domingo. 14.04.2024

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“Los militantes sindicales y políticos de todas las tendencias, pero principalmente todos los ciudadanos, deberían interesarse seriamente por el dinero, su comportamiento, los hechos y las evoluciones que lo rodean. Quienes tienen mucho nunca se olvidan de defender sus intereses. Negarse a usar cifras rara vez favorece a los más pobres” [i] (Thomas Piketty)


El impacto de la reingeniería, apoyada en la informática, primero, y ahora por la inteligencia artificial, está aumentando la rentabilidad del capital en base a, directamente, hacer desaparecer los trabajos [ii]. Cómo reconocen la mayoría de los expertos en Inteligencia Artificial (IA) esta estrategia tecnológica no es la única posible, aunque sí la más beneficiosa para los accionistas [iii]. Lo cual es muy relevante para la nueva posición del trabajador, que no puede concebir que él mismo, con su aprendizaje, esté colaborando en la creación de las condiciones tecnológicas que lo hacen redundante. Según los autores citados, un desarrollo diferente de IA y del uso de la informática en el trabajo, que se basara en la utilización de la tecnología para la mejora de la productividad, y en el uso de AI para el aumento de las competencias del trabajo y el enriquecimiento de las habilidades de operación, redundaría en más oportunidades de empleo, mejores salarios y un alisamiento en la curva de las desigualdades. El “Report 2020 del Futuro de los Empleos”, promovido por el Foro Económico Mundial, señala que solo un 20% de las empresas encuestadas aceptan tal estrategia tecnológica. Aunque afirman que requiere una gran inversión en capital humano, para la cual no existen los recursos públicos en educación necesarios, que tendrían que salir de los beneficios de los accionistas, y revertir en los trabajadores que han colaborado en la creación del capital de la nueva era. 

  1. Reflexiones en torno al Capital intelectual y las relaciones de producción 
  2. La Democracia económica y el proyecto de una Democracia participativa
  3. La Economía se resiste a la Democracia y se degrada la Ciudadanía

El impacto de la reingeniería, apoyada por la inteligencia artificial, está aumentando la rentabilidad del capital en base a, directamente, hacer desaparecer los trabajos

Las causas de desplazamiento tecnológico del trabajo que manifiestan la mayoría de los empleadores encuestados en el Report 2020 del WEF son: la aceleración de la digitalización de los procesos (84%), la subcontratación de trabajadores remotos (83%) y la automatización de tareas (50%). Una vez superados los efectos de la pandemia del COVID-19, se corre el riesgo de la generalización de formas de sub-industria, subcontrataciones y falsos autónomos, que desplazará en los próximos cinco años al 47% de los trabajadores turísticos, el 15% de los empleados del comercio detallista, el transporte, la educación, la construcción, las manufacturas y la salud y asistencia social. El Report del WEF concluye, los ciudadanos europeos perciben la quiebra de la base material de su forma de vida y, también, el desinterés de los dirigentes.

Reflexiones en torno al Capital intelectual y las relaciones de producción 

Los avances, parciales y localizados, de la participación de los trabajadores en el diseño y control de su propio desempeño, aunque parciales y jerarquizados, han trasformado la institución empresarial. Las prácticas de la calidad total, los grupos de trabajo autogestionados y, sobre todo, la distribución y organización del trabajo por actividades que trascienden el orden funcional, han fomentado nuevas segmentaciones del trabajo, y de los perfiles profesionales de las personas que lo desempeñan, priorizando las políticas de motivación de los roles técnicos y dando una nueva dimensión a las habilidades gerenciales para la combinación de expertismo y saber. El propósito que se busca en la economía del conocimiento es la construcción de competencias para las actividades industriales. El aprendizaje profesional para mejorar la manera de hacer las cosas sirve para alinear las capacidades de las empresas con las estrategias de competitividad, ajustando la movilización de recursos a los mercados concretos para cubrir oportunidades. Crea conocimiento idiosincrásico en forma de know-how, no replicable por la competencia, para generar rentas de monopolio [iv].

