lunes. 22.04.2024
La líder de Sumar, Yolanda Díaz, junto a los ministros Pablo Bustinduy y Sira Rego
Yolanda Díaz, junto a Pablo Bustinduy y Sira Rego

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Toda organización social se plantea, tarde o temprano, las preguntas existenciales de ¿por qué existo? y ¿para qué existo? La primera es fácil de responder; la segunda exige una visión de futuro, un proyecto de país según Yolanda Díaz. Si no se tiene, la organización camina dando tumbos, al compás de la coyuntura. No es raro que, pasado un tiempo, ni siquiera seamos capaces de responder a la primera. Por ejemplo, Podemos sabía que su existencia era fruto de 15M, pero su desarrollo institucional hizo que lo olvidara. La razón es que nunca supo responder a la segunda, salvo con definiciones para salir del paso: nueva socialdemocracia, la (verdadera) izquierda que no se vende, incómoda a los poderes fácticos, etc. Han resultado tan auténticos que votan con la ultraderecha y la derecha extrema contra un decreto que, pese a sus limitaciones, suponía una mejora para la gente que ahora tendrá que esperar. ¿Y Sumar? Aparte de ser la consecuencia inesperada del dedazo de Iglesias, en el comportamiento posterior de la ministra de Trabajo está implícita la respuesta: superar las limitaciones e ineficiencias de Podemos. Por eso SUMAR no va de partidos, ni de siglas, va de un proyecto de país para la próxima década. El por qué y el para qué respondido en una frase. Por fin, tras un largo proceso de escucha en el que han participado numerosos colectivos e intelectuales de talla, tenemos un esbozo de proyecto de país en forma de Ponencia Política. Veamos.

SUMAR es hoy el mejor instrumento que tenemos para desarrollar el espacio de la izquierda alternativa

Pero antes, una precisión: hablar de proyecto de país exige precisar cuál sería su sistema socioeconómico. Por ejemplo, para los constituyentes del 78 el proyecto de país era una democracia liberal, el Estado Social y Democrático de Derecho, y el sistema económico capitalista de libre competencia y mercado. Y en esas estamos. Por tanto, hablar de proyecto de país exige precisar qué modelo de sistema socioeconómico se propone a la ciudadanía. Las opciones no son muchas: 1Potenciar el modelo actual, desarrollándolo mediante la eliminación de las trabas intervencionistas y regulatorias del Estado (ultraliberalismo). 2Reformar solo lo imprescindible para eliminar, o al menos atenuar, sus efectos indeseables, fundamentalmente la desigualdad con sus múltiples secuelas y manifestaciones, así como su devastador efecto sobre el medioambiente (reformismo liberal). 3Implementar reformas adaptativas que mejoren el modelo, eliminando externalidades negativas, mejorando el tejido productivo, y desarrollando su dimensión social (socialdemocracia avanzada)4Iniciar un proceso gradualista de transformación hasta alumbrar un nuevo sistema socioeconómico que potencie los aspectos funcionales positivos del viejo y contenga nuevas capacidades democráticas, productivas y sociales (emergencia) que permita un desarrollo basado en la concurrencia colaborativa, sostenible, justo, distributivo e igualitario (izquierda alternativa). Por supuesto, en cualquiera de estas salidas (bifurcaciones) pueden darse numerosas variantes en función de las posibilidades abiertas y las distintas probabilidades de éxito que encierran. Desde la izquierda, la opción es entre el modelo socialdemócrata, más o menos radical, o una izquierda alternativa que proponga la transformación del capitalismo, abriendo un debate de cómo conseguirlo.

