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Aleix Sales | @Aleix_Sales
En la sección oficial del Festival de Cannes de este año compitieron por el premio gordo dos películas que miraban a la pandemia del Sida desde los puntos de vista personalísimos de sus dos autoras. Por un lado, estaba Carla Simón con Romería, quien indagaba en su historia familiar de forma retrospectiva con el fin de romper con los tabúes que giraban alrededor de las personas que vivían con VIH y las afectaciones en sus relaciones familiares desde una óptica realista con fugas imaginarias. Por su parte, Julia Ducornau también busca la desestigmatización a través de la visceralidad habitual en sus propuestas, con una obra que, más comedidamente a nivel de suciedad, se entrega al body horror marca de la casa, asentado tanto en sus cortometrajes como en Crudo (2016) y Titane (2021). La francesa sigue poniendo el cuerpo en el eje central de su película, esta vez para representar las mutaciones generadas por los efectos de un virus epidémico indeterminado. No menciona explícitamente el Sida, pero claramente está ahí la asociación, aunque también pueden establecerse paralelismos con las oleadas de COVID-19 que paralizaron el mundo totalmente. En este contexto, Ducornau inscribe un melodrama familiar acerca de Alpha (Mélissa Boros), una adolescente de 13 años e hija de una madre soltera médica (Golshifteh Farahani), que llega un día a casa con un tatuaje realizado mediante una aguja sin esterilizar. Al mismo tiempo, reaparece Amin (Tahar Rahim), su tío, cuya vida ha sido arrastrada por las adicciones siendo, no obstante, el gran apoyo de la chica en esos momentos.
En Alpha, la cineasta vuelve a certificar su capacidad para construir imágenes poderosas y vibrantes, que oscilan entre lo repugnante y lo magnético, volviendo a poner sobre la mesa sus referentes de cabecera como David Cronenberg, configurando su película más críptica que, al fin y al cabo, opera como un coming-of-age extremo en unas circunstancias hostiles. No obstante, todo lo estimulante de su premisa se ve lastrado por los problemas de escritura constantes en su cine, que aquí se acentúan todavía más debido a la mayor ambición que supone el film en comparación con sus títulos previos. En su afán de desmarcarse de los mecanismos narrativos más convencionales y abrazar la disrupción, la película -que entraña mucha sensibilidad en su tema- levanta una flagrante distancia emocional con el espectador que, en muchas ocasiones, resulta infranqueable, propiciada por la falta de coherencia y la propensión al capricho fruto de la búsqueda de ese carácter único. En Alpha se instaura una narrativa confusa en dos líneas temporales que dificulta la penetración en el corazón de su historia y, En medio de momentos de inspirados, el conjunto se hace bola a causa de su carácter repetitivo.
Tampoco le ayuda el tono que Ducornau adopta en muchas secuencias, plenamente estridente e histérico, el cual logra expulsar más al espectador que conectarlo con sus personajes sobradamente llamativos, defendidos con mucha solvencia por su reparto, especialmente la protagonista, Mélissa Boros, y un transformado Tahar Rahim. Probablemente constituyendo su película más existencial, Alpha es la creación más irregular de la cineasta, reuniendo varias buenas ideas –algunas de ellas brillantes en cuanto a representación, navegando constantemente entre lo repulsivo y el síndrome de Stendhal-, pero desarrolladas fallidamente debido a su punto presuntuoso. Prueba de ello es un desenlace tremendamente bello ante los ojos, pero que emocionalmente no causa el golpe sentimental que cabría esperar por el camino lleno de altibajos y vueltas azarosas que se ha recorrido para llegar a él.



