domingo. 23.06.2024

«Uno de los hilos que trenzan la historia de la humanidad es el continuo afán por librarse del miedo, una permanente búsqueda de la seguridad y, recíprocamente, el impuro deseo de imponerse a los demás aterrorizándolos.» (José Antonio Marina: Anatomía del miedo)

Por fin se aprobó la primera ley de la vivienda de la democracia española. Después de casi cumplirse medio siglo desde la aprobación de la aún vigente Constitución no está mal. Lo digo porque en esa nuestra ley de leyes se recoge en su artículo 47 que «todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada»; asimismo, se atribuye a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias y establecer las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho.

Releer estas cosillas en nuestra vieja Constitución me reafirma en mi idea de que si se redactase una nueva en nuestros días quedaría reflejado un ideal de país muy distinto al que la de 1978 plasmó. Prueba de ello es que, al margen de una mínima reforma en 1992 para cumplir con el Tratado de Maastricht, la única enmienda aprobada hasta ahora fue impuesta en 2011 por una coyuntura política resultado de una demoledora crisis económica que convirtió de facto a los Estados democráticos en rehenes de los mercados financieros.

Por eso, dado que la economía no va mal, con permiso de la inflación y la sequía (y precedentemente de la pandemia y después de la guerra y siempre de la deuda), la estrategia de la oposición no puede ser otra que atacar esos puntos calientes aprovechando su alto voltaje emocional de modo que se fomenten  sentimientos con fuerte poder motivador en lo político. Como el miedo.

Décadas de desregulación los habían convertido en aquel aciago momento en verdaderas alimañas depredadoras capaces de pasar por encima del sufrimiento de millones de ciudadanos y de los principios humanistas de la democracia e iniciando el reciente y creciente deterioro de la confianza en la misma (como diría el sabio Forges: no te olvides del referéndum de Grecia de 2015).

De aquellos polvos, estos lodos con apariencia más bien de negro chapapote parafascista y populista que inunda el mapa de nuestro continente y más allá. Nuestra reforma constitucional de 2011 –no se olvide– fue para modificar el texto del artículo 135 con el solo objeto de dar prioridad al pago de la deuda pública por encima de otras partidas en los presupuestos generales del Estado y garantizar el equilibrio presupuestario de las administraciones públicas.

Si en su Constitución España se define como un «Estado social y democrático  de Derecho» (artículo 1), con la susodicha reforma el ingrediente social quedó declarada e impúdicamente capitidisminuido. Esto, que yo recuerde, no causó ni temblor ni temor en los principales partidos de gobierno en aquellos frenéticos días. Desde luego ni una pizca en el que tiene por bandera ser el partido defensor de la Constitución, el autoproclamado constitucionalista Partido Popular.

Paradójicamente una ley de verdad constitucionalista como esta de la vivienda en tanto que se toma en serio el señalado artículo 47, sin embargo, sí que le provoca temor. Porque va a traer con su aprobación  la invasión de nuestras casas por los okupas.

En una reciente entrevista radiofónica la socióloga franco-israelí Eva Illouz habló, entre otros temas, del papel de las emociones en el ámbito de la esfera pública y de su instrumentalización política. Nada nuevo bajo el sol: hace un siglo el filósofo Bertrand Russell ya advirtió de los peligros de lo que él denominó «emocracia» (emocracy), que vino a ser la versión siglo XX de lo que para Platón era la peste del régimen democrático, a saber, la demagogia. El genial compatriota de Russell, George Orwell, también estuvo atinado cuando advirtió en su crítica a la edición inglesa de Mein Kampf, refiriéndose a su despiadado autor, que «no deberíamos subestimar su atractivo emocional». Nadie como el autor de 1984 supo plasmar en su obra el enorme poder del miedo para reducir al ciudadano a la condición de esclavo.

El trabajo de Eva Illouz, plasmado en multitud de libros, recoge la faceta sentimental, incluida la de la sexualidad, en el análisis de la evolución política de sociedades como la española, esas que se tienen a sí mismas por «desarrolladas». Su investigación reconoce el valor de las emociones más allá del ámbito de la intimidad personal dada su conexión, rara vez debidamente reconocida, con los factores de índole cultural, económica y política. Las emociones no son un dominio exclusivo del alma, un reino independiente conformado por pulsiones irracionales que empiezan y acaban en el estricto ámbito de la subjetividad. Las emociones poseen magnitud política y forman parte de la condición de ciudadano consciente –y por ende responsable– el desarrollar un conocimiento de las mismas lo suficientemente bien fundamentado para estar en condiciones de ejercer su ciudadanía democrática en libertad.

