sábado. 24.02.2024
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Cuando escribo estas líneas, no sé qué pasará en Madrid y Valladolid, cuál será el resultado de las anunciadas tractoradas. Si sé lo que querrían que pasara los representantes de la oposición política, y los integrantes de un pseudosindicato que aparece en todas las protestas con entusiasmo digno de un juez.

Las quejas que han venido desarrollándose durante esta semana se diferencian en muchas cosas del tipo de conflicto colectivo al que la vida nos tiene acostumbrados. Han nacido como una propuesta de negociación sin interlocutores, porque lo que reclaman es de tal amplitud que tendrían que sentarse en muchas mesas para obtener respuesta a sus demandas. Una parte de ellas es competencia de las comunidades autónomas, otra del Estado y la mayoría de la Unión Europea, que está siendo puesta en cuestión de manera un poco indiscriminada, salvo que alguien a quien no vemos tenga mucha conciencia de que hay elecciones europeas en junio. Del mismo modo, a diferencia de lo habitual, no puede verse a nadie que niegue la razón a los que protestan, de hecho las distintas administraciones han reaccionado con cesiones, concesiones y subvenciones que representan un reconocimiento implícito de una situación mala.

El problema es saber adónde va y de dónde viene un conflicto planteado como una causa general. El problema es saber de dónde viene porque de otra manera no será posible solucionarlo. Y no viene de esa Europa a la que ahora se ataca por sus políticas ambientales, porque sin la política agraria común el campo habría muerto de inanición hace muchos años. No viene, como algunos están planteando, de los consumidores de la gran ciudad, que pagan a millón los productos que el campo vende a céntimo, sino de la cadena de beneficios que nos separa a ambos. Los primeros y los últimos de la cadena perdemos, y todos los demás ganan. Eso es lo que hay que reformar, y no tiene que ver ni con la ecología ni con la política exterior. Esto no es una guerra cultural de nuevo cuño, esto es la explotación de toda la vida.

El problema es saber adónde va porque no puede haber una protesta con resultados si se plantea sin objetivos. Y los objetivos tienen que ser reales. Y eso, por más prestigio que tengan en estos tiempos las manifestaciones convocadas por WhatsApp, no se consigue más que con una propuesta organizada. Seguramente si mañana convoco a mis contactos a una manifestación para protestar de que todo está mal acudirán todos, pero nos volveremos a casa de vacío, con el único riesgo de que alguien nos rompa la cabeza o de rompérsela a alguien. O de que alguien que pasa por allí nos utilice para sus fines. A pesar del refrán popular, la única manera de abordar esto es poner puertas a este campo.

Puertas al campo