lunes. 15.04.2024

En el principio fue el nombre. Pero, luego, vino el adjetivo y sus atributos y corrompió el invento. Identidad individual, colectiva, patriótica, política, religiosa, sexual, alimentaria. Identidad, identidad e identidad. Y a pesar de tanta identidad no hay quien aclare qué cosa sea la identidad de la identidad

Lo común fue sostener que la identidad se compone de elementos que heredamos y de los que adquirimos voluntariamente, es un decir. Y, como quiera que nunca abandonamos el humus de nuestro primer descubrimiento del yo, se dice que somos el mismo, pero no lo mismo. En definitiva, que la identidad, sea individual o colectiva, no es inmutable, dada ab ovo para siempre, aunque esté como una mosca cojonera dándonos la lata: “quién soy, de dónde vengo y a dónde voy”.

De todas estas identidades, destaca la llamada patriótica o nacional, que se visualiza con símbolos, escudos, banderas, estandartes, himnos y, en otro orden menor pero igual de sustancioso, remitiendo al folclore, la jota, la sardana, la muñeira, la gastronomía y, por supuesto, la tradición resuelta en procesiones y romerías, es decir, en eventos diversos tanto laicos como religiosos.

La fuerza motriz de la llamada identidad patriótica o nacional tira de nosotros hacia dentro, haciéndonos caer de bruces en el narcisismo y en el ombliguismo

Estas identidades se valoran como ortopedias que ayudan a superar el caos existencial, pues intentan dar sentido al tiempo, poco o mucho, que nos ha tocado en suerte. A quienes pasan de ellas, la historia los ha tratado como bichos raros. Los han llamado heterodoxos, pero, sobre todo, chivos expiatorios, culpándolos de los males, pestes y epidemias, que desolaron pueblos y ciudades. El poder, al no saber explicar ese mal de modo racional y científico, endilgaba su origen a los parias de este mundo (R. Girard, El chivo expiatorio, Anagrama). 

Si se repara en la identidad patriótica, nacional o estatal, convendremos en que se trata de una identidad cuya fuerza motriz tira de nosotros hacia dentro, haciéndonos caer de bruces en el narcisismo y en el ombliguismo, cayendo en la fascinación de que ningún país como el propio. Pues nada como la pretendida identidad nacional como espejo, más bien espejismo, para diferenciarnos de los demás y elevar esas diferencias a esencias patrias. 

Por eso, los lazos de las identidades patrióticas no unen a los ciudadanos, ni siquiera a los del mismo territorio que habitan. Sucede lo contrario. Ahondan más si cabe en lo que nos separa que en lo que pueda unirnos. Por ejemplo, el penúltimo espectáculo cainita ofrecido por los partidos políticos de este país en la defensa de su particular identidad patriótica ha sido antológico. Ninguno de ellos tiene la misma concepción de Patria. Y todos ellos, sin embargo, la aman con delirio. Pero es evidente que la patria que aman los del PP no es, ni el mismo amor, ni la misma patria del PSOE; menos todavía, la de Vox, que no se sabe si es amor o canibalismo que, como decía Levy Strauss, es el amor más intenso y apasionado. Te quiero tanto que te devoro.

Las identidades patrióticas no unen a los ciudadanos, ni siquiera a los del mismo territorio que habitan. Sucede lo contrario. Ahondan más si cabe en lo que nos separa

Si algo han demostrado estas identidades a lo largo de la historia es que son inútiles para salvaguardar la especie. Tampoco han servido como trampolín para conformar una humanidad menos asesina. Las identidades patrióticas han conseguido manchar con sangre todos los mapas del mundo. La tesis del libro Las identidades asesinas, de Amin Maalouf, era que la afirmación de unos ha llevado a la negación de los otros. Y ello en nombre de una etnia, una patria, un país, una lengua, una religión. Y ni la etnia, ni la patria, ni el país, ni la lengua, ni la religión tienen culpa alguna. 

Y, bueno, ahí está, también, la madrasta Europa para confirmarlo. Europa no ha conseguido en toda su historia que sus habitantes se sientan europeos y se definan como tales. ¿Sabe, por ejemplo, Borrel qué es ser europeo? Y, ¿qué país representa mejor la identidad europea? ¿Y los valores que lo definen? Más en concreto: ¿existe el patriotismo europeo? Solo conocemos el europeísmo de la OTAN que lo manifiesta con misiles. Y lo reconozco, también, cuando juegan al golf Europa vs. USA en la Ryder Cup. Hasta los ingleses se sienten europeos.

