Balearic, de Ion de Sosa: el hundimiento moral de una sociedad anestesiada
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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Balearic, dirigida por el donostiarra Ion de Sosa, es una de esas películas extrañas y difíciles de analizar que de vez en cuando aparecen en el Festival de Sitges. Sin embargo, en una edición con 34 títulos en Sección Oficial, corre el riesgo de pasar desapercibida más allá de algún comentario ocasional en redes sociales.
De entrada, Balearic no es la típica película que encaja con el público de Sitges, más allá de ese leve tono fantástico que la atraviesa. Ion de Sosa, el mismo detrás de Mamántula (2023) y Sueñan los androides (2014), nos lanza aquí una historia inquietante: un grupo de jóvenes se cuelan en un caluroso día en la piscina de una lujosa casa y, de repente, son atacados por tres perros que los obligan a permanecer dentro del agua, atrapados y sin posibilidad de escapar. En paralelo, un grupo de vecinos adinerados, que celebran una fiesta en las inmediaciones, beben, charlan y se distraen con banalidades mientras la tragedia sucede a pocos metros.
Ion de Sosa construye una película extraña incluso en su duración ajustada —74 minutos—, que la sitúa casi en el terreno del mediometraje. A medio camino entre la sátira y la denuncia social, Balearic retrata una sociedad anestesiada por el confort, encerrada en una burbuja que la mantiene a salvo de cualquier conflicto real. Aunque nunca se especifica en cuál de las islas Pitiusas transcurre la acción, el filme alude de manera evidente a la masificación del territorio, la especulación urbanística y la deforestación provocada por incendios —fuegos que funcionan también como metáfora de la aniquilación moral y social en la que vivimos—.
La película aborda además las dificultades a las que se enfrenta la juventud actual: esos jóvenes que, definiéndose como clase obrera, se preguntan por su futuro mientras son atacados por unos perros que solo quieren matar. Rodada en 16 mm, la cinta parece rendir homenaje a Buñuel, especialmente a El discreto encanto de la burguesía y El ángel exterminador. Resulta evidente en el momento en que los vecinos ricos —o que fingen serlo, ya que solo uno lo es realmente— son incapaces de lanzarse a la piscina, atrapados por una fuerza invisible que les impide actuar.
El guion, firmado por varios autores —entre ellos Chema García Ibarra, responsable de la maravillosa Espíritu sagrado, en la que De Sosa fue director de fotografía—, busca constantemente el absurdo y el caos, moviéndose entre la abstracción y la indefinición narrativa. Los personajes parecen recitar en lugar de hablar, sobreactuados de manera deliberada para sumergirnos en una atmósfera a medio camino entre el sueño y la pesadilla. Sus conversaciones no son reales, hablan para ellos mismos.
Balearic es, con diferencia, la mejor película hasta la fecha de Ion de Sosa: un salto de madurez para un director que no teme al riesgo, al caos ni al fracaso
Esa misma indefinición es quizá el principal problema de Balearic: una película que nunca termina de estallar ni de ofrecer todo lo que promete, oscilando en un territorio incómodo donde no es del todo terror, ni drama, ni crítica social, sino una mezcla de todo ello. El horror se filtra, no tanto por lo explícito, sino por la extrañeza de esa piscina que se convierte en prisión, mientras nadie —ni siquiera quienes están a unos metros— parece oír los gritos de auxilio. La distancia física es mínima, pero la brecha social es infinita.
Aun con sus imperfecciones, Balearic es, con diferencia, la mejor película hasta la fecha de Ion de Sosa: un salto de madurez para un director que no teme al riesgo, al caos ni al fracaso. Porque Balearic tiene de todo eso —y precisamente por eso resulta tan fascinante—: una rareza magnética, desconcertante y profundamente personal. Una experiencia de la que, como sus protagonistas, es imposible escapar.