miércoles. 17.04.2024

En la campaña de las primeras elecciones democráticas españolas, formaba parte de un grupo de jóvenes que realizaba una pegada de carteles de una de aquellas coaliciones de izquierdas que se estrellaron finalmente en el escrutinio de votos. Y mientras realizábamos nuestra tarea, fuimos increpados por una pareja, varón y mujer, de la edad de nuestros padres. Alguien de nuestro grupo les respondió en términos de que lo que estábamos haciendo era en beneficio de los derechos de todos. El incidente concluyó cuando la señora nos espetó que “sólo Dios tiene derechos”. Siguieron su marcha y nosotros, la nuestra.

Esta frase me debió impactar muy profundamente porque es lo cierto que, pese al tiempo transcurrido, casi medio siglo, recurrentemente me hallo reflexionando sobre la misma como si fuera la clave de algo, la piedra Rosetta de un sistema complejo de valores, el mapa de un tesoro. Como jurista novato entonces, quebraba todo el esquema aprendido en la Universidad.

En mi fijación chalada y obsesiva por analizar la “frasecita” y volviendo la oración por pasiva, es forzoso concluir que la afirmación de los derechos de Dios, que es tanto como no afirmar aparentemente nada, está implícita la negación de los derechos de los hombres

Las más de las veces acabo concluyendo como, quizás la mayoría de Uds. que la frase no pasa de ser la estupidez de una cateta franquista a la que le desagradaban profundamente los cambios que experimentaba nuestro país. Una forma de resistencia frente a lo nuevo y de alineamiento con lo viejo, la Dictadura y el nacionalcatolicismo. Todo lo más una fanática religiosa.

Aun admitiendo la existencia de Dios, en buena doctrina teológica, resulta absurdo hablar de los “derechos de Dios” porque Dios sería el Poder, el Poder Absoluto, el que todo lo puede…y en consecuencia resulta absurdo atribuirle derechos. En buena doctrina iusnaturalista, Dios sería la fuente del Derecho y, por tanto, de los derechos. Lo que llaman la ley divina y la ley natural, que San Agustín definía como “la Ley de Dios grabada en el corazón del hombre”. Y como tal estaría por encima de los derechos. Disparatado imaginarse a Dios presentando una demanda en reclamación de sus intereses frente al sanchismo, verbigracia. ¿Ante quién?

Los derechos nacen y se desarrollan al nivel de la cultura humana y la civilización. El Derecho es el instrumento institucional de defensa del sistema globalmente considerado frente a la violencia del poder que es el instrumento de defensa en última instancia. Eso explica los ciclos políticos de pacífico desenvolvimiento en democracia y la periódica irrupción de periodos y movimientos que pretenden imponer o imponen la violencia. Los derechos subjetivos que derivan de aquél, no son otra cosa que los límites formales al ejercicio del poder, razón por la que hablar de derechos divinos es un disparate.

También los derechos son la herramienta para resolver los conflictos entre los humanos: quién tiene que ceder el paso y a quién corresponde la preferencia, en caso de conflicto. Las corrientes legislativas y jurisprudenciales más modernas permiten la atribución de derechos a animales e incluso a objetos inanimados, como si se tratara de personas. Piensen en las sociedades de capital convertidas en virtud de una ficción legal en personas jurídicas o en la emblemática atribución de derechos a los animales o al Mar Menor, que les convierte en sujetos jurídicos.

Otras veces, las más, los derechos son la mera consagración e institucionalización de los privilegios y el poder. Cuando acontece tal cosa, lo que se expresa es la debilidad misma del poder, su incapacidad de imponerse por sí solo y su necesidad de ser auxiliado y protegido por el Derecho.

Así es comprensible la alineación histórica de los integrismos religiosos (Iglesias y religiones, sus sacerdotes y sus fieles) con todos los autoritarismos que en el mundo han sido

En mi fijación chalada y obsesiva por analizar la “frasecita” y volviendo la oración por pasiva, es forzoso concluir que la afirmación de los derechos de Dios, que es tanto como no afirmar aparentemente nada, está implícita la negación de los derechos de los hombres.

En positivo, solo tendría sentido, solo tendría algún objeto si bajo la expresión de los derechos de Dios, la dama en cuestión estuviera refiriéndose a su propia manera de ver la vida, elevada porque sí a la excelencia de lo divino. Algo así como mis valores, y no los que los contradicen, son los que deben contar porque tienen el respaldo de la divinidad. “Dios está conmigo”. Les suena ¿no?. Si alguien le hubiera preguntado el por qué, no dudo que nos hubiera dado la respuesta “de madre de toda la vida”: “porque lo digo yo”.

Miren por dónde, llegamos así al origen del totalitarismo más atemporal, más universal y más absoluto... El totalitarismo religioso. Si los nazis fueron capaces de construir el suyo sobre materiales tan pobres como las leyendas germánicas, la cruz gamada celta y un señor bajito y moreno, con bigotito ridículo y que no había pasado de cabo en la I Guerra Mundial [“el que vale, vale y el que no, cabo”], imagínense lo que es construirlo sobre las leyendas universales greco-latinas y semitas, la cruz latina/griega y la estrella de David y un señor joven y guapo, muerto a los treinta y tres y que además era Dios e hijo de Dios o sea de sí mismo, en práctica de una suerte de onanismo partenogénico.

La buena señora, sin duda, se consideraba intermediaria de Dios. Secta sacerdotal. Y en tal condición creía ser partícipe de la naturaleza divina y al reivindicar los “derechos de Dios”, reinvindicaba frente a los demás sus propios “derechos”. Es lo que tiene de malo Dios, que nunca se manifiesta por sí sino por medio de intermediarios de medio pelo que siempre sacan o intentan sacar tajada. Sin que tampoco Dios los castigue.

Y en negativo, si solo Dios tiene derechos, es claro que lo que se defiende es la barbarie, el poder absoluto e irresistible, la esclavitud, la deshumanización, la alienación y la cosificación, la sumisión y ausencia de libertad, la negación de la cultura y la civilización... Así es comprensible la alineación histórica de los integrismos religiosos (Iglesias y religiones, sus sacerdotes y sus fieles) con todos los autoritarismos que en el mundo han sido.

Los derechos de Dios