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Fachadismo es un concepto elaborado por arquitectos y urbanistas que denuncian el uso y abuso de las remodelaciones urbanas que, manteniendo las fachadas originales, construyen sobre ellas o tras ellas edificaciones que nada tienen que ver con sus orígenes. La capital de España es en estos momentos un caso de estudio completo. No hay palacete, centro comercial o finca burguesa con algo de glamour y un mucho de antepasado que no se encuentre en proceso de transformación fachadista o en proceso de tramitación de la salvajada que el pobre edifico va a sufrir en breve. Pero no es privativo de Madrid, cualquier ciudad que haya sido beneficiaria de una arquitectura de fuste en el pasado se encuentra en riesgo de malformación. La racionalidad que se esconde tras ello es la que dice que, si es demasiado bueno para pisos turísticos, no pasa nada, hotel de lujo (que suele ser el destino final de la cochambre fachadizada). Una barbaridad más de legado del liberalismo capitalista concentrado en extraer plusvalor a todo aquello que se preste, incluidos los hallazgos del urbanismo racional, la estética de lo exterior, el paisajismo ciudadano o el respeto por los valores del pasado legados al presente.
El fachadista promotor, el capitalista y su hueste burocrático municipal de estas barbaridades actúan como un cirujano que primero te parte la cara para luego apañártela
Una bazofia, una birria que nos trae a la mente otras producidas por la avaricia de los tiempos modernos dominados por lo individual, lo capitalizable, lo imponible, lo torticero, lo chusco, lo impresentable, lo inmoral… Estos puntos suspensivos acogen todo aquello que debilita la racionalidad ilustrada y abren la puerta al egoísmo, el desprecio por lo colectivo y la inmisericordia con los perjudicados. Tal conjunto de perversiones buscan el modo de disimularse y esquivar responsabilidades; encuentra en la práctica fachadista el modo “elegante” de hacerlo, de ocultar su finalidad, que no es otra que generar una nueva vía de enriquecimiento de los pocos en detrimento de los muchos, esquilmando patrimonio y travistiendo su mecanismo extractivo en proceso de modernidad.
¡Qué cara mas dura! Esconden hoteles, joyerías y tiendas de lujo de marcado acento simbólico (el de la victoria) tras la imagen con la que cientos de años crearon la fisonomía en las fachadas nobles. Hay fachadistas que se defienden aceptando su papel de maquilladores, aducen que en el fondo fachada proviene de faccia, poner cara a algo, un edificio en este caso. Que su responsabilidad en el desastre histórico-urbano son meros auxiliares de cosmética. Que nadie puede reprochar a un cirujano plástico tratar de prolongar la belleza marchita de un rostro, aunque lo que se les reprocha a uno y otro no es su presencia técnica, sino el interés manifiesto por forrarse con ello. El fachadista promotor, el capitalista y su hueste burocrático municipal de estas barbaridades actúan como un cirujano que primero te parte la cara para luego apañártela.
Es la mecánica existencial de capitalismo híper desarrollista del siglo XXI, en el que no hay nada que no pueda convertirse en dinero, ni los intangibles insertos en la nobleza de ciertas construcciones, ni en los valores fundantes de toda comunidad humana digna de tal nombre. Para engrasar la diabólica dinámica que achatarra valores espirituales para amasar valores financieros se construyen mercados que avanzan hacia la desregulación según van batiendo logros en su proceso de acumulación. El mercado de la obra prestigiosa se agotó cuando llegó al estadio de imagen de un lugar, de una calle, de una ciudad. La generación de riqueza financiera estaba detenida aquí, hasta que ciertos munícipes aceptaron diluir su pasado en nuevas propuestas que cambian el sentido de pertenencia, de radicación, para convertirlo en pertenencia como forma de posesión por compra.
Los partidos pro mercado de siempre se ven superados y no les queda más remedio que apuntar hacia formas más incisivas en la aplicación del mantra del liberalismo desregulado de los mercados
Para dar este salto mortal es necesaria una acción política que requiere tanta presión que agota las formas tradicionales del liberalismo. Los partidos pro mercado de siempre se ven superados y no les queda más remedio que apuntar hacia formas más incisivas en la aplicación del mantra del liberalismo desregulado de los mercados. O se radicalizan convirtiéndose en partidos fascistas o se enmascaran tras una fachada de moderación pero emitiendo un mensaje adaptado a la realidad exigida por el mercado.
En ambos caso se produce un proceso de fascistización muy similar, por eso pasa lo que pasa con PP y Vox, el uno es facha de nacimiento y el otro se ha fachizado, no por contacto con Vox, sino por seguidismo del dictado de los mercados. En cualquier caso, responden a un fenómeno amplio de fachadismo elaborado con los mismos criterios con que actúa el urbanista, aprovechando una nostalgia del pasado para esconder un apetito innoble por la más rabiosa actualidad iliberal mercantilista.
Vox como el MAGA, la Chega y otros de similar ralea impostan estar sostenidos por una tradición que provendría de un pasado que se añora, pero no es más que una operación de camuflaje para actuar con virulencia por y para el mercado.
En este caso su fachadismo es doble como bien supondrán los lectores de esta tribuna.