El monopolio tecnológico es sumamente volátil, pues depende del carácter dual del aprendizaje, que crea el capital intelectual, compuesto éste último por el aprendizaje que mejora el capital humano de los trabajadores, y por los procedimientos de análisis y resolución de problemas, asociados a la producción y la calidad. Colectivamente, los trabajadores persiguen logros de eficiencia y eficacia productiva, que se convierten en tecnologías para la empresa. Bienes comunes del conocimiento, que la relación salarial de producción estipula sea apropiada por los accionistas, pues su valor se acumula en el patrimonio neto de la empresa. Por lo tanto, el capital intelectual crea una nueva dimensión de las relaciones de producción capitalistas. Implícitamente, comporta un conflicto entre las motivaciones de las personas, que aportan su capital humano y sus capacidades de cooperación, y los accionistas que, por adelantar las necesidades financieras de la producción, se apropian de todo el valor.

El monopolio tecnológico es sumamente volátil, pues depende del carácter dual del aprendizaje, que crea el capital intelectual

Pero, el capital intelectual es, también, resultado de los avances, parciales y localizados, de la participación de los trabajadores en el diseño y control de su propio desempeño, la cual ha trasformado la institución empresarial que, más allá de la cogestión germánica, se ha convertido en una comunidad de aprendizaje, que reclama nuevas formas de democracia económica. Pese a no haber llegado aún, en casi ninguna parte, al corporativismo de la experiencia cogestionaría alemana, la cultura del trabajo asociada a las nuevas segmentaciones del trabajo demanda, para ser socialmente eficaz, nuevas formas de organización democrática que la trascienden. Los nuevos perfiles del desempeño técnico, las políticas de motivación de los roles profesionales y la combinación de habilidades de las personas que allí cooperan componen una colectividad organizada muy compleja. En su ámbito, las capacidades son alineadas con las estrategias de competitividad, utilizando staff técnicos que analizan los mercados concretos y prescriben los recursos a movilizar para cubrir las oportunidades. La empresa, desde esa perspectiva, es una conquista del esfuerzo cooperativo para ampliar el conocimiento humano sobre el entorno físico y la propia sociedad y las necesidades que genera. El enfoque crítico de esta realidad nos desvela un escenario esquizofrénico, reflejo de la sociedad capitalista del cambio de siglo: las relaciones de producción bajo el capital intelectual reclaman del trabajador un tipo de implicación, que trasciende el marco de obligaciones del derecho laboral. 

Emerge un nuevo tipo de alienación del trabajador, que debe compartir la visión de negocio; pero no participa de las ganancias. Se le pide que se involucre en la estrategia de la empresa, como si fuera un socio. Que sea auto responsable y construya capital social, para soporte de las relaciones de cooperación lateral con sus colegas, y facilite la colaboración grupal en aras de la eficiencia, para asimilar el conocimiento práctico creado por la actividad. Todo ello, en interés de la empresa, y creando valor para los accionistas. Además, surgen nuevos riesgos, pues la formalización y simplificación de los procedimientos de trabajo conlleva la facilidad de su conversión en algoritmos, que la IA traduce en robótica. La consecuencia es que, en lugar de aprovechar los avances tecnológicos para la disminución del tiempo y la fatiga del trabajo; ocurre su reverso, el adelgazamiento de los puestos de trabajo hasta su desaparición, a favor de la automatización, y la pérdida de capital humano.

La cultura del trabajo asociada a las nuevas segmentaciones del trabajo demanda, para ser socialmente eficaz, nuevas formas de organización democrática que la trascienden

La Democracia económica y el proyecto de una Democracia participativa

Con la regresión social de la clase obrera industrial se iniciaría el declive del sindicalismo, a no ser que, se consiga, con la creatividad obrera [v], movilizar el capital social y los hábitos de cooperación que las prácticas de aprendizaje organizativo pusieron en marcha y mantener vivos los valores culturales del trabajo en equipo y la auto implicación. La clase obrera, con su complejidad actual, los necesita para sacar conclusiones políticas de su praxis industrial y organizarse, poniendo en pie nuevas formas de democracia económica, alimentadas por una cultura de participación y cooperación en el logro de los fines comunes a todos los que se ganan la vida con un salario. Esa cultura del trabajo se despliega en una serie de procedimientos que formalizan el trabajo en equipo y en una conclusión decisoria, política, que es la que se debe cambiar de acuerdo con los principios de la democracia: cuando los trabajadores se encuentran con problemas en las operaciones habituales, y no los pueden resolver ellos mismos, deben debatirlos en grupo y buscar ayuda de los expertos, si lo creen necesario, para aportar soluciones, debaten en círculos los posibles modificaciones en las formas de trabajar y los proponen al staff técnico para que evalúe costes y beneficios de los cambios, a ser posible en cooperación con ellos. Por último, vienen las decisiones, la política, que es una competencia de la alta dirección, porque supone cambios de alcance en la tecnología o en relación con las estrategias de la empresa, es decir al bien común del ámbito empresarial concreto. Estos son los parámetros que definirán la democracia en el futuro, o no será democracia; será alguna forma de oligarquía tecnológico-financiera, u otras dictaduras menos evolucionadas.

