martes. 05.03.2024
Foto de archivo

Entre las causas esgrimidas para explicar los resultados de las pasadas elecciones municipales y autonómicas, echo en falta una mayor presencia de un factor que, a mi juicio, pudo haber jugado un papel importante en ese vuelco a la derecha. Me refiero al ya “tradicional” desapego de buena parte de la clase trabajadora, no solo de sus propios intereses, sino de su misma condición de clase. Peino el medio siglo, mis padres fueron trabajadores que con su dedicación consiguieron darnos, a mis hermanos y a mí, unos estudios universitarios, provengo de una localidad no capitalina dentro de una región ultraperiférica (alejadísima de Madrid) y siempre he escuchado, desde que era niño, el lenguaje de los mayores en la calle: pequeños comerciantes, obreros de la construcción, pensionistas… Y lo que ese lenguaje transmitía con claridad, con la claridad de los sobreentendidos y las generalizaciones, era, fundamentalmente, un estado de ánimo, más bien de desánimo, que cristalizaba en dos discursos que muchos de ustedes reconocerán enseguida: que las cosas eran así y poco o nada se podía hacer y que todos eran iguales, donde ese “todos” albergaba, qué coincidencia, a políticos y sindicalistas.

Y es que cuarenta y pico años de neoliberalismo han dado para mucho. Han servido con eufórica dedicación a que el asalariado promedio se viera a sí mismo como clase media, a que el pequeño y mediano empresario se identificara más con el grande (¿quién querría pasar por clase obrera cuando, oye, ya tengo un empleo estable, un piso, un coche, unos quince días de vacaciones etc.?) y, de paso, han degradado la labor de los sindicatos y de la acción sindical como agentes aglutinadores de esos intereses cada vez más invisibilizados. Recuerdo con repugnancia el tono burlón, cuando no abiertamente hostil, dirigido hacia los sindicatos ante su sola mención en conversaciones cotidianas. Con no menos hastío recuerdo el desprecio y la indiferencia “populares” hacia toda manifestación callejera (todavía tristemente presentes en esos ciudadanos que contemplan a los que marchan desde las aceras como el que asiste a un desfile circense o a una procesión). Recuerdo el entusiasmo con que el ciudadano de a pie se prestaba a tragarse el humo de los beneficios que traería, por ejemplo, el turismo de masas. No hay que espantar las inversiones, aunque siga comiendo lo mismo, aunque siga ganando lo mismo, aunque se lamente el territorio apaleado.

Cuarenta y pico años de neoliberalismo han dado para mucho. Han servido para que el asalariado promedio se viera a sí mismo como clase media

A medida que se diluía la conciencia de clase, fue emergiendo la identitaria, la de pertenencia a ese territorio común, complejo, más o menos difuso, que llamamos España, gracias a la labor de despiste, o cortina de humo si lo prefieren, propagada por el alargado brazo mediático de la derecha durante décadas, y estimulada con la llegada y presencia cada vez más común de inmigrantes procedentes, en su mayoría, de países de América Latina, pero también del Sahel, de África subsahariana y Europa del Este. Yo ya no soy obrero ni de clase baja, pero, ojito, sigo siendo español (o muy español, como diría un castizo ex presidente del gobierno). Yo soy de aquí, de mi tierra y tú, pobre inmigrante que acabas de aterrizar, no. Hablar de “los de aquí” frente a “los de fuera” se convirtió rápidamente en lugar común (para regocijo de partidos nacionalistas de distinto color político).

Este esquema básico de dicotomías (nosotros, ellos; lo seguro, lo desconocido) es fácilmente comprensible e identificable para el menos informado porque lo puede constatar en su día a día. El que nunca lee prensa sino que se “informa” por las redes sociales ve a diario, bien por sus propios ojos, bien por los de la pantalla de su móvil, inmigrantes de origen africano paseando “ociosos” por sus calles, haciendo cola en la oficina del paro, apostados frente a una tragaperras en el bar de la esquina. Ve gente de fuera haciendo vida en su tierra como si fueran de aquí. Gente distinta. ¿Peligrosa? “Lo que se ve” se transforma en argumento en sí mismo, en verdad, en valor incontestable.