A este respecto Eva Illouz destaca la relevancia de cuatro emociones, que son: el miedo, el asco, el resentimiento y el amor; todas ellas pertenecen al grupo mayoritariamente reconocido en el ámbito de la psicología actual como emociones básicas (otras serían, dependiendo de las clasificaciones, la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa). A las cuatro destacadas la socióloga les otorga una importante presencia en el escenario político global dominado por la polarización extrema y una guerra cultural superpuesta a un proceso de décadas en el que ha crecido la desigualdad al tiempo que ha quedado de sobras demostrada la irrelevancia en la que ha caído el valor de la justicia.

La primera de las cuatro emociones señaladas la dejaré para luego. En lo que se refiere al asco, se trata de la emoción asociada a la segregación intergrupal; es ese sentimiento que motiva las actitudes de confrontación identitaria y polarización ideológica (y afectiva). Resulta enormemente significativo, por cierto, que la estructura de nuestro encéfalo que se activa tanto cuando comemos un alimento rancio como cuando se viola una regla sagrada es la misma, a saber, la corteza insular o simplemente ínsula. Repugnancia física y repugnancia moral comparten idéntica raíz visceral; por eso decimos que el hecho inmoral, si es suficientemente grave, nos «revuelve las tripas», lo mismo que el culpable del mismo.

El resentimiento es una emoción que tiene presencia destacada en el libro del filósofo norteamericano Michael J. Sandel titulado La tiranía del mérito. Es el sentimiento dominante en ese amplio sector de la población perjudicado por la encarnizada competencia en la que se encuentran inmersos sus respectivos países por el botín del mercado global desde hace casi medio siglo.

Todos aquellos que han seguido las reglas de la meritocracia y, sin embargo, no han obtenido el premio prometido de la prosperidad son los que se sienten discriminados, agraviados e incluso han pasado a ser invisibles para la élite de los triunfadores. En sus pechos ese resentimiento no ha hecho más que crecer a lo largo de los años de promesas incumplidas y de sufrir toda clase de injusticias. En los agraviados los discursos de odio contra las élites, arteramente elaborados sobre todo desde la extrema derecha, encuentran una entusiasta recepción; ellos conforman la audiencia natural de los populismos.

El resentimiento es una emoción que mantiene siempre vivo el rescoldo de la motivación para odiar a quien es señalado como arbitrariamente privilegiado por el sistema (ya sea un político, un miembro de una minoría institucionalmente favorecida, un inmigrante acogido o incluso un intelectual).

Como contrapunto a estas emociones negativas, generadoras de un malestar social prácticamente permanente y de confrontación hay que señalar el amor. El amor es la palanca emocional que motiva a hacer política al fomentar la integración en el propio grupo. Es el sentimiento del nosotros que lleva al individuo a trascenderse en aras del cumplimiento de una causa más grande que su propia vida, que incluso puede llegar a merecer el propio sacrificio personal. El Make America great again de Trump es el eslogan de ese amor instrumentalizado como motivador político, que tiene también su versión religiosa, esencialmente equivalente a los nacionalismos.

Pero no olvidemos el miedo, la primera emoción citada por Eva Illouz por ser según ella «la emoción maestra de todas», la emoción primaria por excelencia dado que es la emoción de la supervivencia. Recuerdo lo que me impactó allá por el final del siglo pasado la lectura del libro del neurocientífico Joseph E. Ledoux titulado El cerebro emocional, en el que se describía de manera nítida y precisa el circuito neuronal del miedo, la autopista anatómica por la que corre a mayor velocidad que ninguna otra la emoción que más rápido y más irracionalmente si cabe exige una respuesta conductual porque nos va la vida en ello. Con y sin fundamento real. Cuando el miedo se apodera de nosotros toda lucidez queda comprometida. Es precisamente una de las cuestiones que el psicobiólogo Ignacio Morgado plantea explícitamente en su libro Emociones e inteligencia social cuando pregunta en uno de sus epígrafes «¿hay emociones blindadas?». A lo que responde: «cualquier persona sabe lo difícil que resulta superar sentimientos como el miedo ante el peligro o la rabia ante la frustración. La razón no puede con ellas».

No se debe pasar por alto que las palabras «emoción» y «motivación» provienen etimológicamente del latín motus participio a su vez del verbo movere, es decir, mover. Lo que la lengua reconoce desde tiempo inmemorial es lo que la psicología sabe ahora con la correspondiente identificación fisiológica del poder de la afectividad a la hora de mover a las personas a actuar. Y el miedo, entre esos detonantes emocionales de la motivación, se lleva la palma. Por eso ahora, una vez aprobada la Ley de la vivienda, la consigna en la arena política, por tierra, mar y aire, desde las filas de la derecha patriótica es que, por culpa de esta nueva ley,  nuestras casas serán invadidas por los okupas.