Las relaciones de producción bajo el capital intelectual reclaman del trabajador un tipo de implicación, que trasciende el marco de obligaciones del derecho laboral

Por lo tanto, si queremos que la salida a la presente crisis tecnológica, climática y social, bajo la forma de declive de la democracia representativa fundada sobre la propiedad privada, cómo piedra soporte del edificio social, tenemos que modificar el soporte básico del orden social, gradualmente, evitando que todo el edificio de la civilización se caiga encima nuestro, pero sabiendo cual es el contenido básico que queremos sostenga nuestra convivencia. Hasta los años finales del siglo XX, vivíamos en un mundo escindido entre la economía y la política. La economía, cómo base de la conservación y reproducción de la vida humana, marcaba límites a la política, según los intereses del grupo económico más dinámico y organizado, y la política ponía límites a los intereses del grupo dominante, de acuerdo con el grado de organización de las clases subordinadas. El núcleo organizativo de la producción material de bienes, las empresas capitalistas, se mantenían al margen de los procedimientos democráticos, pero sometidas a los derechos de los ciudadanos, marcados por la esfera política. A partir de los dos últimos decenios del siglo pasado, los avances científicos aplicados a las tecnologías de organización social y las necesidades de la producción han creado una revolución en la propia empresa, que afecta a todo el mundo de creación y reproducción del valor social, que ha convertido el dinero en símbolo universal del valor, cómo soporte del derecho de decisión, y trasciende toda otra consideración de lo humano y las formas de la convivencia. Por lo tanto, la distinción entre economía y política queda hoy obsoleta, igual que la intangibilidad del derecho a la propiedad que está en los orígenes de nuestra civilización industrial. El bien común, Las decisiones sobre el futuro y la propiedad no pueden ser sustraídas al debate político. Derivada de esa máxima democrática, la definición, el análisis y los problemas de los ciudadanos no pueden estar secuestrados al debate público por ningún grupo corporativo, las especialidades existen por la necesidad de los ciudadanos a ser asesorados, los expertos son servidores ilustrados del público, la base de su ejercicio es la extensión y complejidad del saber contemporáneo. Pero el conocimiento experto no le otorga derecho a sustituir la libre expresión ciudadana.

La distinción entre economía y política queda hoy obsoleta, igual que la intangibilidad del derecho a la propiedad que está en los orígenes de nuestra civilización industrial

La Economía se resiste a la Democracia y se degrada la Ciudadanía

Las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, como los comicios en Europa, señalan una deriva populista del voto obrero, sumamente peligrosa para el futuro de la humanidad en su conjunto y para las democracias liberales en concreto. La causa, la pérdida de ciudadanía. Antes, los trabajadores vivían su calidad de ciudadano fuera de la actividad productiva, gracias al salario obtenido de un empleo; a cambio abandonaban la ciudadanía todos los días, el tiempo necesario para someterse a un empleador. Esa identidad ciudadana del trabajador se desmorona cuando pierde el empleo. Hay, por lo tanto, una necesidad imperiosa de reconstruir la clase de los trabajadores, encontrando los componentes de solidaridad comunes para fundamentar una cultura, en la que los diferentes segmentos mayoritarios de las personas que se ganan la vida con un salario se sientan identificadas. El lugar de encuentro de todos esos ciudadanos es la empresa, capitalista, pública o cooperativa, donde se desempeñan todos los días trabajando, creando riqueza social material y conocimiento práctico. Históricamente, los hombres y mujeres trabajadores, portadores del capital humano y artífices de la cooperación productiva, han intentado hacer valer su contribución, apelando al derecho de ciudadanía en el seno de las empresas, con la cogestión y la economía social. Incluso, en diferentes momentos históricos, se han realizado intentos a trascender el capitalismo mediante la autogestión. Muestra de que persiste, en la conciencia de los trabajadores, un interés por democratizar la empresa, como continente de plusvalor y motor del cambio tecnológico, y como lugar donde los ciudadanos adquieren un empleo. Frente al derecho de propiedad del capital, los trabajadores esgrimen su derecho al trabajo; es hora de encontrar un territorio de negociación, basado en la contribución humana más actual, la democracia. 

