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Pablo D. Santonja | @datosantonja
Plástico: Muñecas y muertos, editado por Norma Editorial dentro de la saga creada por Doug Wagner pretende profundizar en el origen de Edwyn Stoffgruppen, ese asesino en serie con fijación por las muñecas hinchables que ya conocimos en la obra original. El problema es que, al mirar hacia atrás, el misterio pierde fuerza y la historia se resiente.
En esta entrega a modo de precuela, que sigue la línea de Vinilo o Felpa (en mi opinión, la mejor de esta saga) se nos muestra cómo Edwyn empieza a matar casi por impulsos mínimos, por detalles que le resultan insoportables. No hablamos de grandes hechos justicieros ni de una construcción psicológica compleja: aquí el detonante puede ser alguien que estornuda demasiado fuerte o que simplemente invade su espacio personal. La comparación con Dexter es inevitable, pero en versión descafeinada. Si el personaje creado por Jeff Lindsay funcionaba por su código moral retorcido y su doble vida perfectamente construida, Edwyn mata más por capricho que por conflicto interno. Y eso, aunque pueda resultar provocador, termina restando profundidad.
El dibujo acompaña bien el tono macabro, con composiciones dinámicas y un uso del color que potencia el contraste entre lo grotesco y lo casi caricaturesco
El gran inconveniente de Plástico: Muñecas y muertos es que, como historia de origen, cuesta que se sostenga por sí sola. Si no has leído el volumen anterior, la sensación es de estar ante un relato incompleto, como si faltaran piezas esenciales del puzle. Hay guiños y elementos que parecen pensados para el lector ya iniciado, pero que dejan frío a quien se acerca por primera vez a este universo.
Narrativamente, el cómic apuesta por el exceso y la sangre. La violencia está presente sin demasiados filtros, y el tono oscila entre el humor negro y el gore explícito. Esa mezcla puede funcionar durante algunos tramos, pero acaba volviéndose repetitiva. El impacto inicial se diluye porque no hay una evolución clara del personaje ni un arco que realmente transforme lo que estamos viendo. Todo parece avanzar en línea recta hacia un desenlace que conecta directamente con la trama principal, presentando un personaje que va matando impunemente y sus acciones carecen de consecuencias reales.
En el apartado gráfico, eso sí, la obra mantiene un nivel sólido. El dibujo acompaña bien el tono macabro, con composiciones dinámicas y un uso del color que potencia el contraste entre lo grotesco y lo casi caricaturesco. Visualmente es atractivo, incluso incómodo por momentos, con ese trazo y dibujo que ya es seña de identidad en este autor.
Norma Editorial presenta el volumen con el cuidado habitual en su línea de cómic americano, y para los seguidores de la saga puede tener valor como complemento. Sin embargo, como lectura independiente, Plástico: Muñecas y muertos se siente liviano, pues se lee de una sentada, en apenas 30 minutos. Le falta el peso emocional o narrativo que haga que el lector conecte más allá de la mera curiosidad morbosa.
No es un desastre, pero tampoco una obra que deje huella. Funciona como pieza adicional para completistas, pero difícilmente atraerá a nuevos lectores. Y lo cierto es que, una vez cerradas sus páginas, la historia se desvanece con rapidez, pero gustará a aquellos que disfruten con sus imágenes grotescas y sobre todo sangre, mucha sangre.



