Sobre el caudillismo en el franquismo
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Entre los múltiples títulos y atributos que recibió Franco hubo dos fundamentales: generalísimo y caudillo
El caudillismo no desapareció con la llegada del siglo XX. En la propia Argentina, Perón y el peronismo remozaron el concepto, fomentando el desarrollo de las relaciones clientelares en política, aspecto que llega hasta hoy en día. Pero para los españoles el caso más importante de caudillo, por su trascendencia histórica, ha sido el de Francisco Franco. Cuando el bando sublevado contra la Segunda República fue consciente del fracaso del golpe y de que, en consecuencia, había que afrontar una guerra y elegir un jefe, elección que recayó en Franco en el otoño de 1936, comenzó a funcionar un potente aparato de propaganda que generó el único culto a la personalidad que ha habido en la historia contemporánea española. Entre los múltiples títulos y atributos que recibió Franco hubo dos fundamentales: generalísimo y caudillo. El título de caudillo casaba con el interés del franquismo en convertir a Franco en el heredero de una saga de homónimos que, desde la época antigua, pasando por la medieval, habían luchado y hasta salvado, supuestamente a España de poderosos enemigos, como los musulmanes, entre otros, haciendo una interpretación muy sesgada de la Historia y cometiendo anacronismos evidentes. Franco sería el moderno caudillo que, enviado por la Divina Providencia, venía a salvar a España de los enemigos de los años treinta, tanto internos –los “malos españoles”-, como externos. Franco pasó a ser “caudillo de España, por la gracia de Dios”.
Bajo el aparato institucional que organizó la dictadura franquista, funcionaron las características propias del caudillaje. Las relaciones clientelares se basaron en el principio de la conocida como la “adhesión inquebrantable” hacia Franco, así como a los principios del Movimiento Nacional. Esa fidelidad al caudillo garantizaba el acceso a distintas parcelas del poder. Aún hoy, los nostálgicos del franquismo, en pleno auge, rememoran a Franco, anhelando la llegada de otro caudillo salvador ante lo que consideran la desmembración de España.
En la primera hora del franquismo Juan Beneyto Pérez publicó en 1939 en Zaragoza la obra titulada El partido. En la misma se da una explicación o teoría sobre el caudillismo:
“La concepción del Caudillismo es una síntesis de la razón y de la necesidad ideal. No es sólo fuerza sino espíritu; constituye una nueva técnica y es la encarnación del alma y hasta de la fisonomía nacionales. Como técnica es consecuencia natural y necesidad orgánica de un régimen unitario, jerárquico y total. Como encarnación es la exaltación de una mística. Viene a ser un concepto nuevo por el que un hombre se constituye en rector de la comunidad y personifica su espíritu, concepto que proviene directamente de la revolución. Tiene una contextura típica y plenamente revolucionaria, como la idea central de la que se nutre.
En los regímenes totalitarios el partido aparece exaltado en esa precisa función de seleccionar al jefe. [...] El Partido consigue así ser depositario de una fuerza que se renueva continuamente y sabe orientar en un sentido revolucionario cada nueva generación. Gracias al concepto de Revolución permanente, y merced al instrumento del Partido, desaparecen las luchas y todas las energías se concentran en la tarea de las afirmaciones nacionales".
Como observamos el jurista, escritor y político franquista, que llegaría a ser uno de los principales censores ya avanzado el franquismo, explicaba que el caudillismo era una necesidad en un régimen que calificaba de unitario, jerárquico y totalitario. Un hombre se constituía en el líder o rector de la comunidad, personificando el supuesto espíritu de esa comunidad, siendo, además un concepto revolucionario. El Partido sería el encargado de seleccionar al jefe, algo que, en realidad llama la atención porque, en realidad Franco no fue seleccionado por la FET y de las JONS, sino que el fue el que creó el Partido único sobre la base de la Falange y los carlistas, además de que fue seleccionado por un grupo reducido de militares. En todo caso, lo más importante es el final del texto cuando se dice que este sistema terminaría con las luchas porque las energías se concentraban en la tarea de afirmación nacional. El franquismo fue una régimen que defendió siempre la idea de que había conseguido acabar con las luchas y enfrentamientos de la historia contemporánea española, evidentemente reprimiendo a personas, ideas, pensamientos y movimientos políticos, sindicales y asociativos, que no comulgasen con sus principios o que cuestionasen el poder absoluto de Franco.
El cardenal Segura fue contrario a que Franco entrara en las iglesias bajo palio
Pero también es cierto que, a pesar de la unanimidad dentro del heterogéneo mundo ideológico del franquismo, hubo alguna voz discordante sobre el concepto del caudillismo. Y vino de la mano de un personaje harto polémico en la Segunda República pero también en el franquismo, convirtiéndose en íncomodo para Franco, aunque intocable porque era una altísima jerarquía eclesiástica, esto es, el famoso cardenal Segura. A lo sumo, solamente se le intentó controlar al final al nombrarle un arzobispo coadjutor a partir de la firma del Concordato de 1953. Segura fue contrario a que Franco entrara en las iglesias bajo palio. Pero lo que aquí nos interesa fue su crítica al concepto de caudillo. En una ocasión afirmó que esa palabra en la época antigua era sinónimo de jefe de bandoleros, y que el propio Ignacio de Loyola asimilaba el término al diablo.