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Decía William Shakespeare que la vida es un cuento contado por un idiota, y como suele ocurrir con los clásicos hay veces en que parecen volverse proféticos.
Pero no siempre es fácil señalar al idiota que cuenta el cuento. Por evidente que parezca.
La vida es un cuento contado por un idiota, pero no cabe descartar nunca que el idiota en cuestión se crea muy listo, y haya pensado más de lo que le atribuyen sus adversarios
El actual conflicto desencadenado en los cielos de Irán y en las ruinas del Líbano reúne las condiciones para parecer lisa y llanamente un disparate: ningún régimen político ha sido nunca derribado por un ataque aéreo, siempre hay cuevas bastante profundas para esconder a un ayatolá dispuesto a aguantar.
Por otra parte, la experiencia demuestra que un régimen político de corte medieval, basado en el fanatismo religioso, tiene capacidades de resistencia difícilmente comparables a otros. Lo que Estados Unidos no logró en veinte años en Afganistán, donde sí hubo intervención terrestre, no es fácil que lo logre en un país tres veces más grande y con el doble de población.
Salvo que no sea eso lo que busca. La semana pasada indicábamos en estas líneas que uno de los efectos derivados del conflicto podría ser crear nuevas dificultades a China. Es obvio que, además, el principal beneficiario de esto es Israel, que ha emprendido una nueva campaña de limpieza en Líbano y debilita con este conflicto a su principal adversario regional.
Esta semana asoman nuevos efectos: para paliar la crisis energética inducida por el, en apariencia, irreflexivo cierre del estrecho de Ormuz, Trump no acude a sus propias reservas estratégicas de petróleo, sino que levanta las sanciones a un Putin que ya estaba contra las cuerdas, y con el que siempre ha mantenido una sospechosa relación amigable. Y la guerra de Ucrania, olvidada en los últimos quince días, recibe una nueva inyección de dinero… a favor de Rusia.
Entretanto, una desnortada Unión Europea mira perpleja no a donde nos dicen sus mandatarios, sino a una pequeña frontera oriental: la que separa Irán de Turquía. Porque semanas de bombardeos quizá no puedan derribar un régimen, pero sí pueden provocar un éxodo de refugiados que Erdogán no podrá ni querrá contener en el Bósforo, y puede terminar inundando Europa. Esa Europa que fue diseñada para fastidiar a Estados Unidos, según Trump y su tropa de brillantes asesores, puede recibir repentinamente muchos más refugiados que litros de petróleo.
La vida es un cuento contado por un idiota, pero no cabe descartar nunca que el idiota en cuestión se crea muy listo, y haya pensado más de lo que le atribuyen sus adversarios. Los tontos son muy peligrosos. Siempre llega el momento en que quieren jugar a aprendiz de brujo. En Berlín y en otras capitales deberían empezar a darse cuenta del peligro mortal de reír las gracias al supuesto bufón.




