CINE

'La historia de Jim': un asunto de familia

La sinopsis del film reza así: Aymeric se encuentra con Florence, una antigua compañera de trabajo, una noche en Saint-Claude, en el Haut-Jura.

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Fran Nieto 

No he tenido el placer de leer la novela en la que se ha basado esta película, más que nada porque no ha conocido publicación hasta la fecha en nuestro país. La obra viene firmada por el autor francés Pierric Bailly, quien consiguió su mayor éxito editorial ganando el premio Blú Jean-Marc Roberts por su novela L’homme des bois. A ver si alguna editorial se anima y podemos leer La historia de Jim, porque a poco que se parezca a la película va a valer bastante la pena echarle un vistazo.

La sinopsis del film reza así: Aymeric se encuentra con Florence, una antigua compañera de trabajo, una noche en Saint-Claude, en el Haut-Jura. Está embarazada de seis meses y es soltera. Cuando da a luz a Jim, Aymeric está allí. Pasan juntos unos años felices hasta que aparece Christophe, el padre biológico de Jim... Podría ser el comienzo de un melodrama, también es el inicio de una odisea hacia la paternidad. Vale la pena comentar que antes de los acontecimientos que abren esta sinopsis en la película ya han pasado varias cosas de vital importancia en el devenir de los acontecimientos. Sí que es cierto que el meollo central es el que se explica, pero los valores que marcan el carácter del protagonista ya vienen esbozados por sus acciones previas.

Un drama humano sobre la gentileza y la humanidad que de manera lenta, tranquila y atmosférica te lleva a una exploración de la paternidad y la condición humana digna de elogio

De entrada, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que si Hirokazu Koreeda viera esta plelícula se le saltarían las lágrimas de alegría, porque parece una versión francesa de cualquiera de sus películas sobre el peso de la ausencia de los seres queridos; las secuelas del trauma individual y social y como no, de familias desestructuradas que encontrarán cariño y compasión donde menos se los esperan. Todas y cada una de esas constantes las vamos a encontrar en la última producción de los hermanos Larrieu, de quienes por cierto se han ido estrenando varios de sus trabajos en nuestros cines, caso de El amor es un crimen perfecto (2013); Los últimos días del mundo (2009) o Pintar o hacer el amor (2005).

La pregunta central que plantea el film es la de dónde se sitúa un cuidador en relación con los padres biológicos. La acción avanza mediante una amalgama de episodios aleatorios. Como espectador, uno se queda con ganas de saber mucho sobre los años que han pasado entre uno y otro episodio y que se han quedado fuera de foco. El carácter apático del personaje principal es una posible explicación de esta aparente arbitrariedad. La naturaleza apática del protagonista, con un rostro entre nostálgico y de buena persona al menos proporciona algunos momentos alegres en esta historia que define la vida.

Karim Leklou, a quien vimos hace poco (en el Festival de Sitges y con posterioridad con su estreno en plataformas) en la también recomendable Vincent debe morir, está soberbio como el paralizado y a la vez alegre Aymeric. Su rostro destila una pátina de amargura y bondad y su visión contemplativa de los aconteciminetos, por duros que estos sean, nos permite empatizar con él desde que aparece en pantalla. Su altruísmo exacerbado será utilizado por unos y otros en su propia conveniencia, y cuando el alcance de lo trágico sea irremediable será su cuerpo el que diga basta, ya que es incapaz de enfrentarse a estos con la resiliencia que sería necesaria y que algunos le acabarán reprochando.

Los cambios cíclicos de la ruralidad natural se convierten en una metáfora de cómo las vidas evolucionan constantemente, independientemente de la esperanza o el dolor

Entra en casi todas las escenas con sus grandes ojos estupefactos que capturan perfectamente la actitud de "No sé cómo llegué a esta situación ni cómo reaccionar, pero voy a intentar algo y probablemente funcionará de alguna u otra manera”. Camina un poco, sus manos cuelgan incómodamente a sus costados y sus extremidades parecen un poco pesadas o inmóviles cuando busca equilibrio o apoyo. Impagable su baile a ritmo de múcia techno con al última de sus novias, intepretada por la siempre excelente Sara Guiradeau (la Marina Louseau de Oficina de Infiltrados).

Insistimos un poco como debe de la función en esos saltos temporales quizás demasiado precipitados. Quizás se han elidido algunos capítulos del libro en pos de dotar de más dinamismo la propuesta, pero de ser así se ha perdido una buena oportunidad de aportar cohesión a un relato que en ese aspecto queda un pelín deslabazado. Vemos al niño en escenas de corta edad, luego un poco más mayor y de repente ya se nos presenta como un adulto, mientras que para su padre adoptivo parece que no haya pasado el tiempo, a no ser porque de vez en cuando se pone unas gafas que delatan que ya no es un jovenzuelo.

Otro aspecto destacable de La historia de Jim es el tratamiento que hacen los hermanos cineastas de los elementos naturales, que les sirven para contar de forma jovial los peligros que puede entrañar la educación en libertad. Estos mismos elementos, indiferentes a la existencia humana, reflejan así el impacto de los acontecimientos. Los cambios cíclicos de la ruralidad natural se convierten en una metáfora de cómo las vidas evolucionan constantemente, independientemente de la esperanza o el dolor.

En definitiva, un drama humano honesto, emotivo y conmovedor sobre la gentileza y la humanidad que de manera lenta, tranquila y atmosférica te lleva a una exploración de la paternidad y la condición humana digna de elogio.