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martes. 04.10.2022
alberto casero PP
Alberto Casero en un acto del PP.
 

Literalmente, tenemos una ley del trabajo renovada por una cabeza, dicho de modo preciso por una cabeza de chorlito incapaz de repetir la conducta de los animalitos que se autodispensan la comida en las macrogranjas, apretando con sus hociquillos el botón del color adecuado para que la maquina dispensadora expela soja, salvado o agua. Pero así es, la legislación con mayor impacto cuantitativo y cualitativo en la ciudadanía va a salir adelante sin querer, de rebote, por una cabeza, por esa cabeza ¡tiene huevos la cosa!

Las caras de estupefacción y de estupidez alterna y consecutiva en los miembros de una y otra parte de la cámara demuestran a la claras que están más dispuestos a encajar emociones que a doblegar contratiempos, que están más preparados para jugar al póker que para enfrentar problemas que afectan a nuestra sociedad. El gobierno ha tenido una templanza enorme para practicar el juego del gallina, ése en el que dos taraos corren con sus coches hacia el precipicio y pierde quien salta el primero de su asiento, siendo así que en muchas ocasiones hay que llevar el trofeo de ganador al mortuorio de la comarca. ¡Cuánta excitación! debían pensar, ¡cómo mola esto del poder, me estoy poniendo cachondo, éstos van de farol, lo tengo claro, soy mano así es que a mamar! 

Y en lugar de poner en marcha un instrumento de negociación que recoja todas las aspiraciones e iniciativas que contiene este país, incluso y sobre todo aquellas que responden a su plural composición territorial, optan por esconder la jugada, ponerse gafas oscuras para no ser detectada cierta ansiedad en la mirada, y piden crédito para aumentar la apuesta a la banca, formada por la CEOE, los sindicatos y la propia banca ¡Bonita manera de entrar en los problemas de base que afronta la sociedad española y bonita forma de abordar los desequilibrios históricos que lastran nuestro desarrollo!  

Y los socios del gobierno también tienen lo suyo, con tal de aguantar un segundo más la loca carrera al precipicio han estado a punto de estrellarnos a todos, pero sobre todo al proyecto pendiente de armonización de las relaciones entre los territorios, generando una base de riqueza social común sobre la que construir las diferencias identitarias ¡Muy bien chavales, y eso que en Portugal ya os habían dejado un dato! 

Pues vienen curvas, porque si la aprobación de una norma que regula las relaciones laborales nos ha llevado a esto, si aprobar una modificación de los compromisos entre sujetos inmersos en una actividad dominada por las fuerzas del mercado (demanda, oferta, disposición de capital, nivel tecnológico y capacidad gerencial), qué va a suceder cuando haya que tocar legislación con altos componentes de valor simbólico en torno a la preponderancia de lo local o lo colectivo, lo nacional o lo federal. ¿Hasta dónde va a llegar el ruido de las bofetadas por retener o transferir competencias? Y no quiero expresar la última de mis reservas, pero que habrá que hacerlo un día u otro, ¿qué es soberanía en un contexto federalizante y dónde reposa?

Lo de la reforma laboral aguanta una victoria pírrica, por una cabeza, pero lo otro no, lo otro requiere confianza, respeto, convicción, voluntad y, quizás como dice Yolanda Díaz, cariño y amor ¡Qué no falte! porque nada va a sobrar para ese empeño que es el definitivo. Si no es así, si el entendimiento depende del cálculo, habría que tirar la toalla, asumir el dolor nostálgico de lo que pudo ser y no fue, habrá que decirlo como Carlos Gardel:

Por una cabeza/ Si ella me olvida/ Qué importa perderme/ Mil veces la vida/ Para qué vivir

Para qué vivir, políticamente hablando, si todo puede depender de una cabeza.

Por una cabeza