martes. 21.05.2024
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Narrativa | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas

Publicada en 2024, la novela Los alemanes es una obra literaria de primer nivel escrita por Sergio del Molino, de quien ya había disfrutado su calidad narrativa en Lo que a nadie le importa (aunque también había leído otros libros suyos no relacionados con la ficción), diez años anterior.

“Únicamente en sentido metafórico puede uno decir que se siente culpable no por lo que uno ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo de uno. (Moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo)”.

Esta es una de las citas que el autor decide usar como propileo de su magnífica novela. Pertenece a Hannah Arendt, y está contenida en su libro de 1963 1963 Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Es una buena pista de lo que vamos a encontrar en Los alemanes. (¿Por cierto, eso de la banalidad del mal no es más que un cliché?)

Por lo demás, un texto introductorio escrito en cursiva sitúa el origen levemente remoto de cuanto contará la novela que vamos a leer:

“El 2 de mayo de 1916, los vapores Cataluña e Isla de Panay atracaron en el puerto de Cádiz. Transportaban a seiscientos veintisiete alemanes procedentes de la colonia de Camerún, conquistada por los aliados en febrero de ese año en uno de los episodios menos conocidos y menos comentados de la Gran Guerra. En lugar de rendirse a sus enemigos, los alemanes se entregaron a las autoridades españolas en Guinea. España, como potencia neutral, los acogió como internados. Ya no abandonaron el país y se instalaron, sobre todo y entre otras ciudades, en Alcalá de Henares, Pamplona y Zaragoza. Pronto se harían famosos y serían conocidos como los alemanes del Camerún.

Hasta aquí, la historia tal y como aparece en los registros. A partir de aquí, la leyenda”.

Sergio del Molino, al final del libro, nos informa de que esta novela proviene (de alguna manera) de un libro suyo anterior, un ensayo-reportaje titulado Soldados en el jardín de la paz, publicado en 2012. También de que en ella aparece uno de los asuntos recurrentes de toda su obra: “el desarraigo y la identidad”. Una manera, escribir sobre ello, de ayudarle a él a entender su “propia desubicación”.

“He escrito una ficción armada sobre unos andamios históricos donde todo parecido con la realidad es, como dice la fórmula legal, pura coincidencia”.

Uno de los personajes de Los alemanes nos da otra clave de lo que va esta novela sutil y peliaguda, cuando afirma que “el pasado se vuelve presente en cuanto lo tocas: no importa que no hayas intervenido en él, no importa lo inocente que seas o lo libre que te sientas”.

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Hay algo magistral en ese escarbar en los antecedentes familiares de los protagonistas sin que cuando lo leamos tengamos la sensación de que estamos asistiendo en realidad a lo que es el libro: una lección de Historia. Una lección de Historia y un majestuoso homenaje a la dignidad de la gestión pública y de la actividad política. Al menos como excepción exigible.

Al fin y al cabo, como afirma el mismo personaje de la cita anterior, “el pasado nunca deja de molestarnos, por eso nos preocupamos por conocerlo tan bien, para asegurarnos de que no nos hace daño”.

Conocer el pasado para que no nos haga daño. Magistral Del Molino (“las familias siempre mienten, es mejor hacer caso a los historiadores”).

“¿Cuándo dejas de ser inoportuno? ¿En qué momento de la vida te callas para ponerte a escuchar?”

Todo eso y la ciudad de Zaragoza, que no se me olvide, que aparece aquí como un ámbito literario de primer orden:

“Las ciudades que tuvieron obreros, grúas, sirenas, ferrallas y vagones de ferrocarril negros de carbón conservan sus fantasmas industriales. La única forma de limpiarlas es con un exorcismo urbanístico de museos que atraigan a muchos turistas. Zaragoza no ha tenido ese exorcismo por el que han pasado tantas ciudades de Europa, por eso vive del recuerdo de los anarquistas fusilados en el 36, de los ferroviarios que tomaban café con leche en vaso de cristal en la cantina de Campo Sepulcro y de las rancias familias de industriales como la mía, que arrumbaban a sus viejos y fingían que estos nunca fueron patrones de los que reventaban las huelgas a tiros”.

No sé, tal vez no haya “herencia ni legado”, quizás no se venga “de ningún sitio” ni nos encaminemos “a ningún otro”. Después de todo.

“Qué suerte tenemos los hijos de poder culpar a los padres de todo. De lo que hicieron, pero mucho más de lo que dejaron de hacer”.

Un personaje de la novela considera que los humanos no somos mucho más que “nuestros gestos, nuestras manías y nuestras rutinas”, y que “el resto es retórica, material de relleno para las conversaciones”. Por cierto, menudas conversaciones las de Los alemanes. ¡Cuánta profundidad! ¿No le habría venido bien al libro algo más de calle, de habladores de menos enjundia discursiva? Alguno hay, y ese es precisamente el único periodista de la novela.

Bola extra: los músicos y la música en Los alemanes.

“Los músicos aprenden un lenguaje, unos códigos, una etiqueta y unas formas rígidas, casi siempre en un sistema de enseñanza muy meticuloso y autoritario donde no se consienten la desobediencia ni la libre expresión. Pero, una vez que se convierten en compositores o intérpretes, viven en la libertad y exploran el azar. Es como si toda esa normativa, que se parece a la que estudia un abogado en la carrera de derecho, desapareciese de pronto. ¿Te imaginas a un juez que, tras memorizar toda la jurisprudencia y los códigos legales, decide vivir en la anarquía? Eso hacen los músicos”.


Los alemanes. SERGIO DEL MOLINO. Alfaguara. Madrid, 2024. COMPRA ONLINE


JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS.Escritor, editor y crítico literario
JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS.
Escritor, editor y crítico literario

Espléndida novela 'Los alemanes', de Sergio del Molino