'The Last Showgirl' | La luchadora en lentejuelas
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
A veces hay películas que llegan a un intérprete en un momento vital adecuado, en un punto de madurez y olvido mediático, que les va como anillo al dedo y les permite demostrar sus enormes cualidades para la actuación, habitualmente obviadas y menospreciadas por razones de imagen o la naturaleza de los proyectos en los que se han embarcado. Pasó con Mickey Rourke en la magnífica El luchador (The Wrestler) (Darren Aronofsky, 2008), que fue su resurrección artística (y que luego no aprovechó), llevándolo hasta el Oscar, y está pasando ahora con Pamela Anderson en esta The Last Showgirl, con la que tiene muchos puntos en común.
Gia Coppola, otro miembro de este linaje eterno de Hollywood, se desvía de sus films anteriores de exploración de la adolescencia o de la sátira de la viralidad en redes en una historia profundamente anclada en el indie paradigmático americano de corte urbano, narrando la historia de Shelley, una bailarina de 57 años en un espectáculo de variedades clásico de Las Vegas, del cual anuncian su inminente fin tras casi cuatro décadas en funcionamiento. Aunque la trama no ofrece nada particularmente nuevo en este relato de balance vital, asunción del paso del tiempo, el temor delante de un mundo pretérito que se desmorona o la presión estética que asfixia las mujeres a cualquier edad, la película discurre por sus cauces fluidamente sin desbordarse ni hundirse, realzándose gracias a esa estrella que brilla, por fin, como debe: una espectacular Pamela Anderson que se apodera del escenario. Anderson se sirve de su imagen pública de mujer canónicamente sexy, enfocada a complacer a los ojos que la miran, y de talante naíf para dar vida a Shelley y contraponer después, fuera de las luces resplandecientes y las plumas, un espectro privado desmitificado, vulnerable, con la que dejar el corazón tocado. Una superviviente de un tiempo pasado idealizado que se da de bruces con un presente de la que es expulsada, que la actriz puede perfectamente comprender debido a ciertos paralelismos con su propia camino.
Además de dar en el clavo con Anderson, Coppola también se revela como una fiable timonel a la hora de confeccionar y dirigir un reparto que acompaña a su protagonista con presencia, pero sin sobreponerse a ella, destacando a Kiernan Shipka, Brenda Song y una Jamie Lee Curtis en un rol de apoyo del cual exprime a conciencia sus apariciones. Donde no luce tanto ella ni el libreto de Kate Gersten es en dar una mayor dimensión psicológica a sus personajes y temas, quedándose en una aproximación más básica y típica de lo que se podría desprender. No obstante, la flaqueza queda compensada por el correcto hacer de Coppola tras la cámara, el mencionado brillante reparto y la honestidad que respira el conjunto, logrando conectar de pleno con un espectador compasivo de esta infravalorada e injustamente tratada mujer. Una descripción que vale tanto para Shelley como para Pamela.