lunes. 26.02.2024
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Úrsula San Frutos | _suula_

Las guardianas del planeta, dirigido por Jean-Albert Lièvre, es un documental sobre la vida de las ballenas y la complejidad de sus relaciones sociales. Inspirado en la obra del poeta inglés Heathcote Williams, Whale Nation, es una propuesta diferente de documental.

Una ballena jorobada queda varada en la playa. Para empezar, no hay un narrador al uso. La ballena nos cuenta la historia. Desde su perspectiva, nos da a conocer al detalle el funcionamiento del océano. Desde las formas de vida más pequeñas hasta las migraciones transoceánicas de estos cetáceos, Las guardianas del planeta pretende arrojar algo de luz sobre el importante papel que cumplen las ballenas en la regulación del ecosistema.

Si se puede destacar un rasgo en esta producción es la repetición constante de recursos cinematográficos. No es tanto una cuestión de estilo, sino una falta de creatividad. Lièvre emplea hasta el desgaste varias figuras en el discurso audiovisual que hacen de este documental una obra redundante.

Primero, los planos. Hay un tipo de plano en concreto que hubiera resultado fascinante si se hubiera usado una sola vez. La pantalla muestra una ballena, a punto de romper la superficie. Lo curioso, sin embargo, es que el plano está al revés, y produce la sensación de que el animal está volando. Es de una belleza singular. Pero, como dice el refranero: “lo poco agrada y lo mucho enfada”. No se puede tirar de un plano de estas características como recurso. Arruina toda la magia.

También le gustó al director la imagen de la cola de la ballena sumergiéndose. Es elegante, sin duda, cautivadora, incluso. Le gustó tanto que la usó en cada oportunidad que tuvo, sin piedad.

Por otro lado, se le ocurrió la idea de comparar varios tipos de música con los cantos de las ballenas. Hay que señalar que esta es una obra sonora. El sonido tiene un papel protagonista en la película, casi más que las propias ballenas que aparecen en el título original de la obra (Whale Nation). Y hay que admitir que es un recurso inteligente. La primera vez. Un jazz melódico comienza a sonar de repente y, cuando entran las características trompetas, también lo hacen las ballenas. Los sonidos de estas se solapan con las notas musicales. Cumple con su objetivo: demostrarle al público que las ballenas hacen música tan compleja como la que escuchan ellos.

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Ya lo de comparar una tormenta en alta mar con el rock and roll o el apareamiento de las ballenas con una melodía más sensual es abusar de una buena idea. Hay cosas que, usadas con moderación, proporcionan resultados mucho mejores.

A la vez que la ballena (sin nombre, por cierto) detalla hasta el extremo la vida en los océanos, también asistimos a su rescate. A través de cortes a negro bruscos y totalmente innecesarios, el director nos enseña cómo se lleva a cabo el rescate de una ballena. Un grupo de surfistas la ha encontrado y pasa horas y horas tratando de mantenerla con vida hasta que la marea suba de nuevo.

El documental termina con un bonito alegato de la pobre ballena varada contra la violencia de los humanos, tanto entre nosotros como hacia su especie, y la contaminación de los ocáanos. Una gran reflexión de una ballena que se debate entre la vida y la muerte. Pero el espectador solo está pendiente de una cosa: al final, ¿han conseguido los surfistas salvarla o no?

Estreno 7 de julio

'Las guardianas del planeta': una y otra vez