El estrecho marco errejonista de la ponencia política

La Ponencia Política (Documento Marco) que Iñigo Errejón y Marta Lois presentan a la Asamblea fundacional de SUMAR se divide en tres apartados: RAÍCES (de dónde venimos), SENTIDO (defender la democracia), y ALAS (nuestras tareas). Está bien plantearse de dónde venimos para plantearse dónde se quiere ir. No debería haber mucho problema en ponerse de acuerdo sobre el origen de Sumar, que es tanto como decir el origen de Podemos y el 15M. Un origen que no puede separarse de la cultura política que ha caracterizado, y en muchos casos condicionado, la actividad de la izquierda alternativa. El carácter distintivo del 15 M es la concurrencia de distintas corrientes políticas y movimientos sociales, en un flujo común caracterizado por el rechazo frontal al llamado régimen del 78. Este flujo expresaba el malestar provocado por la crisis de 2008, y a las respuestas de los partidos del sistema. Tenía más de rechazo que de propuesta alternativa. Sin embargo, cuando el movimiento cristaliza en una alternativa política que se presenta a las elecciones, la definición de objetivos coagula las distintas preferencias políticas y va disolviendo el común interés. En mi artículo Sumar ante el espejo de Podemos analizo algunas de las causas de un proceso reiteradamente repetido en el seno de la izquierda alternativa cuando se pasa de la protesta a la propuesta. Ante el grito entusiasta de si se puede cabe hoy preguntarse qué es lo que se podía. Si era la posibilidad de llevar el espíritu del 15M a las instituciones se pudo. Una vez logrado, se inició un vertiginoso proceso menguante, cuyo desenlace todos conocemos. 

Por eso, tratar de sintetizar lo que supone un proyecto de país con frases como mejorar la vida de la gente no sirve de mucho. Es lo que quieren todos. Nadie sale a la palestra a proclamar que lo que busca es empeorar la vida de la gente, aunque sea el resultado de sus políticas. De ahí que la cuestión sea el cómo podemos mejorar la vida de la gente. Y aquí surge una nueva bifurcación entre los que quieren conseguirlo reformando el capitalismo para mejorar su eficiencia y eficacia en la producción y distribución de la riqueza, sin cuestionarse la idoneidad del propio sistema para alcanzar de una manera consistente e irreversible dichos objetivos; y entre quienes, sin renunciar  a las reformas que mejoran la vida de la gente (incremento de las pensiones, subida del salario mínimo, universalización el Ingreso Mínimo Vital, reducción de la jornada laboral, accesibilidad a la vivienda y un largo etc.) se proponen lograr estos objetivos transformando el diseño del sistema socioeconómico capitalista [1] y sus leyes de hierro de la optimización del beneficio [2]. Lamentablemente, de la Ponencia Política solo cae deducir que opta por el reformismo socialdemócrata... amablemente radical.

Para comprobarlo, empecemos por el Título 2. De dónde venimos. RAÍCES. Lo primero que salta a la vista, es la recuperación de algunas tesis del errejonismo laclaudiano, como la transversalidad, un término polisémico que evita definir a SUMAR como un movimiento de izquierdas. La Ponencia lo justifica en que el margen de maniobra de SUMAR es “pequeño” en medio de una “ofensiva reaccionaria” nacional e internacional. En realidad, la famosa transversalidad es un trampantojo que sirve de comodín para no definirse. Olvida que las relaciones humanas son transversales, salvo en las sectas cerradas, ya que la heterogeneidad de los sistemas complejos sociales y sus dinámicas obligan a ellaY lo normal es que se refleje en la actividad política y los movimientos sociales. Convertirla en seña de identidad es peligroso para una organización política de la izquierda alternativa. Unir en un todo (pueblo) la variada y dividida ciudadanía solo es posible ante la defensa de ideales supremos. No es de extrañar que tras su fracaso teórico-práctico en la izquierda haya terminado anidando en la ultraderecha, con el argentino Javier Milei como un claro ejemplo [3].

