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El alma bien formada para el diálogo, nos dice Platón, implica conocimiento, voluntad e instintos. Serena, majestuosa sin pretenderlo, Claudia Sheinbaum despierta la mirada atenta. Su hablar parece siempre anhelar un diálogo digno de ser correspondido en su justa consideración. Por desgracia, no toda acción induce a amar bellamente, que dirían los clásicos. En el antaño virreinato de Nueva España, ulterior tierra de acogida republicana, irrumpe la católica Isabel, castiza incógnita psicológica de visceral mirada y misérrimas obras.
Ayuso exhibe su soberbia, habla de narco-estados y dictaduras izquierdistas aludiendo a Méjico con jota, y hasta tiene tiempo de declararse “expulsada” por el gobierno mexicano
Bartolomé de las Casas se atrevió a denunciar la inocencia de los sometidos y los horrores de la explotación hispánica. Lejos de negarla, Juan Ginés de Sepúlveda defendió una aristocrática jerarquía de la humanidad. En tanto más atrasados, la Monarquía Católica estaba legitimada para hacer de los indios su mano de obra.
“Los indígenas no merecen recibir la fe” estimaba el Consejo de Indias. Pero ¿podía un imperialismo católico ignorar el cristiano reconocimiento de las poblaciones que iba haciendo suyas, por hipócrita que fuera? Las denuncias de Las Casas lograban arrancar, negro sobre blanco, estatutos protectores de la Corona para la población indiana. Pura retórica. La desdicha indígena no cambió nunca en la práctica.
Durante los reinados de Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II no se hizo otra cosa que renovar los decretos de explotación. Llegados los Borbones, estos persiguieron incluso asegurarse el monopolio absoluto del tráfico de negros. Baste añadir que, avanzado el siglo XIX, España –en sus islas de Cuba y Puerto Rico– siguió siendo, junto a Brasil, la única nación del Continente americano dispuesta a seguir defendiendo la vigencia de su régimen de esclavitud. Tal era aún el bello ideal universal de nuestra Hispanidad.
“¿Para qué viene? ¿A qué la traen?” se pregunta Sheinbaum. Díaz Ayuso exhibe su soberbia, habla de narco-estados y dictaduras izquierdistas aludiendo a Méjico con jota, ensalza a Hernán Cortés, alecciona a los conquistados, y hasta tiene tiempo, antes de subir al avión, de declararse “expulsada” por el gobierno mexicano mientras sus pares ideológicos y el Grupo Xcaret, el gran parque hotelero de Riviera Maya que la acogen, se apresuran, avergonzados, a desmentirla habiendo sido ellos quienes le han retirado la invitación. Nada de lo que sorprenderse.
¿Cómo no iban a aniquilar allí, si aquí han hecho lo propio durante siglos con comunes, reformistas, progresistas, federalistas, judeomasónicos y demás ilegítimos? ¿Cómo, en fin, no va a detestar Ayuso a todo aquel indiano que no piense como ella si la mitad de sus compatriotas le producen idéntica repulsa? Por cierto, ¿qué opina nuestro gran árbitro y moderador constitucional, Felipe VI, de la polarización social y la crispación emocional que impunemente se cultiva en España?


