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martes. 05.07.2022
mural callejro madrid pixabay
Mural callejero en Madrid. (Pixabay)

La vida es la farsa que todos debemos representar.
Rimbaud


Muchos años después, frente al pelotón de los criticones y murmuradores, tuvimos que recordar aquella primera noche virgen que hicimos de ella amanecer. La ciudad, por aquel entonces, ya nos estaba habitando y se incubaba en nosotros como un placer indomable. Nos engullía, nos digería, nos defecaba en todo su esplendor diurno y nocturno. El tiempo no tenía historia y la historia se negaba a acostarse con el tiempo.

Aprendimos a comer, cachorros y pacientes. Había que comer. Era el dictado desesperado de las madres omnipresentes. Luego llegaron los otros dictados, los del colegio, con su cosa trascendente, su caligrafía, su ortografía y el temor a poner una hache de menos o de más eran nuestras únicas dudas universales. Hay por siempre un ay de emoción en cualquier ahí que nos depare la vida porque aun en la distancia del allí supimos quedarnos en la verdad fraternal del aquí.

Donde habite la amistad. Escribimos en el libro de honor que perdió las pastas y las páginas en el tránsito que va del deseo a la realidad. En el trance que va de la salita de estar a la esquina callejera a las cinco de la mañana donde se citan el aire y las pesadumbres con escudo heráldico. Aprendimos a darle patadas a un balón en un barrio humilde. Nunca hemos sabido abandonar ese barrio. Quizás porque por él deambula el mejor de nuestros espectros.

La calle y el pundonor eran nuestras credenciales. Ahora los niños no juegan en la calle, se esconden en Internet y encima los pillan y los ultrajan. Codos desollados, rodillas desolladas. Nunca hemos sabido abandonar ese arrabal. Somos arrabaleros en el sentido estricto del término. Sentimos en arrabal y pensamos en arrabal, aunque nos fascinan una barbaridad los escaparates y los neones. Somos arrabaleros por acción y definición. Nunca hemos sabido engañar, comprar, sobornar al yo implacable que llevamos dentro. Como los hombres de antaño, tenemos la conciencia tranquila y la inteligencia intranquila.

Aprendimos a celebrar la memoria con inocencia y desaprendimos de memoria a reinventarnos. Queríamos ser los mismos, los de entonces, con sus luces y sus sombras, por eso, aprendimos a desesperarnos muchas veces a ritmo de esperanza. Aprendimos que los hombres prepotentes y presumidos, vistos de cerca, también se van a morir como nosotros. Sólo nos quedaba reírnos y mirarnos con esa vieja melancolía de judío expulsado por los Reyes Católicos.

Aprendimos codo con codo la jodienda y el oficio de vivir y de paso aprendimos a entablillarnos el corazón calle arriba, calle abajo. Aprendimos a madrugar y creímos que la abnegación nos elevaba y nos acercaba a los dioses. Un mediocre sabiondo nos contó que lo único que te salva es la religión del trabajo y que la gente madruga para cotizar. Nos quiso crear mala conciencia e indisponernos con lo divino, por tanto, aprendimos a no dormir con la luz de las farolas, que era lo más cercano a la luz divina.

Aprendimos hasta latín. Nos imbuimos de madre lingüística, a nuestro padre idiomático lo andan buscando, aunque se asemeja bastante a los nacionalismos que emputecen a las lenguas al servicio del poder político. En la anatomía diseccionada del latín nos reconocimos lo antiguo que somos a pesar de nuestra radical modernidad. Fuimos aquí y allá y cargábamos en la mirada una espuerta de callejuelas, celosías y crepúsculos públicos.

En muchas ocasiones, como polizones de nuestro destino, hicimos el viaje gratuito de ida y vuelta la Tierra-la Luna, la Luna-la Tierra. Antes habíamos facturado nuestras confidencias. Tomábamos velocidad en la pista de los recuerdos y al final aterrizábamos forzosamente frente a ese sol que se muere por la izquierda del mapa. Lejos de asustarnos por nuestra catástrofe aérea, contemplábamos ese sol moribundo del oeste como una apetitosa y mística naranja al paladar de los ojos y lo seguíamos en su despedida al compás soberbio de buches de litrona.

Aprendimos a disfrutar de las fiestas y a trocar el llanto en ginebra y a empujar hasta los tobillos las congojas que se hospedan en la garganta y nos volvimos a topar con la aurora diligente y trabajadora y sólo pudimos entregarle en señal de sacrificio nuestros sueños y nuestras ganas de dormir.

Es decir, sólo le pudimos ofrecer la paradoja del hombre que le toca existir y nuestro abrazo como sello. Los dueños del mundo nos pillaron robando in fraganti lo que no quería nadie. “Lo que no quiere nadie también es nuestro”, nos gritaban rabiosos. Nos llevábamos en las manos un lloro en flor y una sonrisa reverdecida en los ojos.

Era nuestra versión de los hechos y la dialéctica tan española, y aprobada por ley, de vencedores y vencidos. El juez nos interrogaba y nosotros le contestábamos que no éramos ni lo uno ni lo otro, ni vencedores ni vencidos. Solamente éramos apéndices humanos de los crepúsculos del mundo; vulgo anónimo con la biología disuelta en la astronomía, que aprendimos a deshabitarnos y habitarnos en las rumiaduras de los días y a mezclar los sinsabores en el mortero del tiempo y el mejor que nos sabía, nos sabía a tierra.

Nos literaturizamos hasta el tuétano porque así el esqueleto perdía gravedad y los huesos desarrollaban alas. La supervivencia estética y la risa nos brindaron el derecho a la autenticidad.

Muchos años después, frente al pelotón de los murmuradores y los criticones, tuvimos que recordar aquella primera noche virgen que hicimos de ella amanecer. Al tiempo le habían crecido las manos y el sudor y sangraba de madrugada y la historia apurada tenía que hacer horas extras en la cama del tiempo. Fue entonces cuando descubrimos, crepusculares y soñolientos, que donde habite la amistad no tendrá su dominio el olvido.

Donde habite la amistad