No mejora la cosa cuando los ponentes señalan entre “las tareas fundamentales todavía pendientes" tras el surgimiento del “primer Podemos” -capaz de interpretar un nuevo “sentido común” y dirigirse a una “nueva mayoría transversal” pero incapaz de “lidiar con las complejidades del sistema político y con la diferencia entre una crisis de régimen y una de Estado- se encuentra la necesidad de un nuevo “momento popular y democrático.” El problema es que un momento popular y democrático no se genera desde las organizaciones, sino que emerge espontáneamente por acumulación de malestar. Se trata de momentos donde las masas en la calle oponen su propio orden del día a la agenda de los aparatos gubernamentales, lo que cambia el espacio de posibilidades políticas [4]. Y, dado que esos momentos son de naturaleza efímera, se propone dotarlos de “institucionalidad y formas de participación amables, republicanas, democráticas y compatibles con una política empeñada en hacer mejor la vida.” Una idea correcta desnaturalizada por el ropaje retórico. ¿No habría sido mejor plantearse su institucionalización como democracia participativa, deliberativa y directa, en la perspectiva estratégica de ensanchar la democracia liberal (Democracia Ampliada), dentro del proceso de transformacióndel sistema socioeconómico capitalista? 

En el Artículo 3, Defender la Democracia. SENTIDO, se califica la democracia (que se considera en peligro) como el principio rector de todas las garantías y todos los progresos, en una simplificación poco acorde con su complejidad. Esta caracterización no tendría mayor problema si no fuera porque circunscribe el discurso al marco liberal, sin tener en cuenta su carácter procedimental, de espacio reglado de configuración y legitimación de las relaciones distribuidas de poder del sistema socioeconómico. A la vez, es un mecanismo relacional de resolución de conflictos, expresado a lo largo de la historia en la lucha por el sufragio universal, por el control de los representantes (derecho de revocación), por la participación legislativa (iniciativas populares), etc. que expresan sus crisis de legitimidad. Para el sociólogo alemán Rafl Dahrendorf el mayor problema de la democracia no es tanto su capacidad para satisfacer las demandas ciudadanas y solucionar los problemas de las crisis económicas, sanitarias y climáticas, sino reflejar adecuadamente la voluntad popular a la hora de legislar y gobernar [5]. Y solo podrá resolverse mediante una nueva relación entre el Estado y la sociedad civil que permita a la ciudadanía el ejercicio permanente de su soberanía. Básicamente, como he dicho, mediante formas institucionalizadas de democracia participativa, deliberativa y directa, cuya actividad debe estar entrelazada (la acción de uno afecta a la acción del otro) con la representativa.

Uso y abuso del concepto de libertad

Sorprende algunas formas de describir el proceso democratizador. Como la pretensión de democratizar ¡el tiempo y el espacio! Lo curioso es que cuando enumera sus felices consecuencias describe una situación que ya existe: "libertad para trabajar, jugar, beber, comer, leer, educar a los hijos, hacer deporte, cuidar un árbol, decir no, debatir una propuesta, dormir la siesta (...) la libertad deportiva, sexual, intelectual, social, cultural dependen de esa reforma pendiente." El problema es que no todos podemos ejercerlas de la misma forma, con la misma intensidad y profundidad. Pese a los avances socioeconómicos que han permitido ir reduciendo (¡muy lentamente!) la pobreza en el mundo, la desigualdadvacía de contenido real la libertad desnudando la vacuidad del término. Hoy tenemos el mayor nivel de desigualdad y acaparamiento de riqueza desde la I Revolución Industrial, periodo en el que murieron millones de personas por hambrunas. Es cierto que, más adelante mejoran las cosas: “SUMAR asume la defensa de una libertad republicana que asegure las condiciones materiales que hacen posible el ejercicio de la ciudadanía.” Aunque persiste la confusión entre libertad, democratización y ciudadanía. Hablar claro es una exigencia elemental de la pedagogía política, sustentada en la pedagogía de los hechos (obras son amores) que debe caracterizar a la izquierda en su lucha por la hegemonía. Al final se aprovechan de término libertad las corrientes más corrosivas del anarcocapitalismo (¡viva la libertad, carajo!). La palabra democratizar se convierte en el conjuro que todo lo soluciona. La mala utilización de un término estratégico que se refiere a la conquista de soberanía en el espacio público (político, económico, social y cultural) lo vacía de significado y convierte en una expresión más de política lampedusiana.

