martes. 21.05.2024

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Votaré el 12 de mayo a Salvador Illa porque es aburrido, como él mismo se ha definido en más de una ocasión. Porque merecemos una pausa tras la década tan “divertida”, por no decir temeraria, que hemos vivido en Catalunya. Llevamos demasiado tiempo agitados y apasionados para no ir finalmente a ninguna parte. Necesitamos un periodo aburrido, más templado y competente, con la calma necesaria para ser gobernados con responsabilidad y sentido común, una nueva etapa que permita afrontar en serio los grandes retos que nos exige el futuro, empezando por corregir tantos déficits que arrastramos del pasado.

Precisamos una política aburrida que baje los niveles de excitación e inspiración con la que hemos sido gobernados en esta última década durante la cual se ha producido la sobrecarga de que cada mes nos lo anunciaban como una jornada “histórica”, y cada iniciativa como si fuera única y revolucionaria, generando con ello toneladas de frustración y melancolía social a los que se lo creían.

Necesitamos un periodo aburrido, más templado y competente, con la calma necesaria para ser gobernados con responsabilidad y sentido común

Precisamos abrir una nueva etapa agradablemente aburrida, como la que disfrutan la mayoría de las sociedades maduras cuyos políticos son directos, sencillos, educados, flemáticos, previsibles y un poco aburridos, sí, aburridos, porque no proponen grandes hazañas imposibles, sino tan solo que salga agua del grifo, mejorare la enseñanza, que funcionen los trenes con puntualidad, se reduzcan los índices de pobreza y se mejoren los servicios públicos. Illa, te votaré porque necesitamos políticos que, aunque sean algo desaboridos y vistan traje gris, tengan profesionalidad y nos alejen de fuegos artificiales retóricos, de ingeniosos zascas, fanfarronerías mediáticas y ocurrencias.

Quién haya seguido la comparecencia estos días de Salvador Illa como exministro de Sanidad en las Comisiones del Congreso y el Senado, comprobará, frente a la violencia e intento de manipulación de algunos diputados y senadores, la exhibición de una persona tranquila capaz de gestionar las injurias y los insultos con serenidad e inteligencia. Una virtud, que como ha sugerido Manel Castell en su artículo “Por qué voto a Salvador Illa”, quizás esa tranquilidad, tolerancia y serenidad, lo acredita como el filósofo que es.

Es la hora de políticos con sentido común frente a esas formas histriónicas y “divertidas” tan extendidas en la vida pública

Es la hora de políticos sobrios y “aburridos”, con capacidad para escuchar, que entierren la demagogia y la crispación, que prescindan de propuestas fantasiosas. Es la hora de políticos con sentido común frente a esas formas histriónicas y “divertidas” tan extendidas en la vida pública hoy, no solo en Catalunya, España o Europa, y que están consiguiendo desestabilizar el mundo y la convivencia.

Precisamos una política tan “aburrida” (aunque tan decisiva para nuestras vidas, la individual y colectiva) como puede ser la discusión de los presupuestos, o las necesarias reformas que se están demandando desde casi todos los sectores, como la educación, la gestión de residuos, el agua, las transiciones digital, tecnológica y medioambiental. Precisamos unos políticos que aborden tediosos debates legislativos desde el rigor de las propuestas y con alternativas en las que se midan las consecuencias a corto o a medio plazo. 

Quizás un gobierno progresista y plural, que rompa las divisiones de bloques identitarios, presidido por Illa será menos divertido de los que hemos vivido durante estos últimos años, pero sin duda, con sus políticas más progresistas, será un gobierno mucho más efectivo y beneficioso para la gran mayoría de la sociedad catalana y en especial para los sectores más necesitados.

Illa, el político aburrido