lunes. 04.03.2024
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Manifestación de Vox en Ferraz (Madrid 2023).

Hace un tiempo, en épocas más tranquilas, se puso de moda en algunos sectores teorizar acerca de una supuesta tercera España que sufría las inclemencias causadas por las otras dos. La idea no carecía de atractivo, y tuvo sus adeptos, y confieso que me hizo reflexionar durante cierto tiempo, hasta que me di cuenta de que no era otra cosa que una falacia bienintencionada. Porque los atributos de esa tercera España, el no tomar partido, el querer seguir cada cual con su vida sin verse arrastrado por las pasiones, no son en realidad más que el disfraz de un deseo, disfrazado de estabilidad, de que nada cambie. Y querer que todo siga igual es tomar partido por quienes defienden que todo siga igual, es decir, por una de las dos Españas.

Nos engañamos bastante a menudo con esas falacias. Mitificamos una transición política que sin duda alguna salió muy bien, la defiendo expresamente, pero en la que aceptábamos como demócratas a ministros de una dictadura que habían formado parte de Gobiernos que aprobaban penas de muerte contra sus opositores. Una transición en la que las amnistías no eximían de culpa a violadores de una ley nacional, sino de la declaración universal de los derechos humanos. Salió bien, pero porque quisimos que saliera bien, no porque se aceptaran cosas bonitas.

Querer no pisar charcos para no mojarse los bajos de los pantalones es en realidad revolcarse en el barro con los ojos cerrados, creyendo que no ver nos mantiene limpios

Hoy, la terca realidad nos vuelve a situar ante disyuntivas que no dejan espacio. Tenemos que elegir si es lo mismo aceptar en el juego a partidos que están llamando expresamente a la violencia que a partidos que han renunciado expresamente a ella. Y yo no acepto que sea lo mismo pedir colgar por los pies a un presidente legítimo de un Gobierno democrático que condenar por escrito el terrorismo al día siguiente de un asesinato, como hizo el futuro alcalde de Pamplona en 1998, cuando eso te podía costar la vida.

Hoy, como ayer, hay que hacer cosas que no son bonitas, pero son necesarias, y refugiarse en las posiciones de principio, desear que nuestras decisiones no tengan que adoptarse en un mundo difícil sino en uno ideal, es tomar partido sin querer tomarlo.

No hay espacio. Querer no pisar charcos para no mojarse los bajos de los pantalones es en realidad revolcarse en el barro con los ojos cerrados, creyendo que no ver nos mantiene limpios. Y la responsabilidad para con nosotros mismos, para con los que nos rodean, para con los que nos sucedan, nos exige pisar incluso aquellos charcos cuya profundidad nos inspira dudas. Nuestros mayores, a los que tanta admiración profesan falsamente algunos, lo hicieron con éxito. Incluso aunque no quieran acordarse.

Y es preciso acordarse. Es preciso acordarse de que no hay espacio ni refugio en casa cuando haya que votar, en Galicia y en el Parlamento Europeo, en las elecciones quizá más importantes de su historia. No hay tercera vía.

Sin espacio