Aclaremos las cosas. En primer lugar, la libertad es condición de la democracia, no algo que debamos democratizar. Solo se pueden democratizar los espacios campos donde las relaciones de poder y dominio (políticos, económicos, culturales y sociales) impiden -o condicionan- el ejercicio de la libertad. Algo que sabían muy bien sus padres fundadores y más eminentes teóricos, conscientes del peligro que supone por definición la democracia. Es decir, lo que hay que cambiar son las relaciones de dominación en las relaciones humanas (personal, grupal, empresarial). Por ejemplo, democratizando los espacios socioeconómicos donde la democracia todavía está vetada. Salvo que se asuma que no hay más libertad que la acotada al instrumento político de la democracia liberal, lo cual resulta un sorprendente giro en una organización de la izquierda alternativa. 

La libertad no se puede reducir a una cuestión instrumental (aunque lo precise), ni a una cuestión ética (aunque la contenga). Es una cuestión existencial (de ahí las dramáticas consecuencias de su pérdida) en cuanto seres racionales con capacidad de discernir, planificar y decidir su vida y su futuro. Puede decirse que, frente al determinismo biológico, la libertad es lo que nos define a los humanos en cuanto seres bioculturales. Rousseau lo expresó magistralmente: "El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado" (El contrato social. Tecnos, 2007). Eso supone conflictos de intereses que la democratización no elimina, pero encauza. Como señala Isaiah Berlin, "dos libertades pueden entrar en conflicto entre sí, y una libertad puede ser sacrificada para preservar otra, señalando que la concepción positiva de la libertad supone que toda persona debe tener la capacidad de ser dueño de su voluntad y de determinar sus propias acciones, su destino, que pueda tomar el control de su propia vida y realizar sus propósitos; es decir, la libertad de tomar decisiones (...) El sentido positivo de la libertad deriva del deseo por parte de cada individuo de ser su propio amo” [6]. Y que, para Rawls, la tarea básica de cualquier gobierno es la de proteger la igual libertad de sus ciudadanos (primer principio de justicia) [7]. Es algo que la gente vive en carne propia (en el trabajo, el ocio, las relaciones sociales y personales, etc.). No basta con tener (y defender) la libertad, hay que poder ejercerla en todos los ámbitos donde realizamos nuestro proyecto de vida. La cuestión, por tanto, es cómo crear las condiciones materiales y culturales para poder ejercer la libertad frente a las restricciones del sistema socioeconómico capitalista basado en la ley de hierro de la maximización del beneficio privado que genera inexorablemente desigualdad. Y eso exige la transformación gradual del sistema socioeconómico capitalista. Por cierto, el término capitalista que no aparece nunca en la Ponencia Política. Y eso exige ampliar la democracia para transformar el sistema. 

