lunes 23.09.2019
CRÓNICA DESDE BUENOS AIRES

Argentina, el día después

El escenario político cambió radicalmente tras las elecciones del domingo, aunque la primera vuelta no logró definir presidente.

Argentina, el día después

@jgonzalezok / Los resultados de la primera vuelta de las elecciones argentinas recuerdan lo que sucedió en 1983, cuando se fue la dictadura. Todo el mundo daba por sentado que en las elecciones de ese año ganaría el candidato peronista, Ítalo Lúder. Pero cuando una preguntaba a los amigos y conocidos por quién iban a votar, la mayoría contestaba que a Raúl Alfonsín. Ahora sucedió algo parecido, todos descontaban que el ganador sería Daniel Scioli, el candidato peronista del momento, y solo se discutía si sería capaz de ganar sin necesidad de segunda vuelta.

En el 83 no solo ganó Alfonsín, también lo hizo el candidato a gobernador de la UCR en la provincia de Buenos Aires, Alejandro Armendáriz. Ahora, la debacle peronista fue acompañada también por la pérdida del distrito más poblado y más importante políticamente.

En aquella ocasión el candidato era Herminio Iglesias, un caudillo gangsteril del suburbio de Avellaneda, que había perdido un testículo por un tiro en circunstancias oscuras y que en el cierre de campaña en el Obelisco quemó simbólicamente un ataúd con las siglas de la UCR. Se considera que ese gesto fue la puntilla para la candidatura de Luder. Ahora el candidato peronista fue Aníbal Fernández, oriundo de Quilmes, también en el suburbio, sobre el que pesan graves denuncias por narcotráfico.

Los dos momentos históricos parecen coincidir también con un deseo de la gente de mayor respeto a las instituciones. Los argentinos que en 1983 votaron a Alfonsín venían de la más sangrienta dictadura que había vivido el país, pero recordando también los años de plomo de 1973-1976 -presidencias de Perón e Isabelita-, con la Triple A matando a guerrilleros e izquierdistas en general, y los grupos armados asesinando y secuestrando a sindicalistas, policías, y otros enemigos de clase.

El que Scioli haya obtenido menos votos que en las elecciones primarias y llegue disminuido a la segunda vuelta del 22 de noviembre, se debe en gran parte a la mochila pesada de la presidente, que no le dejó ni siquiera elegir a su vicepresidente, ya que le puso un comisario ideológico –Carlos Zannini-, como había hecho con el vicegobernador. Scioli tampoco tuvo ninguna incidencia en la confección de las listas electorales, donde los jóvenes de La Cámpora tuvieron lugares destacados.

El resultado fue que en distritos clave como la capital federal, la lista que encabezó el ministro de Economía, Axel Kicilloff quedó en segundo lugar. Y la que encabezó su hijo Máximo en la provincia de Santa Cruz, también fue segunda.

La presidente también participó activamente en la campaña, marcándole al candidato el camino. Aunque ella no era candidata, Scioli actuó en general de mero acompañante, viendo cómo en ocasiones se hablaba de que el candidato era el “proyecto kirchnerista”. Y también fue ninguneado en más de una ocasión cuando los cantos alusivos eran para Carlos Zannini, su candidato a vicepresidente, que ha sido el hombre que más próximo ha estado de los Kirchner desde los tiempos en que Néstor era gobernador en la Patagonia.

En sus dos elecciones presidenciales, Cristina Fernández tuvo resultados notables. En 2007, cuando heredó de su marido un país sorprendentemente recuperado de la crisis del 2001-2002, logró el 46,29% de los votos en primera vuelta, sin necesidad de acudir al ballottage. Cuatro años después, superó la cifra llegando a un histórico 54,11%, también en primera vuelta.

Fue el momento en que el kirchnerismo soñó con una “Cristina eterna” y planeó un cambio constitucional para permitir la reelección indefinida. No hubo tiempo, porque en las elecciones de medio término del 2013 perdió la mayoría parlamentaria necesaria, siendo Sergio Massa el verdugo, el mismo que este domingo salió tercero y cosechó cinco millones de votos.

Pero en la euforia del momento surgió el famoso “vamos por todo”, que se le escapó en febrero de 2012, en un acto en Rosario. El abogado y politólogo José Nun, que fue secretario de Cultura de Néstor Kirchner, habló de la borrachera de poder que se apoderó del gobierno: “Cuando hay borrachera de poder lo único que interesa es perpetuarse y no rendir cuentas a nadie de lo que se hace”. 

La presidente había asumido en el 2011 prometiendo mayor calidad institucional. También habló de hacer de Argentina un país normal. Pero la realidad es que en estos años los conflictos permanentes con otros poderes del Estado, la falta de rendición de cuentas, el falseamiento de las estadísticas y el asalto al estado como un botín político, configuraron un país que no era normal.

El estilo confrontativo de la presidente, sus sermones en forma de cadenas nacionales obligatorias –más de una por semana en lo que va de año- y las noticias sobre corrupción e impunidad, terminaron de configurar un clima que explica los malos resultados de las elecciones, aunque Scioli lograra sacar un par de puntos a su rival, Mauricio Macri.

Dicho esto, quedan por delante tres semanas de campaña para la segunda vuelta. Pueden ser tres semanas de agonía y cuchillos largos dentro del peronismo, que siempre es implacable con el vencido. Pero, como dice un dicho bien argentino, “no está muerto quien pelea” y Scioli sigue en carrera.

Para cualquier observador va a ser apasionante ver cómo se comporta la presidente en relación a Daniel Scioli. Al que siempre despreció, pero al que tuvo que acudir como candidato ante la evidencia de que no había ninguna figura propia que tuviera la más mínima posibilidad de hacer un papel decoroso. Los Kirchner no quisieron nunca cultivar un heredero. “El kirchnerismo ha generado una fuerte identidad política pero no una organización política (…) La organización nunca llegó a estar al nivel de la identidad”, escribió la ex diputada Cecilia Merchán en Página 12., “Quien elige su heredero elige su verdugo”, dijo por su parte el veterano peronista Julio Bárbaro. 

Y también habrá que ver la relación que entable la presidente con su sucesor, sea quien sea. “Entregaremos el gobierno, pero nunca el poder”, dijo su hijo Máximo, en su primer y casi único discurso público, en septiembre de 2014. Y son numerosos los personajes del kirchnerismo que consideran que Cristina seguirá siendo su referente, incluso en una hipotética presidencia de Scioli.

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