viernes. 14.06.2024

La última vez que estuve en Roma hice un descubrimiento excepcional. Estaba tomando el aperitivo con un amigo italiano guionista en una terraza de la céntrica plaza de Campo deiFiori, cuando sentí la imperiosa necesidad de ir al baño. Una vez allí me encontré, para mi disgusto, con que no tenía espejo. Podía pasar sin él, desde luego -lo que me había conducido a los servicios respondía más a la fisiología que a la vanidad- aunque me sentí frustrado ya que de vez en cuando  me gusta lanzar una mirada furtiva (o no) a cualquier tipo de superficie reflectante, ver mi reflejo y comprobar que sigo ahí. Pues bien, por enésima vez en mi estancia romana, mi rutinario chequeo se veía boicoteado por la ausencia de espejos en los baños de bares y cafés.

Al reencontrarme con mi amigo en la terraza le expresé mi disgusto y sorpresa por el hecho de que Roma, la ciudad eterna, no contase con la infraestructura necesaria para desafiar las coordenadas espacio temporales cual Alicia carrolliana en sus viajes a través del cristal. Mi amigo me miró fijamente y me dijo que Roma era una ciudad de vampiros, de ahí que escasearan los espejos. Como bien es sabido los seres de la noche, a diferencia de los mortales, no se reflejan, lo que convierte a los espejos en incómodos delatores de su condición de chupa sangres. Roma, tan bella y gloriosa como corrupta y decadente, capital de la gerontocracia y el nepotismo es, según mi amigo, un nido de dráculas. Pensé en Ratzinger y Berlusconi, en la ‘raccomandazione’ (recomendación), esa institución tan italiana, atajo mediante el cual escalar posiciones por cortesía de los mayores, pero sobre todo, pensé en Bette Davis en Sembrando ilusiones (1972) de Luigi Comencini.

La reciente Inside job (análisis de las causas del descalabro económico mundial de 2008 desde una óptica rigurosamente documental) y el estreno de esta semana The company men (sobre cómo un grupo de ejecutivos rehacen sus vidas tras ser despedidos por su compañía debido a un ajuste de plantilla) profundizan en las causas y efectos de la crisis económica orquestada desde Wall Street con la connivencia de Washington que significó la ruina de millones de personas y puso en peligro la estabilidad económica de los países desarrollados. Una crisis provocada por vampiros disfrazados de banqueros, políticos, agencias calificadoras o profesores universitarios de Economía encantados de redactar informes destinados a ocultar la situación financiera real de empresas y países para permitir que se siguiera echando carbón a la caldera sin importarles el día en que ésta acabase estallando en pedazos. Los vampiros de Wall Street no tuvieron ningún pudor a la hora de jugar con los destinos de millones de personas, vendiéndoles productos financieros hechos de aire, sabiendo que más tarde o más temprano sus incautos clientes acabarían por ahogarse en las mismas ilusiones que ellos mismos habían sembrado. Los relatos sobre el entramado de esta crisis desde el punto de vista económico y humano propuestos por Inside job y The company men resultan apasionantes y esclarecedores, aunque no más que la escalofriante crónica vampírica de Sembrando ilusiones de Comencini.

Si en las dos primeras la casta de colmillos afilados y tez macilenta comete sus tropelías amparada en las sombras proyectadas por los rascacielos de Wall Street, en la segunda una anciana millonaria norteamericana encarnada por Bette Davis escoge una villa en la ciudad eterna situada en una colina frente a la basílica de San Pedro para la apropiada degustación de la sangre de sus víctimas.Próximo a la villa se encuentra un barrio deprimido habitado por gente de clase social humilde. Dos de sus habitantes (el matrimonio compuesto por Alberto Sordi y Silvana Mangano) esperan cada año como agua de mayo la llegada de la millonaria a la villa vecina para pasar los meses de primavera. La anciana, confinada en una silla de ruedas, es una apasionada de un juego de cartas llamado ‘lo scopone scientifico’. Jugadora consumada, su único placer en la vida consiste en apostar dinero a las cartas para, indefectiblemente, terminar derrotando a su adversario. Sordi y Mangano son también brillantes jugadores de ‘lo scopone scientifico’ de modo que la millonaria les convoca cada año varias veces por semana a su villa para retarles con la promesa de que, si consiguen vencerla, se llevarán la suma de dinero que ella haya apostado. El matrimonio ve en esta promesa la posibilidad de prosperar del día a la mañana y, a pesar de que año tras año la anciana consigue ganarles, albergan la esperanza de que un día, la suerte se pondrá de su lado. Y, efectivamente, así es, finalmente una buena racha les hace llevar las riendas del juego y ganar una gran suma pero la Davis, aterrorizada y al borde de la muerte ante la posibilidad de la derrota, les convence para continuar la partida apostando sumas cada vez mayores. La pareja, aconsejada por la imprudencia, accede en vez de conformarse con lo ya obtenido, llevando la historia por senderos insospechados de comicidad y amargura hasta desembocar en un implacable final.

Bette Davis en “Sembrando ilusiones”

Preguntada por una periodista a su llegada a Roma, la Davis cuenta que las vistas a San Pedro que hay desde su villa sirven para recordarle que se halla en la ciudad eterna. Si el Empire State actúa como recordatorio para los vampiros de WallStreet de que se encuentran en la capital mundial del capitalismo y el fraude financiero, la imponente basílica de San Pedro se convierte en la brújula con la que Davis, sedienta de sangre, encuentra el norte en su despiadada lucha por la supervivencia. Sí, puede que la ciudad eterna no sea pródiga en espejos. La Davis lo sabe y por eso la escoge para desenfundar sus colmillos. Frente al Vaticano. Donde todo empezó.

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El fraude de los vampiros