Muchas alas para tan poco vuelo 

Las cuestiones programáticas se abordan en el Título 4: Nuestras Tareas. ALAS. Se trata de un esbozo de lo que deberá abordar Sumar, se supone que en el marco del gobierno de coalición. Estamos ante un conjunto de buenas intenciones sin contenido estratégico. Por ejemplo, en el apartado Democratizar el Estado, tras una análisis correcto del proceso histórico de instauración de la democracia en nuestro país, concluye que  “SUMAR debe ser la fuerza política que responda a los riesgos autoritarios que hoy sacuden Europa, no sólo conservando el orden existente, que implica la subalternidad de las clases trabajadoras y populares (el subrayado es mío), sino impulsando una nueva democratización del Estado español, para hacerlo más parecido al país real, más equilibrado en su correlación de fuerzas y, por tanto, más diverso, más plural, más justo, más ecológico y al servicio de la ciudadanía.” Conciliar la defensa del Estado actual, por tanto, la subalternidad de las clases trabajadoras y populares, con los avances futuros para hacer el Estado más parecido al mundo real no parece muy ambicioso. Y nada alternativo. ¡Ese es el objetivo de centroderecha y la socialdemocracia más liberal! La redacción tal vez sea producto de un equívoco que nace del mismo concepto de democratizar el Estado, una institución jerárquica compuesta por organismos e instituciones con el propósito de proteger, amparar, regular, promover y defender los derechos de los ciudadanos. Su mejor expresión el Estado Social y Democrático de Derecho. En España, el Estado ya está democratizado. Solo cabe mejorarlo y, sobre todo, ampliarlo para que el desarrollo de sus actividades regladas sea más transparente, menos burocrático, más abierto y menos endogámico, así como más eficaz, eficiente, proactivo y productivo. El catálogo de medidas para lograrlo es amplio, como muestra la enumeración de la ponencia. Poco más que añadir, salvo señalar que en el proceso de mejora, fortalecimiento y desarrollo del Estado se enfrenta a la resistencia de aquellos que defienden el statu quo, y tratan de reducir su tamaño y actividad limitándolo a las tareas de vigilancia, seguridad y defensa. La ampliación/fortalecimiento del Estado Social y Democrático de Derecho exige vencer resistencias muy fuertes, como demuestra la historia. El ultraliberalismo económico (es decir, el capitalismo puro y duro) busca la privatización, desregulación y el uso en beneficio propio del Estado, en un proceso de jibarización. Para contrarrestarlo, es necesario implementar, con todas las cautelas necesarias, la autogestión en los campos donde los servicios estatales a la ciudadanía son más esenciales, como la sanidad, educación, servicios públicos y empresas estatales que conforman las redes de contacto del Estado con la sociedad. Es uno de los pilares de un proceso gradualista de transformación.

En cuanto a Democratizar la Economía, la ponencia lo resume en una tarea con, al menos, cinco ramificaciones: desarrollar los derechos laborales de los trabajadores y trabajadoras que dibuje un nuevo paisaje laboral en España reflejado en un nuevo Estatuto del Trabajo del Siglo XXI; democratizar las relaciones laborales, avanzando hacia la regulación del teletrabajo, implementando la justicia en la economía de plataformas, consagrando el derecho a la desconexión etc.; aspirar a una distribución justa de las posibilidades que ofrece la revolución tecnológica de la Inteligencia Artificial y la IV Revolución industrial, regulando los nuevos procesos productivos en favor de las clases medias y de los trabajadores, como la reducción la jornada laboral sin pérdida salarial. Finalmente, se destaca que las innovaciones tecnológicas, y la necesaria transición ecológica, son palancas para construir un nuevo modelo productivo basado en la industrialización verde, el conocimiento y los cuidados, con empleos y estables y bien pagados. Sin duda son objetivos loables, deseables y necesarios, que suscribirían tanto socialdemócratas como liberalprogresistas, incluso los capitalistas más inteligentes. La cuestión es que no estamos ante una propuesta para democratizar la economía, sino para mejorar el sistema productivo capitalista. Eso, sin duda es necesario, pero no democratiza la economía porque la soberanía sigue estando exclusivamente en manos del capital, y los trabajadores continúan en una situación subordinada, neofeudal, incluso agravada por el uso empresarial de las nuevas tecnologías. En la empresa, la soberanía radica en la propiedad, que solo se reconoce al capital. La empresa capitalista es un espacio predemocrático en el mejor de los casos. Sin cogestión que otorgue soberanía a los trabajadores en el espacio productivo no hay democratización que valga [8]. No basta con afirmar que “SUMAR debe liderar la conversación respecto a un nuevo reparto del protagonismo económico entre la empresa privada, el Estado y el tercer sector, acorde a los retos del siglo XXI y a los nuevos vientos económicos”.Lo preocupante es que no se haga ninguna mención en la Ponencia Política al aspecto estratégico de la cogestión [9].

