‘Sin conexión’: un stand-up comedian con más honestidad que gracia
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
En su faceta como director, el inquieto Bradley Cooper sigue explorando la relación del hombre con el foco que da un escenario, lugar que deviene un espacio de expresión y exorcización de uno mismo, con esta Sin conexión. Compartiendo este tema, Cooper da un giro a su filmografía al tratar, en primer lugar, con material plenamente original, sin recurrir a historias ni biografías preexistentes, así como huye de la grandilocuencia de sus dos películas previas filmando una obra más modesta en todos sus aspectos.
Si bien en Ha nacido una estrella (2018) y Maestro (2023) tomaba como protagonistas a dos celebridades consagradas -una ficcionada estrella del rock y Leonard Bernstein, uno de los grandes compositores y directores de orquestra del siglo XX-, aquí se centra en cómo un hombre común y anónimo, cuya vida se está desmoronando, descubre la pasión por subirse a un escenario en el que desfogarse mientras recibe la validación del público. En lugar del mundo musical y los grandes proscenios, aquí Cooper se adentra en los pequeños bares y el mundillo amateur del stand-up comedy, muy propio de la cultura estadounidense y que tan bien se ha ido implantando en otros países.
Sin conexión se desmarca de la gravedad de los títulos precedentes de Cooper y se erige como una arquetípica dramedy
Con guion Cooper, junto a Mark Chappell y el mismo Will Arnett, protagonista, Sin conexión se desmarca de la gravedad de los títulos precedentes de Cooper y se erige como una arquetípica dramedy en la que un hombre de 50 años, devorado por una crisis vital y matrimonial que lo lleva al divorcio, encuentra espontáneamente en el monólogo una forma para canalizar su frustración. Resultando una buena base en el que construirse, la propuesta se queda en la medianía tanto en el drama como en la comedia, especialmente en esta última, ya que al contenido le falta chispa, particularmente en el material que despacha ante el micrófono su protagonista. Al texto le falta acidez, agudeza y timing cómico, cosa que resiente el aspecto que debería funcionar mejor en una obra sobre alguien que, de su desgracia, logra sacar risas. También el propio Cooper se reserva un rol secundario como alivio cómico, algo insoportable, que tampoco termina de encajar. Asimismo, Sin conexión presenta problemas de ritmo en un metraje innecesariamente alargado hacia los dos horas, con una primera mitad a la que le cuesta arrancar, que es compensada con una segunda hora en la que suceden los hechos más interesantes en cuanto a desarrollo de personajes.
A pesar de su resultado fallido, el tono de la película entrañable y, sobre todo, honesto acaban compensando la balanza, así como algunos hallazgos bonitos como el recurso de la fotografía. Y aunque es deliberadamente una película menos ambiciosa a nivel de planificación y virtuosismo, Cooper no descuida el aspecto formal y ofrece elementos apreciables como puede ser el estudio del rostro del protagonista, incidiendo en él cuando está en plena función. Un personaje principal que muy naturalmente defiende un Will Arnett que sabe aprovechar la ocasión y establecerse como convincente leading man con un personaje que se ha escrito a medida. Parte de su gloria en la encomienda reside en su innegable química con Laura Dern, que siempre está a la altura, conformando una pareja tan buena que, aún en la UCI, uno no puede sino que querer que eso salga a flote. Llegando ya en la resaca de la fiesta del amor yanqui por excelencia, Sin conexión se aproxima más a un baño de realidad con una mueca que a una idealización rosa de la madurez, lo cual es un punto a favor, pero durante su visionado uno echo de menos más ingenio y cadencia en una propuesta que pide algo más de desenfado. Y uno no puede dejar de pensar en el petróleo que habría sacado alguien como Alexander Payne de ella.