La identidad patriótica no alumbra sujetos destinados a entenderse entre sí. De hecho, las últimas elecciones de este país lo que han demostrado es la defensa de una identidad patriótica española, no solo plural, sino enfrentada. Para colmo, los ha habido que se creen representantes en exclusividad, como el nacionalismo fuera una finca particular. Y, si esto sucede en un mismo Estado, ¿qué no sucederá al relacionarlos con los otros Estados y otras naciones sin Estado? 

La patria que aman los del PP no es, ni el mismo amor, ni la misma patria del PSOE; menos todavía, la de Vox, que no se sabe si es amor o canibalismo

Desde luego, el uso y abuso de la identidad patriótica nos condena de por vida a despellejarnos entre sí. Y total, ¿que importa ser español, ser vasco, ser navarro, ser guapo, muy catalán, muy madrileño, muy hombre, muy mujer, si no somos nada respetuosos ni con los vecinos de al lado? 

¿A qué nos conduce la identidad patriótica? ¿A ser mejores ciudadanos? No lo parece. La historia desde luego no lo confirma. Por tanto, si esa identidad patriótica lo que genera son hábitos y comportamientos perjudiciales para la convivencia, convendría fumigarla. Su pulgón interior ha de pudrir el fruto que salga de ella. Si la identidad patriótica no fomenta ni siquiera la buena educación, el uso decoroso del lenguaje y el respeto hacia quienes son diferentes, ¿a qué viene tanta parrafada sobre su importancia?

Si, por un lado, la identidad patriótica cultiva el miedo a lo desconocido y el odio hacia el diferente y, por otro, agranda nuestro narcisismo y no remueve el “carácter ético” de la apersona, del que hablaba Aristóteles, mejor que nos dediquemos a la papiroflexia. 

La identidad patriótica nos somete a los ideales de un Estado que raramente es ético, pero que, quiera o no, lleva en sus venas a ese Leviatán totalitario que solo conoce la moral de guerra de los unos contra los otros. 

Las identidades patrióticas han conseguido manchar con sangre todos los mapas del mundo

La identidad ética, esa que cada persona debe construirse a lo largo de su vida, no depende del Estado, ni de la Patria, ni de la Nación. Depende de cada uno y está relacionada con la voluntad personal, con la libertad y con el “atrévete a pensar” kantiano. No diré que en tal identidad se encuentre la salvación de las relaciones humanas habituales, pero, al menos, quizás, es posible que nos acerque al umbral de ese ideal próximo e inmediato, consistente en tener buena educación y respeto, aunque solo sea hacia las cosas más sencillas de la vida. Y encontrar la justa distancia en las relaciones de todo tipo, como hacían los erizos del cuento de Schopenhauer.

A fin de cuentas, para hacer patria no hace falta ser nacionalista. Basta con respetar a los otros y el continente y contenido del ecosistema que habitamos: casas, calles, plazas, monumentos, ríos, bosques y patrimonio, incluido el mobiliario público. ¿Cómo se puede llamar uno patriota si a la mínima de cambio se dedica a destrozar todo lo que encuentra?

Nada impide amar y defender la bandera y el himno del país. Solo que, al hacerlo, estaría bien preguntarse qué repercusiones tiene tal “amor patriótico”. Nunca se puede olvidar que todos los dictadores se han caracterizado por amar desaforadamente a su país. La dictadura fue resultado del amor fou por España de Franco y su cuadrilla. Y los crímenes cometidos durante ella fueron producto de ese amor. Cuanto más amor, más crímenes. Oigo la réplica: “Es que eso no era amor”. Ya. 

Para hacer patria no hace falta ser nacionalista. Basta con respetar a los otros y el continente y contenido del ecosistema que habitamos

Ya es viejo el ácido comentario de Samuel Johnson sobre la identidad patriótica y su derivado el patriotismo, calificado como refugio de gente canalla y sinvergüenza. Seguro que cualidades propias de falsos patriotas. Pero, a la vista de las cosas que estamos viendo, sr. Faltstaff, ¿quién distinguirá un verdadero patriota de quien no lo es? Me dice, usted, que los partidos políticos actuales. ¿Me toma el pelo, no? Lo digo porque, mientras el marco de relaciones políticas entre los partidos actuales se rija por las derivaciones de ese patriotismo nacional exclusivo y excluyente al que me he referido, seguiremos condenados a no entendernos. No solo entre el PP y el PSOE, sino, también, entre el resto de la camada política. Una política planteada desde la perspectiva de mis amigos y de mis enemigos, aquella que postulaba el nacionalsocialista, o sea, nazi, Carl Stmith, seguiremos tratando a los demás que no son mis amigos como seres inferiores a los que, si es necesario mandarlos al infierno por infieles, se los manda. No sería la primera vez que ocurriese.

Identidad patriótica, ¿para qué?