoger la casa de verano tras el fallecimiento del padre. Los hermanos son tres y ambos tienen cosas que echarse en cara. No sólo entre ellos, sino a si mismos. 

Destacando que la idea original de Roca es maravillosa, hay que señalar otros aciertos de la cinta, pues sólo con un buen guion, no se consigue una buena película ¿Cuántas veces hemos visto una buena idea mal ejecutada?

Lo primero es la sobriedad de su director. A pesar de ser sólo su tercer largometraje, trata el tema de una manera delicada y mesurada. Deja que las cosas pasen. Pone su cámara y las acciones van transcurriendo delante de ella. En otras palabras, la vida pasa y Montoya nos permite contemplarlo. Sin artificios ni juego sucio. Hubiera sido muy sencillo caer en el melodrama y en la lágrima fácil, pero el director se contiene. Al igual que el elenco de actores.

La sinopsis es tan básica como maestra, ir a recoger la casa de verano tras el fallecimiento del padre 

A estas alturas destacar la profesionalidad de David Verdaguer, ganador de dos merecidísimos premios Goya, no es una sorpresa. Sin embargo, hay que volver a hacerlo. El principio y el final de una película es lo que marcará el sabor de boca que dejará en el público. Y el tercio inicial es exclusivamente para Verdaguer, por mucho que Olivia Molina le sirva de muleta en algunos momentos, todo el peso del inicio recae en él. Su historia es quizás, la más habitual entre nuestra generación: el tiempo ¿cuántas veces hemos estado tan ocupados que no hemos podido llamar a nuestros padres o abuelos? O peor ¿Cuántas llamadas no hemos cogido porque pensábamos que hablar con esa persona iba a ser una pérdida de tiempo? Y ahora ¿cuánto daríamos por poder marcar ese número de teléfono y que nos contaran que la comida en la residencia está mala y otros tantos temas tan trillados? En definitiva, un personaje arrepentido, no de lo que hizo, sino de lo que no hizo. 

Respecto a los otros dos hermanos, nos encontramos a un actor poco proclive a salir en la gran pantalla como Óscar de la Fuente y con Lorena López, que de un tiempo a esta parte se está haciendo acreedora de buenos papeles, cada vez con más peso en la trama. Ambos interpretan magistralmente sus papeles. En el caso de Óscar, es el hermano mayor, el que ha estado ahí. Como todo hermano mayor se cree un poco padre y no soporta no tener el respeto de sus hermanos como figura paterna. Y más tomando ciertas decisiones, que nadie más puede tomar o ha querido tomar. Quizás, él es el protagonista de la escena más tierna de la película, en la cual, junto a su hija, interpretada por María Romanillos, tienen esa clase de conversaciones que tienen padres e hijos y ambos descubren algo nuevo. Los hijos que los padres también sufren, y los padres, que los hijos ya hemos crecido. 

Y en todo esto sobrevuela la figura de Luis Callejo, el actor que está sin estar. Su presencia, mostrada en cuatro recuerdos, impregnan toda la película. 

El final de la película no es más que el poso que la historia dejará en el espectador. Puede convertir una gran película en algo mejor. Y ese terreno se ha dejado al veterano Miguel Rellán. Su maestría, una sonrisa a medias y la ausencia, es todo lo que se necesita. El broche perfecto, para una película inmejorable. 

No es una casa, es “La casa”