martes. 16.04.2024

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Cuando pensamos en un suicidio, solemos hacerlo como si fuera el desenlace de un arrebato y durase un instante, al margen del procedimiento empleado. Si alguien se tira desde un balcón, se corta las venas o ingiere un significativo número de pastillas, en principio se trata de algo fulminante. Los anuncios de suicidio suelen hacerse por reclamar atención. Lo malo es que a veces las tentativas frustradas quedan coronadas por una exitosa, tras haber desestimado que la cosa fuera en serio. 

Ciertamente, siempre hay que distinguir el suicidio fruto de la desesperación y del no saber gestionar ciertas circunstancias adversas, para no confundirlo con ese otro muy meditado que decide poner término a unas condiciones irreversibles e insufribles o sencillamente a una larga vida satisfactoria en pleno declive. Frente al primero habría que reaccionar con diligencia y poner los medios para evitarlo, porque se trata de vidas que sigue mereciendo la pena vivir. El segundo se llama eutanasia y precisa de una comprensión que allane los obstáculos e impedimentos.

Es una dinámica muy lenta que pasa inadvertida y resulta muy frustrante reconocer la impotencia para contribuir a paliar sus estragos 

Pero habría un cuarto tipo de suicida, que sería el de baja intensidad. Personas descontentas que van perdiendo paulatinamente sus motivaciones para vivir y que ni siquiera se sienten deprimidas o enajenadas. Llevan vidas aparentemente normales, cumplen más o menos con sus obligaciones laborales y se relacionan con sus allegados, a quienes dan muestras de afecto si se presenta la ocasión para ello. Sin embargo, deciden descuidarse sin advertirlo tal siquiera, consolidando un cultivo sistemático de hábitos malsanos que van socavando su salud. 

Al principio el deterioro es prácticamente imperceptible. Luego van apareciendo manifestaciones del mundo cada vez más intensas y frecuentes. El problema es cómo intervenir para hacer cobrar conciencia del proceso, porque puede resultar mucho más complicado de lo que parece. Las costumbres van modificando nuestras actitudes y afectan finalmente a nuestras aptitudes hasta suplantar nuestra personalidad originaria. Es una dinámica muy lenta que pasa inadvertida y resulta muy frustrante reconocer la impotencia para contribuir a paliar sus estragos. 

La eutanasia y la muerte asistida tienen pleno sentido en determinadas circunstancias. El suicidio activado con exitoso frenesí es inevitable por definición. Pero deberíamos prestar mayor atención al suicidio que acontece a cámara lenta y que va produciéndose tan sigilosa como subrepticiamente, bajo el disfraz de una normalidad peculiar que reivindica su derecho a a ser diferente y cultivar hábitos nada saludables como protesta contra el mundo.

Suicidios a cámara lenta en las antípodas de la eutanasia