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Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo.
Albert Camus
A Antonio Scurati se debe la exitosa trilogía de novelas sobre Mussolini que tienen génesis con la llegada al poder del duce, entre pendencias callejeras de los camicie nere y discursos iterativos hasta la náusea por la radio, que era el medio hegemónico que visionariamente supo utilizar el creador del fascismo y terminan con su humillante derrota militar y la sumisión a Hitler con las abominables leyes raciales y la participación abierta de Italia en el exterminio de los judíos.
Sartre nos alerta de la tentación de la irresponsabilidad, y a continuación, señala que no hay lugar para la excusa porque no hablar también es hablar, callarse es seguir hablando
Con una notable virtud literaria, Scurati recrea el ambiente de la Italia de la primera posguerra y Segunda Guerra, la trilogía –“El hijo del siglo”, “El hombre de la providencia” y “Los últimos días de Europa”, se convirtió en un éxito por lo mucho que nos dice Mussolini de los días que corren. Hay bastante del fascismo italiano, del original, el fundante o founding father, en unos cuantos de los líderes europeos actuales, con su xenofobia, su tendencia ultra nacionalista a la autarquía y los métodos mendaces para llegar al poder. Como los hay en Trump, el “fascista americano” que diría premonitoriamente Enrique Krauze; el trumpismo reconstruye la ideología lebenstraum regeneradora de un estado imperial que demanda áreas de expansión estratégica como Groenlandia, Canadá, Panamá y una pretendida influencia coercitiva sobre México. “La única cosa importante, decía Trump, es la unificación del pueblo, porque el resto de la gente no cuenta.” Pero, ¿quién es el pueblo y quién la gente? En el universo mental del autoritarismo posdemocrático la gran comunidad sólo está formada por los que comparten un pensamiento único, es el pueblo, el resto son los adversarios políticos, que son enemigos del pueblo y de la nación. Se trata de la “extranjerización” del opositor, quien, en las meninges del autoritario, no se opone a una política ni a un gobierno, sino a la nación y al Estado ya que el país no puede ser otra cosa que la visión unidimensional de los ultraconservadores.
Escenarios que nos ofrecen un plástico daguerrotipo de la raíz común del fascismo y el populismo, ambos vertebrados en un entendimiento simplón y eficaz de la realidad (Polonia ha celebrado el aniversario de la liberación del campo de Auschwitz-Birkenau y no ha invitado a los rusos, que fueron quienes lo liberaron), por el miedo como motor de dominación y su transformación en odio y resentimiento. En la novela de George Orwell, 1984, los miembros del Partido se reúnen diariamente para mirar un film de dos minutos donde se muestran imágenes de sus enemigos a fin de demostrar públicamente su rechazo hacia ellos. En cada sesión, gritan insultos e incluso arrojan violentamente objetos hacia la pantalla.
Una sociedad silenciada, como pretenden los nuevos fascismos, es obra de la confusión, que no deja de ser la peor de las mentiras
Los “dos minutos de odio” son parte del adoctrinamiento a que son sometidos los ciudadanos. Los ideólogos del Partido pretenden de esta manera convertir, en el inconsciente colectivo, la angustia causada por sus miserables existencias en odio hacia un supuesto enemigo (que incluso posiblemente ni siquiera exista).
Todo ello genera la división entre buenos y malos, ellos y nosotros, y, singularmente, la prestidigitación de la verdad posmoderna que, como la misma historia, se presenta fragmentaria y relativa cuya metafísica engañosa acaba desactivando las acciones colectivas de índole emancipadoras. La derecha en España, que tiene su génesis y su pulpa nutritiva en el fascismo de 1936, favorece la construcción de un escenario de prensa falaz, justicia politizada y política abyecta para conseguir que lo normal sea lo que ocurre con frecuencia y lo que ocurre con frecuencia es que todos esos ejes perturbadores de la convivencia democrática se sustancian, como escribió Milan Kundera, en un mundo distópico donde prime la sonrisa estúpida de la publicidad o la indiscreción elevada al rango de virtud.
El Estado para los conservadores no es lo suficientemente hostil para la mayor parte de los ciudadanos. Sartre nos alerta de la tentación de la irresponsabilidad, y a continuación, señala que no hay lugar para la excusa porque no hablar también es hablar, callarse es seguir hablando. Una sociedad silenciada, como pretenden los nuevos fascismos, es obra de la confusión, que no deja de ser la peor de las mentiras. De poco ha servido la civilización para concluir en la perversa ontología de una realidad que se ahorma a los intereses de unas minorías organizadas a costa del genocidio social de amplios sectores de la población. La concepción de Walter Benjamín de la historia como catástrofe sólo es aplicada a la parte más débil de la sociedad.