No importará cuáles sean los datos objetivos de ocupaciones ilegales de inmuebles ni a qué mínimo sector de propietarios afecte, porque nuestra autopista neuronal del miedo dejará expedito el camino para que las imágenes de las hordas de perroflautas, toxicómanos y antisistema, rompiendo las ventanas y puertas de nuestros sacrosantos hogares, se apoderen de nuestras mentes, al tiempo que provocan un brote de ira contra esos políticos progres irresponsables que les dan todo tipo de facilidades legales para ejecutar su atentado contra lo que es nuestro y tanto nos ha costado lograr.

Reconozcámoslo: nada que ver con lo que emocionalmente nos suscita la evidencia aplastante de un mercado que imposibilita cumplir con el derecho a una vivienda digna  que tiene reconocido todo ciudadano español en la Constitución; o con lo que nos inspira la continua ejecución de desahucios de familias que no son maleantes sino desgraciadas víctimas de un sistema despiadado cuando se trata de defender la propiedad privada por encima de cualquier consideración humanitaria; o con lo que nos provocan las subidas de las hipotecas que vampirizan las enjutas rentas familiares.

No es de extrañar que el resultado de la votación de esta ley en el Congreso haya mostrado un sesgo ideológico tan marcado por la tradicional división entre la derecha y la izquierda. Libre mercado frente a intervención del Estado. Miedo por el supuesto atentado auspiciado desde el Gobierno contra la propiedad privada frente a la esperanza de que tener un techo que nos cobije deje de ser un lujo inalcanzable para tantos.

Para el ser humano la idea de mundo es de vital importancia. No somos conscientes de ello, pero todos, llegados a cierto punto de nuestra vida en condiciones normales, nos componemos un cierto entorno de sentido, un marco dentro del cual todo tiene su lugar, guarda relación y resulta relevante de modo explicable. Para ello es imprescindible conformar mentalmente un mapa cognitivo a través del cual la realidad queda representada de forma coherente y comprensible. Ese mapa cognitivo es en verdad un mapa emotivo.

Tomémonos la licencia fantasiosa de imaginar que somos capaces de efectuar un escáner de nuestro mundo que fuese fiel reflejo de nuestro mapa emotivo; una imagen de esas que mediante una escala de colores refleja la importancia que cada cosa tiene en nuestro mundo, desde un color rojo que denotaría la máxima importancia hasta un soso blanco que sería la representación cromática de la irrelevancia. La vivienda propia con la familia dentro (pareja de cónyuges con hijos) destacaría en un intenso rojo. Igual que la identidad, ya sea  la sexual, la nacional o la religiosa.

Por eso, dado que la economía no va mal, con permiso de la inflación y la sequía (y precedentemente de la pandemia y después de la guerra y siempre de la deuda), la estrategia de la oposición no puede ser otra que atacar esos puntos calientes aprovechando su alto voltaje emocional de modo que se fomenten  sentimientos con fuerte poder motivador en lo político. Como el miedo.

Es un hecho que no queda más remedio que asumir: décadas de triunfante política neoliberal han cambiado nuestro mundo, es decir, nuestro mapa emotivo. Si ante la aprobación de la Ley de vivienda, los okupas inspiran más miedo que indignación el incumplimiento de nuestra Constitución o solidaridad los desahucios de las familias pobres es porque hemos hecho de la propiedad privada nuestro sacramento.

Lo que hace que un valor sea importante para quien lo posee es simple y llanamente el hecho de que es un valor o, dicho de otra manera, que es algo por lo que sentimos una cierta emoción (motivadora) más o menos intensa. Por eso, las emociones, y particularmente el miedo, son factores decisivos a la hora de definir el marco de la ventana de Overton, esto es, el rango de políticas aceptables de acuerdo al clima (afectivo) de la opinión pública.

Según este concepto, quien gobierna ha de tener mucho cuidado de no salirse de esa ventana a la hora de implementar su programa político so pena de ser considerado demasiado extremista para ocupar o mantener un cargo público. ¿Es esta suerte de espada de Damocles la que motiva en cierta medida los desencuentros entre las dos almas del actual gobierno de coalición? ¿Es la razón del bloqueo parlamentario del texto de esta ley durante más de un año? ¿Denota nuestro mapa emotivo actual una sociedad más conservadora (más temerosa) en ciertos aspectos que la que vio nacer la Constitución de 1978?

Ley de vivienda: ¡que cunda el pánico, nos invaden los okupas!