El futuro se construye cambiando (gradualmente) el presente

Vivimos una etapa histórica crítica donde se abren para la izquierda dos campos de posibilidades con distintas probabilidades del éxito: o se abordan con las más o menos inteligentes reformas adaptativas, hoy encarnadas por la mejor socialdemocracia; o se hace desde un planteamiento gradualista de transformación del capitalismo que lleve a su superación, sin que ello suponga un disparatado inútil partir de cero. Es cierto que la actividad política puede mantener durante cierto tiempo el espejismo de estar fuera de esta bifurcación. Pero la propia experiencia de Podemos demuestra que si abandonas el objetivo estratégico de transformar el capitalismo deja de tener sentido tu existencia. Y la tendencia utilitaria del voto hará el resto. La Ponencia Política, al ubicarse en una zona difusa, donde se piensa que se pueden tener mayores éxitos, no define un proyecto de país sino un proyecto de reforma y mejora del país. Es una opción. Pero precisamente la opción de la izquierda alternativa.

Es lógico, por tanto, que en la Ponencia Política brille por su ausencia un análisis, aunque sea somero, de las fuerzas evolutivas que están tensionado el sistema productivo capitalista, y de las presiones adaptativas a las que se enfrenta nuestro sistema socioeconómico, que son las que dibujan el espacio de posibilidades trasformadoras. Fuerzas y presiones que caracterizan la Revolución Digital, a la que solo se menciona de pasada. Sin comprender la reconfiguración que supone el desarrollo científico-técnico basado en la Inteligencia Artificial (y sus imprevisibles propiedades emergentes) en la forma de producir, distribuir y acaparar riqueza, así como de relacionarse social y laboralmente, es imposible plantearse ningún proyecto de país. Mucho menos si no se tiene suficientemente en cuenta el desafío existencial que supone el avance, hasta ahora imparable, del Cambio Climático. Estas fuerzas evolutivas, de una magnitud desconocida hasta ahora,están poniendo en cuestión el actual modelo socioeconómico capitalista, y explican en gran medida el riesgo de confrontación mundial entre los grandes polos geoestratégicos en pugna: Estados Unidos, China-Rusia, el Sur Global (India, Sudáfrica, Brasil, etc.), y una UE desdibujada por su dependencia estratégica de EE.UU. 

Cómo afrontar los desafíos de nuestro tiempo es lo que debe definir una Ponencia Política de la izquierda alternativa con vocación transformadora. No bastan declaraciones bienintencionadas, ni son suficientes propuestas reformistas. Es necesario definir un proyecto de país que, incluyendo propuestas avanzadas de la socialdemocracia y el socialismo de izquierdas (el gobierno de coalición se basa en esa premisa), contemple la gradual transformación del sistema socioeconómico capitalista. Un proceso que: cambie las relaciones distribuidas de poder a favor de la mayoría social trabajadora mediante conquistas estratégicas como la cogestión en el ámbito de la empresa privada y la autogestión en el espacio de la empresa pública (Democracia Económica); institucionalice formas de democracia participativa, deliberativa y directa, al tiempo que se fortalece y ensancha el Estado Social y Democrático de Derecho (Democracia Ampliada); implemente mecanismos reguladores que incrementen la racionalidad de los mercados, junto con la Planificación Democrática Concertada (PEC) de acuerdo con el Artículo 131 de la Constitución, posible gracias a la computación de altas prestaciones, el Big Data, y los algoritmos de Inteligencia Artificial (Racionalidad Económica) [10]; adopte una política medioambiental, con carácter prioritario, bajo la premisa de que la supervivencia de nuestra especie resulta cada vez más incompatible con el diseño fundacional del sistema capitalista, evitando que alcance el punto de no retorno donde el Cambio Climático (oscilaciones dramáticas dentro del mismo clima) engendre un catastrófico Cambio de Clima (Ecologismo Adaptativo) [11] . Finalmente, que el impulse procesos federativos y de cooperación a nivel nacional y de la UE (Concurrencia Colaborativa) [12].