Dentro de “lo que se ve”, vinculada a la anterior, cabe otra categoría: el orden público. En el imaginario del ciudadano de a pie desmovilizado tan contundente se erige la presencia de “los de fuera” como la de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en especial, policía local y guardia civil. Agentes de ambos cuerpos han venido patrullando nuestras calles desde la infancia, lo que asegura un bien ganado puesto en nuestra concepción de “lo público.” Ante cualquier violación del orden, ellos son la primera respuesta. De acuerdo, puedo ser agredido en cualquier momento por uno de “los otros,” pero también puedo llamar a la policía, a la guardia civil y vendrán con sus muy contundentes coches patrulla, sus uniformes, sus luces y sirenas, en definitiva, con su espectáculo del orden, a rescatarme. Amenaza y castigo frente a frente. Cotidianos. Palpables ambos. 

“Lo que no se ve”, no existe o es secundario, por mucho que en ese lago vaporoso naden “los que mandan”, “los de arriba,” el auténtico poder

A los ojos del desinformado medio, “lo que se ve” es la realidad misma o, al menos, la realidad que interesa, la que cuenta. Todo lo demás, “lo que no se ve,” no existe o es secundario, por mucho que en ese lago vaporoso naden “los que mandan”, “los de arriba,” el auténtico poder sin nombre ni filiación clara (los accionistas e inversores de las empresas del Ibex 35, algunas bien conocidas, algunos de sus dirigentes, famosos, con nombres y apellidos) operando desde su hábitat natural, la sombra, como siempre se nos ha recordado (ver el informe sobre trazabilidad de responsabilidades en asuntos medioambientales  o fiscales). Todo lo que no sea de primera necesidad, todo lo que no pertenezca al aquí y ahora económico, de momento, no existe, no se ve y corre el riesgo de ser percibido como un discurso lejano e incomprensible. Nada más fácil para la derecha, pues, que apelar, a través de sus múltiples voceros, a aquellas realidades evidentes, “palpables” y contraponerlas para movilizar sentimientos y, eventualmente, provocar un vuelco electoral como el del pasado 28M.

Frente a esta ofensiva, la estrategia de la izquierda de señalar los logros con datos y medidas; de apostar durante buena parte de la legislatura por asuntos “invisibles” como la memoria democrática o la eutanasia (por muy irrenunciables que sean para su agenda –en especial, para la agenda de la izquierda a la izquierda del PSOE– y por muy indispensables que resulten para la constitución a medio plazo de una sociedad éticamente avanzada); de dejar para el final, deprisa y corriendo, la tramitación de asuntos “visibles” como la vivienda, ha sido respondida con un jarro de agua fría. Y es que la tarea de hacer visible lo invisible requiere de unos tiempos, unos recursos y una pedagogía elaborada que no casa con los estrechos y estresantes márgenes de una campaña electoral.

Si la izquierda aspira a ganar las presidenciales de julio, y con ellas, recuperar la esperanza e ilusión de sus votantes y alejar la amenaza de la dentellada ultra (que la mayoría de medios nacionales ha ido blanqueando a cuentagotas para facilitar su digestión de cara al futuro), le urge emplear un lenguaje “directo,” casi de púgil. Ya habrá tiempo para la pedagogía, para señalar a “los de arriba” y no a “los de abajo” o a los “de al lado.” Ahora toca decir bien claro que, con las derechas en el poder, si usted está jubilado, es muy posible que no se actualice su pensión; que cuando acuda a su centro de salud, se lo encuentre cerrado por falta de personal sanitario, tal vez definitivamente, y deba usted costearse un seguro privado; que si no puede permitirse pagarle a sus hijos unos estudios universitarios, por brillantes que sean, se quedarán fuera por falta de ayudas públicas; que si antes cobraba usted el SMI o el IMV, es muy probable que disminuya, si no se le deniega, la prestación y así un largo etcétera. Como dejó escrito Aute, “nos va la vida en ello”.

De lo visible y lo invisible