‘Arco’: pintando de multicolor el cielo gris
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
Puede que suene reiterativo para los lectores habituales de estas reseñas, pero muchas de las propuestas cinematográficas contemporáneas miran hacia el sombrío presente marcado por el colapso de los recursos, las catástrofes climáticas ocasionadas por ello, y las tensiones geopolíticas que amenazan con conflictos bélicos -y sus consecuentes crisis a todos los niveles- en distintos puntos del planeta. Ante este horizonte pesimista, el medio de la animación, tan dado al planteamiento de mundos imaginados con las que esbozar paralelismos con la realidad, encuentra en Arco un añadido significativo a esta lectura de las problemáticas globales. El francés Ugo Bienvenu proyecta en su primer largometraje, producido por Natalie Portman, la caída en el planeta Tierra de 2075, afectado por los excesos humanos, de un niño extraterrestre con una capa arcoíris, el Arco del título. Acogido por una niña de padres ausentes, Iris, forjarán una amistad y colaborarán para que él pueda regresar a su hogar.
Se guarda un as en la manga en su desenlace y es, sin lugar a duda, una agradable inclusión a esa mirada a los males de hoy
De trama simple, pero efectiva, y narrada con mucha economía del lenguaje, Arco se beneficia profundamente de una animación en dos dimensiones añeja, rememorando aquel encanto opacado actualmente por un 3D manido y progresivamente menos inspirado. El bagaje como ilustrador de Bienvenu queda plasmado en el resultón trazo retro del film, muy deudor de la obra de Moebius, pero también del anime primerizo de los setenta y ochenta. De hecho, tanto en su contenido como en sus formas, se abarca una multitud de referentes, desde los mangas ligeros de ser extraplanetario llegado a la Tierra como Lamu (1981), pero también de títulos más elevados como los de Hayao Miyazaki, especialmente su serie de televisión Conan, el niño del futuro. Asimismo, es palpable la tradición de cine aventurero de regusto feel-good ochentero y noventero con el que se crio el cineasta galo, resultando muy evidentes las conexiones con Steven Spielberg y compañía.
Luminosa, pero con un poso triste en el que se abordan conceptos como la pérdida, a Arco se le puede echar en cara no ofrecer un plus argumental que la haga más memorable, así como no terminar de explotar sus golpes de humor, un tanto apagados. Pero se guarda un as en la manga en su desenlace y es, sin lugar a duda, una agradable inclusión a esa mirada a los males de hoy (y de siempre), tamizados por una óptica esperanzadora en el que la humanidad traspasa todas las capas de la atmosfera a la velocidad de la luz.