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A ‘Wolfram’ la debieron financiar por el tema que pretende abordar sin lograrlo. La supeditación de los aborígenes australianos a la población blanca y los atropellos experimentados por ese grupo étnico. Esto sería en teoría, pero en la práctica nos encontramos ante una parodia de las películas del oeste.
Los malos resultan sencillamente ridículos. No hay diálogos. Las imágenes flotan alrededor del espectador, al igual que las moscas importunan a quienes hacen de actores. No hay nada que se salve de la quema. Cuando una película no despega en un plazo prudencial, se queda varada en la pista.
No estoy de acuerdo con Win Wenders, quien, al preguntarle por el genocidio de Gaza, respondió que la gente del cine no se debe meter en cuestiones políticas. En la Berlinale pasó justo lo contrario y hubo políticos que se Pinocho armó a favor de Israel. Quizá por eso le hayan aconsejado al presidente del jurado mostrarse prudente con sus declaraciones.
Pero, en cualquier caso, una película puede tratar cualquier tema, siempre que se cumpla con el requisito previo de saber hacer cine. Todo en ‘Wolfram’ es de cartón piedra e impostado. Las cuotas temáticas o de cualquier otro tipo no dentro ser un factor a considerar al seleccionar películas para un festival cinematográfico.



