miércoles. 29.05.2024
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La ciudadanía catalana ha cumplido y cada quien ha votado libremente, con la papeleta del partido que ha considerado conveniente, o no ha votado, por la razón que haya sido. La participación (57,9%) es mayor que en la convocatoria anterior de 2021 (51,3%), pero significativamente más baja que las de 2017 (79,1%), 2015 (74,9%) o 2012 (67,8%). La abstención ha afectado esta vez muy especialmente a los territorios en los que predomina el voto independentista, mientras que en el resto la participación subió.

La diversidad política y de identidades nacionales y la desigualdad de expectativas y condiciones de vida se plasman en Catalunya en un heterogéneo escenario de representación parlamentaria en el que van a actuar 8 actores políticos. El resultado electoral no es un mensaje, siempre encierra múltiples avisos y demandas. Ahora toca a los partidos políticos conjugarlos y dar una forma política inteligible a la disparidad de pretensiones e ilusiones que contienen. Gobernabilidad o bloqueo es la primera disyuntiva a resolver. Ambas opciones dependen esencialmente de la decisión de 3 fuerzas políticas (PSC, Junts y ERC) y admiten múltiples salidas, pero vayamos por partes o por partidos. Con un voto escrutado del 99,5%, el resultado electoral sólo puede cambiar muy marginalmente.

El PSC, como partido más votado, reafirma su estrategia política de reencuentro e inicio de un nuevo tiempo en Catalunya

El PSC confirma la posición de partido más votado (42 escaños y 28,0% de los votos) y reafirma su estrategia política de reencuentro e inicio de un nuevo tiempo en la política catalana que no someta a más tensiones o crispaciones evitables a las instituciones y a la ciudadanía, ni en Cataluña ni en el resto de España. 

Junts se consolida como primera fuerza independentista (35 y 21,6%), pero los 3 escaños que gana no compensan el hundimiento que experimentan ERC y CUP, que pierden entre ambos 18 escaños. El avance de Junts queda empañado por las mínimas posibilidades de que Puigdemont acceda a la presidencia de la Generalitat.

ERC (20 y 13,7%) recibe un duro castigo electoral, pierde su liderazgo en el campo independentista a manos de Junts y afronta una muy complicada decisión política que, sea la que sea, despertará malestar y recelos en sus filas y entre sus votantes.

El PP (15 y 11,0%) consigue sus objetivos de escalar hasta la cuarta posición y situarse por delante de Vox (11 y 8,0%). El notable ascenso electoral del PP le proporciona cierto respiro a Feijóo, pero tras engullir a un Cs residual, la derecha españolista sigue en los márgenes de la política catalana y sin capacidad para erosionar a Vox ni desprenderse del lastre que supone su alianza estatal con la extrema derecha.

Comuns Sumar y CUP salen debilitados electoral y políticamente, pero mientras Comuns (6 y 5,8%) puede ofrecer lo que le falta a una hipotética coalición gubernamental progresista entre el PSC y ERC, la CUP (4 y 4,1%) no añade apenas nada al campo independentista ni es creíble como alternativa al liderazgo de Junts. ¿Tendrán capacidad Comuns y CUP para repensar sus respectivos papeles y actuaciones en la política catalana y reinventarse?

Aliança Catalana (2 y 3,8%) entra en el Parlament y nos previene del sigilo con el que los sueños de la razón nacionalista producen monstruos capaces de combinar extremistas versiones independentistas con el racismo y la xenofobia que caracterizan a las extremas derechas supremacistas.

Ciudadanos y Podem quedan fuera. Cs finaliza aquí su vertiginoso recorrido desde la cúspide a la nada. ¡Vayan con Dios! Podem, con su voluntaria ausencia para que el espejo electoral no reflejara su baja talla política actual, dio un paso más hacia el testimonialismo y el ensimismamiento en lo que fue. Ojalá tenga suerte en su obligada renovación, cuando mida con exactitud en las próximas elecciones europeas de junio hasta dónde llega su pérdida de estatura.

Los pactos postelectorales y la disyuntiva entre gobernabilidad y bloqueo

Feijóo ya recibió y nos proporcionó una primera e importante lección sobre la diferencia entre conseguir más escaños parlamentarios que ningún otro partido y ganar las elecciones, que requiere de la capacidad de construir un pacto postelectoral que permita sumar una mayoría absoluta (en primera votación) o una mayoría simple (en segunda votación) de votos parlamentarios a favor de la investidura del aspirante a la presidencia del Gobierno. Las elecciones catalanas nos van a dar una segunda lección de las dificultades que encierra el arte de transmutar votos y escaños en mayoría de investidura. La alternativa, repetir elecciones, sería un desastre.

Tras la mecánica trasformación de votos en escaños, que viene determinada por el sistema electoral, queda la tarea política más complicada: trasformar la división de los escaños en mayoría parlamentaria de investidura y coalición gubernamental. De eso va ganar las elecciones. 

Por campos políticos, el voto independentista de Junts, ERC y CUP suma 59 escaños y un 39,4% de los votos, muy lejos de la mayoría absoluta (68 escaños), aunque en segunda votación de la sesión de investidura, si consiguiera la muy improbable abstención del PSC, podría alcanzar la mayoría simple también ganadora. En el campo progresista, la alianza entre PSC, ERC y Comuns sumaría exactamente esa mayoría absoluta de 68 escaños (con un 47,4% de los votos), pero no parece fácil que ERC acepte formar parte de esa coalición ni que Junts permanezca de brazos cruzados en Madrid sin intentar tumbarla.

La suma de escaños es factible, pero el problema no es contable

La suma de escaños es factible, pero el problema no es contable. Una parte significativa de ERC y sus votantes no quiere apoyar a Illa como president de la Generalitat. El principal aliciente para que ERC diera ese paso sería el de desembarazar a la política catalana de Puigdemont, pero le dejaría todo el terreno libre a Junts para liderar el independentismo y la oposición al Gobierno tripartito. El otro aliciente, que la alternativa de unas nuevas elecciones podría implicar un mayor desgaste político y electoral. El debate en ERC va a ser duro.

Algo parecido cabe pensar de lo que ocurrirá con la presión que va a ejercer Junts para conseguir que el PSOE ceda la presidencia de la Generalitat a Puigdemont, a cambio de evitar la convocatoria de nuevas elecciones en Cataluña y garantizar cierta estabilidad en su apoyo al Gobierno de España o, al menos, la aprobación de los próximos Presupuestos Generales del Estado. No parece que sea un sapo que se pueda tragar Sánchez. Así las cosas, la única salida posible sería una indeseable repetición de las elecciones que sólo convendría al PP y a Vox y a sus planes de mantener la presión desestabilizadora contra Sánchez y el Gobierno de España.

Estamos en un verdadero laberinto político. Se echa de menos la concepción de la política como un arte capaz de trenzar diferentes voluntades y fuerzas competidoras a favor de la convivencia democrática frente a los que la entienden como una guerra en la que todo destrozo vale si contribuye a destruir al contrincante y alcanzar el Gobierno. Con la página catalana abierta, la confrontación se extiende a partir de ahora a las próximas elecciones europeas del 9 de junio, que más que nunca se convertirán desgraciadamente en un nuevo escenario de la pelea política doméstica.

El laberinto catalán y el arte de la política