sábado. 02.03.2024
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Apenas han transcurrido unos días entre las muertes de Ordine y Berlusconi. La primera pasó por los medios con algún recuerdo a sus obras, alguna reseña o un leve suspiro en la parte trasera. La segunda, ha sido una terrible desgracia para Italia y para el mundo. Televisiones, redes sociales, radios y periódicos no han dejado pasar ni un sólo minuto sin referirse al final de uno de los hombres más corruptos, desaprensivos, amorales y palurdos de la historia reciente de Italia. Nombrado en 1977 Cavaliere de la Ordine al Mérito del lavoro por el Presidente de la República Italiana Giovanni Leon, tuvo que renunciar en 2014 por la gran cantidad de procesos judiciales por corrupción en los que se vio inmerso, pese a lo cual, los medios de todo el planeta continuaron llamándole Il Cavaliere, dando a entender que pese a ser condenado por fraude fiscal, falsedad documental, prevaricación, estar implicado en multitud de casos de proxenetismo, corrupción y asuntos de la mafia, Berlusconi era un ejemplo para el mundo, un tipo gracioso, alegre, dicharachero y bromista que derrochaba ingenio y alegría y se comportaba como un señor maravilloso y galante allá donde fuese.

Defensor a ultranza de Vladimir Putin, a quien consideraba un hijo y uno de los políticos liberales más sabios del planeta, firme partidario de Mussolini, del que afirmaba que nunca mató a nadie y que lo único que hizo fue mandar de vacaciones al exilio a sus oponentes, Berlusconi fue capaz de decir cosas tan brutales como ésta: “Aquella del dictador argentino que, para eliminar a sus oponentes, los metía en un avión y luego habría la puerta y les decía: Hace un día precioso, salgan a jugar”.

Berlusconi se convirtió en el verdadero creador de eso que continúan llamando eufemísticamente populismo y que no es otra cosa que la cara actual del fascismo

Heredero de Reagan y Thatcher, Berlusconi, gracias a su poder mediático construido en los años de derrumbe de la corruptísima democracia-cristiana italiana, se convirtió en el verdadero creador de eso que continúan llamando eufemísticamente populismo y que no es otra cosa que la cara actual del fascismo. Enemigo del Estado y de todo lo público, su imperio económico se gestó en buena parte gracias a los presupuestos del Estado, a las privatizaciones y a las concesiones que obtuvo de diversos gobiernos, siendo el padre verdadero de las políticas de Isabel Díaz Ayuso o Núñez Feijóo, ahora aderezadas por las doctrinas de la ultraderecha norteamericana. La verdad más auténtica para él, era la mentira más repetida; el honor más grande, su ignorancia compartida por un pueblo al que se hizo creer que había construido un imperio de la nada; su ley de vida, depredar, explotar, engañar, considerar a las mujeres como un objeto de consumo similar a un automóvil o un traje de chaqueta. Años y años, riéndole las gracias, presentándolo como un tipo divertido y auténtico, décadas banalizando las “travesuras” de un canalla, han llevado a que hoy el Parlamento italiano haya declarado siete días de luto, a que muchos habitantes del país de Donatello, Giordano Bruno o Umberto Eco lloren por la extinción del hombre más nefasto, viejuno y ridículo, del hombre que parió a Giorgia Meloni y Mateo Salvini, que esperan como agua de mayo el triunfo de sus ideas en España y otros países para regresar al Ordine Nuovo que volverá a sumergir a Italia, España y Europa en la parte más dramática de su ya repetida historia.

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Nuccio Ordine

Y sin embargo, se mueve, y en el lado donde habita la luz, la reflexión, el verdadero amor a la vida y la grandeza del ser humano, esa luz que ha hecho que hoy muchos no deseemos el sufrimiento a nadie y pretendamos un mundo mejor para todos, vivía Nuccio Ordine, sólo un profesor, un filósofo, un pensador, un hombre que nos estaba avisando desde hace mucho tiempo de lo que se nos venía encima, del disparate que era abandonar la humanidades en la enseñanza, de la mercantilización de los estudios, del abandono de aquellos conocimientos que son esenciales en nuestro devenir individual y colectivo pero que no aportan beneficios monetarios a los balances de las personas, las empresas o los países: “Si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil -diría en uno de sus libros-, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad”.

Hacer humana la humanidad, ¿qué otra cosa han pretendido los hombres más sabios a lo largo de los últimos dos mil quinientos años, desde que aquel griego que no poseía nada y al que hoy se le carga con la enfermedad de acumular basura, Diógenes, fuese abordado por un amigo que le dijo: “Diógenes, si hubieses adulado al rey, no te verías en la necesidad de comer lentejas todos los días”, a lo que el sabio de la tinaja respondió: “Si tu hubieses aprendido a comer lentejas, no te habrías visto obligado a adular al rey mientras existas”. Ordine ha muerto como un sabio de nuestro tiempo. La mayor parte de su pensamiento lo elaboró mientras Berlusconi subía al cielo de los sumisos, ese que está poblado de personas a las que jamás les interesó lo que escribía ni lo que pensaba, pero que perdía la cabeza por un disparo en la escuadra de un tipo hábil con el balón. Ordine nos habló de todo eso, de aquella frase de Óscar Wilde que aseguraba que “un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser consultado”, porque la utopía es el motor de la verdadera evolución humana y humanística, ir más allá de lo que se considera posible, luchar contra la resignación de que habla las religiones, crear horizontes de esperanza y superación colectiva sin los cuales la existencia del hombre se reduce a la de cualquier otro animal, peor aún, porque ningún animal pretende hacer daño a otro, sino simplemente alimentarse: “Si nuestra sociedad -piensa Ordine-, como desafortunadamente estamos viviendo hoy en día, no cultiva la utopía, no podremos imaginar ni llegar a un mundo mejor. Nunca lograremos que lo imposible llegue a ser posible. Existen personajes de la literatura que nos enseñan todo esto de manera muy clara. No sólo está la Utopía de Tomás Moro, está también la utopía, por ejemplo, del hidalgo Don Quijote, que para defender sus valores vive una vida que todo el mundo piensa que es una vida de locos. Y todo ello porque no se basa en el dinero ni en los falsos valores que animan la cultura de su tiempo y de nuestro tiempo. El ingenioso hidalgo nos enseña que en la vida hay derrotas gloriosas. Podemos perder- siempre hemos perdido-, pero las acciones, las palabras y gestos que la nutren construyen una utopía que, a su vez, permite comprender los verdaderos valores del mundo”.

Entre un hombre sabio, bueno y preocupado por mejorar el mundo, la vida de todos los seres humanos como Nuccio Ordine y un tipo que en poco se diferencia de Benito Mussolini -también dicharachero, macho e inculto- como Silvio Berlusconi, los españoles, los italianos, los terrícolas, están optando por el segundo. No es que todo el planeta se haya vuelto loco ni sea fascista, es que la ignorancia ha ganado muchos enteros, que todo aquello que no tiene que ver con el dinero, con el beneficio material, apenas tiene importancia, que quienes carecen de casi todo no luchan por la utopía, ni siquiera sueñan, carecen de esperanzas colectivas, no votan y sí lo hacen es contra todo, contra ellos mismos, un voto de rabia, de impotencia contra el que es necesario oponer una nueva utopía que sea cierta y visible para todos, incluso para los que ya sólo optan a salidas individuales del modo que sea. Ese es el gran reto de nuestro tiempo, porque de su superación no sólo depende la democracia, sino también la supervivencia del ser humano.

Nuccio Ordine y Silvio Berlusconi