Los cambios democráticos nunca han sido concesiones del poder liberal capitalista; tras los derechos laborales hay siempre un largo camino de conflicto y negociación

La participación en la gestión y control de las empresas se plantea como medio democrático de los trabajadores asalariados, para liberar el potencial cooperativo del trabajo de los límites que imponen la propiedad capitalista, y la competencia no colaborativa de los usos del capital. Pero los cambios democráticos nunca han sido concesiones del poder liberal capitalista; tras los derechos laborales hay siempre un largo camino de conflicto y negociación. La dinámica democrática implica la construcción de proyectos legislativos, y de presión social por hacerlos realidad práctica, de luchas sindicales y por derechos de ciudadanía, que acaban configurando mayorías políticas. En las sociedades desarrolladas, el poder del cambio social no es mas que una etapa del camino que pasa por la ocupación democrática de las instituciones y la ampliación de sus contenidos sociales y políticos, a lomos de la acción organizada de los ciudadanos. Democratizar la empresa capitalista significa hoy acabar con un reducto del liberalismo pre-democrático; una de sus instituciones económicas más importantes y, como tal, no puede quedar al margen de los procedimientos de gobierno de la sociedad democrática.

 Las personas que en ella desempeñan un trabajo se juegan mucho más que una cantidad de dinero al final de mes. Adquieren el derecho a participar en su gestión, en primer lugar, porque de ella depende su existencia. Pero, hoy en día, el proyecto democrático de cogestión conlleva un programa para el control mayoritario de la dinámica tecnológica, para lo cual es imprescindible atraer a los expertos y profesionales, que tienen un interés directo en la gestión de la tecnología y la innovación. El campo de encuentro entre los trabajadores protegidos por el sindicalismo y los trabajadores del conocimiento no puede consistir en la vuelta al mundo perdido del empleo basado en el oficio. El proyecto común solo puede construirse sobre los criterios de incorporación de la tecnología a la producción, para poder anticiparse a las consecuencias y paliar sus efectos; prever la dotación de reservas para la formación continua de recapacitación, e incluso proyectar los seguros de cobertura para cubrir las pérdidas por obsolescencia inducida del capital humano. Se trata en el fondo de recuperar las ideas de los sindicalistas suecos Gösta Rehn y Rudolf Meidner, de utilizar los beneficios obtenidos de la introducción de tecnologías para aumentar la productividad, como fondos de inversión generadores de empleo y reciclaje de habilidades devaluadas [vi], pero adaptándolas a unas nuevas tecnologías mucho más disruptivas. Para ello, hay que convencer a los trabajadores del conocimiento que no les interesa dejar fuera del progreso póstumo a la mayoría social. Porque entonces el futuro no llegará.


[i] Piketty, Thomas (2014) El capital en el siglo XXI. F.C.E.
[ii] Alonso, Christian, et als, (2020) Will the AI Revolution Cause a Great Divergence? IMF WP/20/184.
[iii] Acemoglu, D. y Johnson, S. (2023) Poder y Progreso. Ed. Deusto.
[iv] Grant, R. M (1998): Resource Capabilities and the Knowledge-based View: Assessment and Prospects; Ponencia al VIII Congreso de ACEDE, Las Palmas de Gran Canaria.
[v] Cómo hicieron los sindicatos durante el fordismo, aprovechar la disciplina y el orden de la cadena para interactuar con los trabajadores y fortalecer la sindicación.
[vi] Erixon, Lennart (2010) The Renh-Meidner Model in Sweden. Its Rise, Challenges and Survival. Journal of Economic Issues / Association for Evolutionary Economics. September. Stockholm

Democracia económica, un concepto aún por definir