SUMAR es hoy el mejor instrumento que tenemos para desarrollar el espacio de la izquierda alternativa. No tiene mucho sentido que, siendo así, no se plasme adecuadamente, sin subterfugios lingüísticos, la tarea estratégica de transformar el capitalismo. Soy consciente de que, tras el fracaso de los diferentes intentos de construir el socialismo, se ha creado un enorme vacío. Desde que se rompió la brújula marxista-leninista mucha gente valiosa y luchadora anda dando tumbos, desconcertada y sin rumbo, buscando una nueva utopía que no se acaba de vislumbrar. La tentación derrotista del NO HAY ALTERNATIVA esta más que justificada. Pero, felizmente, la historia no se detiene ante los fracasos. Hay que tener el coraje y la inteligencia de concebir y articular un proyecto de país coherente con la transformación gradual del capitalismo, capaz de alumbrar un nuevo sistema socioeconómico más justo e igualitario, de soberanía compartida en todos los campos, capaz de crear riqueza y repartirla según el viejo principio socialista de cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades. Si no lo conseguimos, SUMAR habrá sido un epifenómeno más del viaje de la izquierda alternativa al país de nunca jamás


[1] Las propiedades de un sistema complejo no lineal emergen de su diseño, de cómo están organizados sus elementos y actúan sus fuerzas (débiles, fuertes, de atracción, de repulsión), desde los átomos, a moléculas, proteínas y los humanos.
[2] La responsabilidad social de la empresa es aumentar ingresos. Milton Friedman, artículo publicado en The New York Times Magazine, en 1970. La ofensiva legal del Partido Republicano en EE.UU. contra firmas financieras asociadas al acuerdo Climate Action 100+, y en general contra el llamado capitalismo woke, es un ejemplo esclarecedor.
[3] Ver: Carlos Tuya. La sinrazón populista. El trampantojo político/ideológico de Ernesto Laclau. Amazon, 2016.
[4] Jacques Rancière. La noche de los proletarios. Tinta Limón, 2017.
[5] Rafl Dahrendorf. Después de la democracia. Crítica, 2002.  
[6] Isaiah Berlin. Cuatro ensayos sobre la libertad. Madrid, Alianza, 1993
[7] John Rawls. Teoría de la Justicia. Fondo de Cultura Económica de España, 2022.
[8] Uno de los primeros y más destacados ejemplos es la Ley de Cogestión de 1951 (MitbestG) alemana.
[9] En la Era Digital, la economía del conocimiento crea unas relaciones de producción (Rp) que desbordan las características clásicas del trabajo fordista y su evolución, el toyotismo, y dotan de nueva dimensión a la cogestión, trascendiendo la mera gestión.
[10] Título VII. Economía y Hacienda. Artículo 131 de la Constitución: 1. El Estado, mediante ley, podrá planificar la actividad económica general para atender a las necesidades colectivas, equilibrar y armonizar el desarrollo regional y sectorial y estimular el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución. 2. El Gobierno elaborará los proyectos de planificación, de acuerdo con las previsiones que le sean suministradas por las Comunidades Autónomas y el asesoramiento y colaboración de los sindicatos y otras organizaciones profesionales, empresariales y económicas
[11] El último cambio catastrófico del Clima ocurrió en el periodo Pérmico (hace unos 252 millones de años). Supuso la mayor extinción de la historia: 96% de las especies marinas y el 70% de las terrestres. Entonces lo causó una glaciación que se extendió durante 40 millones de años. Esta vez será será el calentamiento global, en periodo de varias décadas.
[12] Desarrollo estas ideas en mis libros Democracia Ampliada (2014), Conjeturas (2021), y El Voto y el Algoritmo (2022), publicados en Amazon.

Un viaje al país de 'nunca jamás'