martes. 27.02.2024
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Oficina Siniestra. Pablo San José

Toda afirmación contiene en sí misma su negación. Eso decía el materialismo dialéctico y así lo asumimos muchos, incluso no siendo marxistas. O, dicho de otra manera, lo bueno y lo malo tienen aspectos negativos y positivos, respectivamente. Para eso ya no hace falta definición filosófica alguna. Les pongo un caso que no admite discusión. La marcha de Pablo Casado fue… ¡buena! Porque faltaba pollo para tanto arroz. Pero también es… ¡mala! Porque nos han traído de Galicia a ese señor que, al día siguiente, no se acuerda de lo que dijo el día anterior. ¡Pobre! ¿Estará malito de la enfermedad esa del alemán? Además, y perdónenme, es más triste que un funeral de tercera. Aunque le pongan ese jersey de cuello de cisne, que ya no se lleva ¡Y también sobra arroz! ¡Abondo! Por si fuera poco, y en aplicación de la Ley de Peter, esa señora de la nariz arrugada y cara de estreñida, ha sido promovida, desde un nivel de incompetencia a un nivel de incompetencia absoluta y cada vez sale más en la tele. Por lo que la mía está más tiempo apagada que encendida. Ahí lo tienen, puro materialismo dialéctico, la afirmación dentro de la negación, la contradicción de la que hablaba el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-Tung… Explicado en cuatro líneas, a nivel de Barrio Sésamo y al alcance de cualquiera. Hasta del diputado del PP Alberto Casero. Ese pobre hombre que no distingue el sí del no y que siempre se equivoca. Yo le mandaría unos cuadernos Santillana. Porque esa criatura por no saber decir que no ¡hasta podría acabar en manos de una mafia de trata de blancos! ¡Que para todo hay mercado!

Eso en la política. Que de política y de fútbol y de señoras/señores ¡entendemos todos! Pero lo mismo podríamos decir de otras cosas más serias. Como, por ejemplo, de la Informática o la Administración Pública. O ambas cosas a la vez. Todo lo bueno lleva en sí la semilla del mal, como en aquella peli que nunca fui capaz de ver completa.

Uno ya tiene una edad. ¡La que tengo! ¡Como Uds.! ¡A ver que se han creído! Pero no se crean que soy un carcamal, porque en ese punto cierro el ordenador, me levanto y este artículo se ha acabado. Y sería una lástima, porque hasta aquí me estaba quedando bastante bien. Para lo que son mis artículos.

Como persona de una edad, ¡a Uds. no les importa cuál sea!, no puedo negar el progreso, terrible palabra vinculada a lo mejor del liberalismo. A cuando los liberales se habían propuesto sacarnos de la ciénaga de la historia y no, como ahora, en que lo que pretenden es volver a arrojarnos a ella. Y claro está, me acuerdo de las máquinas de escribir Olivetti de carro ancho, del papel carbón y el papel cebolla… Me acuerdo de cómo los secretarios judiciales certificaban y testimoniaban copiando a mano las actuaciones judiciales, cómo los oficiales de las notarías o los de los Registros públicos levantaban sus actas e inscripciones, manuscritas…

También me acuerdo de aquellas oficinas sucias y polvorientas, donde uno podía coger cualquier enfermedad que no tuviera e incluso agravar las ya padecidas. De aquellas ventanillas angostas y abiertas al nivel del ombligo del usuario para que este tuviera que agachar la cerviz y doblar el espinazo, en señal de sumisión. Oficinas tan bien descritas en “La Oficina Siniestra”, la sección de Pablo en la Codorniz. Aquel señor que no hacía humor político, pero tuvo los inmensos bemoles de publicar la viñeta titulada “Veinticinco años de pa…ciencia” y que no pudo publicar aquella otra de “veinticinco años de…pez”. Y de aquellos empleados representados por José Luis López Vázquez y compañía en “Atraco a las tres” o en los “monos” de Forges. Sin control de horarios, que echaban su partidita en horas de trabajo (ellos) o la compra familiar (ellas) o incluso de vez en cuando se juntaban para ir a ver los toros de la Feria de San Isidro a la Venta de El Batán o hacerse y comerse unas tortillitas de patata en la oficina. Empleados públicos mal comidos y mal pagados. Pero que, como ellos decían: ¡nos engañarán en el sueldo, pero no en el trabajo! Y a los que cabía la enorme soberbia de pensar que su jefe (el alcalde, el Ministro, etc.) no era más que un puñetero interino, cuya buena vida duraba lo que el cargo. A diferencia de ellos, a los que su mala vida les duraba para siempre. Y eso era importante, porque entonces había niveles por debajo de la mala vida.

