martes. 16.04.2024
Foto: Parlamento Europeo

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En las democracias, los problemas se resuelven votando. Ustedes me dirán que por qué se me ocurre encabezar ninguna reflexión con semejante perogrullada, pero es que a veces puede dar la impresión de que hemos olvidado algo tan obvio. Ahora está en manos de los catalanes dar respuesta a gran parte de los debates que ocupan el tiempo y la paciencia de la mayoría de los ciudadanos del Estado, y actuamos como si los pasos realmente importantes los diera un señor de conducta errática que ha logrado alzarse en protagonista de lo que tiene que ser un destino colectivo, no individual.

De la misma manera, asistimos en vísperas de otras elecciones trascendentales a una tormenta de declaraciones bélicas o prebélicas que son serio motivo de preocupación. La gente de mi edad se ha pasado media vida preguntándose cómo pudo ocurrir lo que ocurrió en los años treinta del siglo pasado, mientras nos dirigimos a nuestros propios treinta con una sensación de inevitabilidad que no tiene sentido ni justificación.

El abandono del arma del voto es el primer paso para la destrucción de la democracia, que luego tanto cuesta recuperar

En junio hay elecciones europeas. Durante décadas, negarles importancia ha dado como resultado que un parlamento de mayoría neoliberal aprobara políticas neoliberales. Hemos jugado de forma irresponsable a cálculos palurdos de que la circunscripción única favorecía las iniciativas exóticas, con el resultado de que el grupo mixto de Estrasburgo tiene más diputados que muchos parlamentos nacionales mientras los amos del poder y el dinero concentran el voto en los partidos que aprueban las medidas que les favorecen. Festejamos, elección tras elección, lo que no es más que dispersión inútil y testimonial, satisfactoria tan solo a corto plazo, y dejamos el poder en manos de quienes como es lógico no tienen empacho en ejercerlo. 

Eso tiene que acabarse este año, y no estoy apelando como de costumbre al voto localista que pretende servir de termómetro de la situación interna, convirtiendo una elección crucial en una mera encuesta, sino al voto europeo, consciente, a un voto de poder mediante el poder del voto. Para impedir la vuelta a los años treinta. Para frenar el discurso belicista y las políticas populistas. Para evitar el pretexto fácil de que los liberales van a necesitar a la ultraderecha, para no poner en bandeja a los nuevos tiranos un más fácil acceso a la tiranía. Incluso para enviar a los Estados Unidos el mensaje evidente de que a Trump es preciso detenerlo en las urnas, y se puede hacer. 

El abandono del arma del voto es el primer paso para la destrucción de la democracia, que luego tanto cuesta recuperar. Pido disculpas a quienes piensen que todo esto son perogrulladas. Si lo fueran no habría que repetirlas. El día en que lo sean de verdad, todos viviremos, nada menos, en un mundo mejor. 

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