El batacazo del PSOE en Extremadura anticipa un serio riesgo en las próximas generales
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La derrota del PSOE en Extremadura no es un tropiezo más ni una anomalía territorial, sino una seria advertencia política de primer orden en una comunidad que durante décadas fue bastión socialista y ahora no es capaz de movilizar a su propia gente.
Miles de electores que durante años sostuvieron al PSOE han optado esta vez por no acudir a las urnas. Es decir, no se han desplazado en bloque hacia el PP ni hacia Vox sino, simplemente, se han quedado en casa como un gesto profundamente político que no expresa una conversión ideológica, sino desafección, cansancio y la sensación de que votar ya no cambia nada sustancial.
Cuando un partido deja de ilusionar, sus votantes no siempre cambian de bando sino, simplemente, dejan de votar
Para un partido que se autodefine como columna vertebral del sistema democrático, ese silencio debería ser motivo de alarma máxima, pues la abstención no es un fenómeno neutro, penaliza siempre a la izquierda, y en este caso tiene un significado añadido al reflejar el agotamiento de una estrategia basada casi exclusivamente en el miedo.
El PSOE ha centrado buena parte de su discurso en advertir del riesgo de un gobierno del PP supeditado a Vox —probabilidad que sin duda existe— pero convertir esta contingencia en el eje central de la movilización de los votantes ha demostrado ser un error. El miedo puede activar a corto plazo, pero no construye lealtades duraderas ni genera ilusión política.
Extremadura ha dejado constancia de que ese mensaje del PSOE no ha movilizado el voto, con el agravante de que ha anestesiado a muchos votantes progresistas que no se han sentido interpelados por una campaña defensiva, repetitiva y carente de horizonte.
Cuando el voto se plantea como un mal menor, acaba percibiéndose como una obligación incómoda y no como una herramienta de cambio. Y ante esa sensación, la abstención aparece como una salida lógica consecuencia de la desmotivación.
Este patrón podría reproducirse en otros territorios materializándose en una desmovilización progresista, un fortalecimiento de Vox, y gobiernos conservadores sustentados por la extrema derecha
Surge así el problema de que, al retirarse una parte del electorado socialista, el escenario que el PSOE decía querer evitar se ha convertido en realidad: el PP gana, pero no gobierna solo y Vox se refuerza convirtiéndose en socio imprescindible.
El resultado de esta ecuación a tres bandas es que la profecía se cumple, pero no por exceso de Vox, sino por las abstenciones del PSOE y la incapacidad del socialismo para ofrecer algo más que advertencias.
Este resultado pone de manifiesto una crisis de proyecto. El PSOE ha fiado demasiado su estrategia a la polarización negativa, descuidando la construcción de un relato propio capaz de responder a los problemas materiales de amplias capas sociales: precariedad, servicios públicos deteriorados, desigualdad territorial, falta de expectativas.
Cuando esas cuestiones no son el centro del discurso, el vínculo entre partido y electorado se debilita, y la consecuencia es obvia.
Concluimos pues que la abstención en Extremadura no ha sido ideológica, sino emocional y fruto del desencanto y expresión de una ruptura entre el PSOE y una parte de su base histórica, crisis que no se repara con apelaciones al miedo, ni con llamadas abstractas a frenar a la derecha, sino con una propuesta clara, coherente y reconocible que promueva la ilusión y vuelva a dar sentido al voto.
El riesgo es evidente, de tal modo que, si el PSOE no corrige el rumbo, este patrón podría reproducirse en otros territorios materializándose en una desmovilización progresista, un fortalecimiento de Vox, y gobiernos conservadores sustentados por la extrema derecha.
En resumen, la estrategia que el PSOE diseñó para evitar ese escenario ha contribuido a que suceda lo que se pretendía evitar, de tal modo que Extremadura se convierte en un aviso anticipado que pone al descubierto un error persistente.
Como consecuencia, el PSOE deberá decidir si quiere seguir apelando al miedo o volver a hablar del futuro que ansían los votantes progresistas, porque cuando un partido deja de ilusionar, sus votantes no siempre cambian de bando sino, simplemente, dejan de votar.