Aquel “modo productivo” halló su hábitat perfecto en el franquismo, al que como es sabido el cambio, cualquier cambio, de cualquier intensidad, en cualquier materia, producía ictericia y una movilización policial, no fuera a ser que… Pero a medida que las Administraciones Públicas requerían “ingresos”, la inoperancia burocrática se ponía más de manifiesto y resultaba más insostenible. La propia dinámica de hecho imponía cambios en la Oficina administrativa. Se extendían a fines de los sesenta y principios de los setenta los “contratados administrativos”, carentes de cualquier derecho, incluidos los escasos derechos laborales que reconocía, sin pasarse, la Dictadura. Con los que se pretendía sacar el trabajo que no hacían los funcionarios tradicionales, los “de toda la vida”. Y aquellos otros de nuevo signo que creó el propio franquismo. Entre éstos, la pléyade de viudas y huérfanos de “combatientes” en el Ejército franquista, los caballeros mutilados, los recomendados por la Casa Civil y la Casa Militar del Caudillo de España, los recomendados por otras Autoridades e incluso las amantes de los altos cargos del Régimen que, superado el tiempo en que les ponían un pisito, llegó el de conseguirles un trabajito cómodo y bien remunerado, en que no se les quebraran las uñas, con cuyo sueldo ellas mismas pudieran pagarse el pisito. La precarización de las “querindongas”, que se decía. Y la llamada Agrupación Temporal de Destinos civiles, que proporcionaba empleos a los militares franquistas desmovilizados. Mediante una suerte de jubilación sin periodo de carencia y a cualquier edad, con ascenso al rango militar superior y percepción íntegra de pensión vitalicia de clases pasivas compatible con cualquier otra pensión y el trabajo activo. ¡Esa debiera ser la plataforma reivindicativa de trabajadores y pensionistas y no las espantajerías del Gobierno de coalición! Y eso sin CEOE, CCOO, UGT, Pacto de Toledo… Y sin diálogo social que valga. Y tanto… porque la Agrupación se encargaba de proporcionar un empleo civil, (o sea un sueldo, otro), en empleos públicos y, a veces privados, que malamente servían. En muchos casos porque desbordaba sus capacidades personales y en otros porque uno no gana una guerra para dejarse los cuernos trabajando… ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Y también llegaron las mejoras tecnológicas a esa Oficina administrativa, que no son cosa de hoy. Ya el hacha de sílex representó un avance punto dos sobre tener que matar a pedradas y mordiscos a los bisontes. Y así llegó el maravilloso bolígrafo Bic, más tarde mejorado con versiones en punta fina y punta normal, la maravillosa máquina fotocopiadora, en nuestros Juzgados a fines de los 70, y, como no, el odiado reloj mecánico para el control de horarios. Este último aparatejo, dio lugar a una cultura de iniciativas para fichar sin estar presente y también para sabotear el dichoso artefacto. Una de las máquinas que han despertado mayor interés y odio social. Ahí podrían hallarse respuesta a muchos de los misterios de Cuarto Milenio, la telequinesia, la teletransportación… Y sobre todo a la teoría de la relatividad espacio-temporal confirmada por la velocidad de nuestros funcionarios que saliendo a las tres llegaban a su casa a las dos e incluso, los más rápidos, antes.

Hay algo más que brotes que indican cómo el maltrato al administrado vuelve a las oficinas administrativas

En cualquier caso, la transición democrática además de más ingresos para las Administraciones y mejores sueldos, trajo ideas históricamente insólitas a la Oficina siniestra como que el funcionario no es alguien al que no se le deba molestar porque al ganar su oposición, o lo que fuera, adquirió la condición de propietario de su plaza y por tanto podía expulsar de la misma, incluso con uso de la violencia, a cualquiera que le inquietara en su legítima y pacífica posesión. O la idea de que el empleo público, debiera ser incompatible al menos con determinados empleos privados. O que el empleado público es un servidor de los administrados. La simple amenaza de que estas ideas se impusieran, volcó y entregó a este funcionariado “tradicional” en contra del cambio democrático y, sobre todo, de la entrada de los socialistas en el Gobierno. Fue este funcionariado, entre otros sectores, el que sostuvo a Fuerza Nueva y posteriormente a Alianza Popular y todavía hoy a Vox y a esa niña estúpida, que me he prometido no volver a citar. La sotillera. La idea era simple, la del Gatopardo. Y muy asentadas no quedaron las nuevas ideas porque, como les contaré otro día, asistimos a una magnífica regresión que, además, se va a fundar en las nuevas tecnologías. En este punto, volvemos al materialismo dialéctico: a lo bueno abriendo camino al mal. Hay algo más que brotes que indican cómo el maltrato al administrado vuelve a las oficinas administrativas.

Porque en este tiempo, la informática y las telecomunicaciones han entrado de lleno en nuestras oficinas y, aunque parezca imposible ser crítico con ellas, será necesario rechazar el estupendismo, que consiste en taparse un ojo para no ver más que con el otro, o no ver con ninguno de los dos, si fuera preciso. Y el tecnologismo, que es algo así como considerar cualquier parida en lenguaje o soporte informático como lo más. Acríticamente. Pasando, en cualquier caso, por alto que detrás de cualquier máquina hay alguien que la ha creado, alguien que establece lo que debe hacer y alguien que opera con ella. Demasiada gente para garantizar el buen funcionamiento de cualquier cosa.

La oficina siniestra