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Álvaro Gonda Romano | @AlvaroGonda
Nicole Kidman encarna la compulsión del deseo irrefrenable hacia un pasante que, más que seducirla, alcanza a identificar su necesidad de sumisión. La cinta no explora en profundidad las raíces de esta preferencia en su complementariedad compartida. Romy es las dos caras de la moneda prestas al disimulo, Samuel, becario oportunista, se colará en su vida para satisfacer deseos ocultos.
La directora de una exitosa empresa y un becario consiguen entablar una peculiar relación sexual basada en el control y la sumisión. Las experiencias se suceden al límite, los riesgos se asumen como parte del juego; Jacob, marido de Romy, tardará en enterarse.
Un alegato en defensa de las vulnerabilidades humanas es el trampolín hacia el descubrimiento de nuevas zonas de crecimiento personal. Especie de complejo de sumisión remitido a ciertas circunstancias, no encaja en la categoría expresa de sadomasoquismo, el problema es tal por las consecuencias familiares y profesionales que podría suponer.
La cinta, dirigida por Halina Rejin utiliza el drama erótico para promover una postura empresarial de aprovechamiento del “déficit”; transformar lo negativo en positivo, la debilidad debe ser fortaleza de camino al éxito. El enfoque permanece velado al interior de una cuestión sexual que culmina en discreta redención. Romy atraviesa un montón de pequeños intentos fallidos que conducen la trama a un resurgir necesitado de comprensión.
La aceptación es el otro pilar que matiza la posibilidad de resarcimiento en la acción ajena y desprendida de valoraciones negativas. El enjuiciamiento del otro se sumerge en la indicación que acepta la diversidad sin prejuicios. La solidaridad sortea mezquindades. El valor de la oportunidad radica en el aprovechamiento de instancias con ayuda.
Buen trabajo de Nicole Kidman, símbolo de un éxito que cojea en la intimidad puesta a prueba. Harris Dickinson, joven seductor altamente perceptivo, no escatima en aprovechar cualquier circunstancia que proporcione algún tipo de placer.
Quien intente dirigir el análisis hacia cuestiones morales vinculadas a la infidelidad, las “perversiones” y el conflicto familiar, encontrará pocos elementos de destaque, precisamente porque éstos están al servicio de conceptos más vinculados al éxito en la vida y el campo empresarial. La sexualidad al servicio del marketing empresarial, cualquier circunstancia vital puede transformarse en metáfora de sucesos que nos acerquen a la “gloria”. La imagen no reniega de lo íntimo, solo lo reconduce a fuentes potenciadoras de estados afines al éxito. Lo interior se expresa en términos funcionales a un sistema proveedor de autoestima superior encadenada a demandas externas. Glorificación que integra imágenes de lo esperado a contenidos inaceptables, para reestablecen posturas hacia objetivos. No se trata de renegar, sino de readaptar la característica a una línea de acción que sugiere lo necesario; el poder se fortalece en la integración con la debilidad reformulada y aceptada. La sumisión queda expresada en circunstancias potenciadoras de lo íntimo y lo externo.
Samuel atiende a lo que su intuición le ofrece, su inteligencia emocional le permite capturar rápidamente las necesidades del otro en función de las propias, una alerta que persiste en la oportunidad. No escatima en decisiones inmediatas, así obtiene lo que quiere; el secreto está en utilizar esos momentos donde el otro toma la iniciativa, y explotarlos hacia un aprendizaje que deseche los obstáculos. Romy necesitará tiempo para entenderlo y redefinirlo en acciones que no comprometan otras áreas de su vida.
Antonio Banderas es lo contrario, luego de años de matrimonio no capta las necesidades sexuales de su esposa; la brecha generacional lo contrapone a la apertura mental de los jóvenes, quienes rápidamente se dan cuenta de todo y lo aceptan sin miramientos. Esme termina aconsejando a la gerente, suerte de revolución cultural solapada en la “perversidad” delineada en categoría extensible rumbo a la diversidad de lo normal. Los jóvenes comprenden los nuevos tiempos mejor que sus mayores o, al menos, tienen la capacidad de admitir y aceptar la diferencia como producto de particulares circunstancias de vida.
El sexo filtra el tema del poder en su contracara; la sumisión toma el mando, resolución orientada hacia un conflicto generacional zanjado en la aceptación que trae el cambio. La pelea final simboliza la lucha entre dos opciones, la rigidez de lo añejo no cede, Jacob resiste.
Samuel es un espejo que devuelve las poses de Romy en el señalamiento de actos destinados a mantener la compostura; la respetabilidad se resquebraja en la fantasía de sumisión, lo humano es la incontinencia, la falta de control auspicia la entrega del poder. Juego garantizado por la buena voluntad del partenaire, Dickinson se maneja con seguridad y solvencia, muestra la experiencia que asume el control. Las nuevas generaciones, y la ausencia de prejuicios por respeto al diferente, instalan “novedades”. El poder cede ante los límites del juego, reconocimiento que preserva de aproximaciones excesivas, las emociones quedan fuera, es lo que Romy debe aprender so pena de perderlo todo.
El acuerdo, el juego, el riesgo, la importancia de una clandestinidad al límite invita a una contradicción en las reglas, su extensión llega hasta la piscina. La madrugada se transforma en una pesadilla que apalanca la posibilidad de entender la faceta lúdica del acto. Las generaciones se reconcilian bajo una forma actualizada en el ejercicio de los roles, puesta a punto que endereza un matrimonio sumido en la incomunicación disfrazada de unión familiar. Lo que parece estar bien, puede no llegar a estarlo tanto.
Jacob es la palabra clave que Romy elige para detener la acción, el nombre de su marido es el contrapoder que protege ante posibles abusos, señala la manera como concibe a su esposo, lo conservador detiene el deseo. Protección versus poder, complementariedad disociada que fuerza la continuidad de un matrimonio erosionado por la insatisfacción sexual.
Otro concepto que circula es el de separación. La discriminación entre lo laboral, lo familiar y lo sexual. Samuel aclara algo que Romy demora en asumir: la sumisión bajo riesgo, sin implicancia afectiva, preserva los ámbitos restantes. Si el campo emocional interfiere, se pierde el necesario control del juego, una dimensión aparte donde el poder debe ser compartido para que la vida no se arruine.
La película establece las distancias necesarias; los personajes son delineados en función de roles bien definidos, las fisuras reestablecen equilibrios; es difícil entender cómo el mundo funciona, si la cultura cambia a cada instante. El toque final recompone el control y la sobriedad, aunque el deseo permanezca.





