martes. 05.03.2024
Fotograma de ‘Capitanes intrépidos’ con Spencer Tracy y Freddie Bartholomew
Fotograma de ‘Capitanes intrépidos’ con Spencer Tracy y Freddie Bartholomew

Los peores embusteros son nuestros propios temores (Rudyard Kipling)


Capitanes intrépidos Spencer Tracy y Freddie Bartholomew
Capitanes intrépidos
Spencer Tracy y Freddie Bartholomew

Para la física no tradicional el tiempo no existe, no es una cantidad física medible. Sólo existe en nuestra cabeza. Es una cosa mentale como diría Leonardo da Vinci del arte. Pero la verdad es que a nosotros nos viene muy bien medirlo, materializarlo, ejecutarlo para organizarnos y tiranizarnos mejor e igualarlo con la vida -que es de lo que se trata pragmáticamente- y con sus tres estadios básicos: nacer, durar y morir. Poner el tiempo y la vida al mismo nivel ha sido la gran operación ilusionista de Occidente para hacer pasar la esclavitud por libertad, la servidumbre por voluntad.

San Agustín dijo que si nadie se lo pregunta, sabe lo que es el tiempo, pero si alguien se lo preguntara, no sabría explicar lo que es. Por extraño e inasible, o por extrañamente inasible e incontenible, pese al intento de los relojes, definirlo y describirlo resulta una empresa inefable, y la inefabilidad es la antesala de la poesía, del misterio. El tiempo sólo puede sostenerse como sustrato poético. La ciencia lo asedia, pero no consigue atraparlo en sus parámetros.

Poner el tiempo y la vida al mismo nivel ha sido la gran operación ilusionista de Occidente para hacer pasar la esclavitud por libertad, la servidumbre por voluntad

La vida pasa en el cine porque por regla general en la vida real el cine pasa de largo. Y pasa como una eternidad desapercibida, por la sencilla razón de que en el cine el tiempo es interpretado en calidad de arte y artesanía, como dimensión interna sin principio ni fin, siempre sucede lo mismo pero nunca se repite. Y en la vida real, el tiempo es traducido como magnitud industrial y repetitiva con el colofón vacío de significado de la muerte.

En las películas rara vez un personaje mira un reloj durante el metraje. Los actores, aunque actúan, tienen una mirada poseída por el cuerpo, una mirada humana, profundamente humana, demasiado humana que hiere. Parecen personas dentro de sí. Mientras que en la sacrosanta vida real cotidiana de todos y cada uno de los días que nos habitan, las personas constantemente están mirando el reloj, tienen una mirada mecánica, evadida de los ojos, cronometrada, y cerrada pese al sentido de la vista. Parecen actores fuera de sí, en busca de papel, en busca de diálogo, en busca de escena, pero quien domina es el reloj a la mirada para encontrar únicamente las horas vestidas con sus peores egoísmos y nada más.

La vida pasa en el cine porque por regla general en la vida real el cine pasa de largo

En el cine los niños de ficción (hasta los más repelentes) son de verdad. En la actual vida diaria, los niños son un programa informático diseñado por los mayores. La intrepidez de nuestros días es tener desde pequeños una mirada cinematográfica -latido de fotograma- y ser con ella capitanes del tiempo indefinible, noble y valeroso que se atreve a liberarnos y no a someternos.

La mirada artesanal de un niño rico y consentido, lanzada sin fin al infinito del otro. Está atento, concentrado en su labor de mirar. Mira y admira -la admiración es la sublimación de la mirada-. Y siempre está sucediendo, mirada y admiración, da igual el tiempo, y dan igual los tiempos. Las leyes inmutables del universo sólo se dan en el cine. Fuera de él todo es mudadizo y voluble. El hijo mimado de un magnate mira a un humilde pescador portugués. Son capitanes intrépidos. Parecen Freddie Bartholomew y Spencer Tracy.

 

La vida pasa en el cine