domingo. 14.07.2024
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Ruchrat de Oberwesel, teólogo alemán del siglo xv, decía que San Pedro había inventado la cuaresma para vender mejor sus peces. Existe un barbarismo oportunista cuya metafísica vital consiste en la simplificación mediocre de las cosas. En un tiempo pasado para una tribu polinesia de Nueva Zelanda lo más importante, lo característico en un libro es que se abría y se cerraba: por eso le llamaban una “almeja”. Empero, esta vulgarización de la existencia lleva aparejaba, como la atracción hacia el abismo de un suicida, una vanidad insufrible para la sensatez. Gordinan, personaje volteriano, estaba persuadido de que si un pavo real pudiera hablar se vanagloriaría de tener un alma y diría que esa alma estaba en su cola. Parece que existe en la historia un oscuro ritornelo que, como decía Jorge Luis Borges: “al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”. La vulgaridad bárbara siempre se acaba presentando, así, cuando la cultura grecolatina era un exceso, irrumpen en la Europa mediterránea los rudos guerreros del septentrión y por la sabiduría de Bizancio pasa el turco asolando pueblos y sobre la molicie de los árabes andaluces caen los toscos almorávides del Sur. Hoy, también el barbarismo oportunista se apropia del espacio social y de la vida pública.

La metafísica posmoderna con el final de las grandes narraciones, es decir, las ideologías emancipadoras y la desaparición de la historia –no es posible cambiar la historia si como tal no existe- ha supuesto un capitalismo cada vez más incompatible con la democracia, suplantada por patriotismos neofascistas excluyentes y beligerantes con la otredad. Ciudadanos a los que la dinámica del capitalismo posmoderno les arroja a la marginalidad, sin tener conciencia del origen de sus quebrantos sociales y económicos por ser propicios al consumo de mentiras, teorías conspirativas y resentimiento, posverdades que cunden cuando el horizonte es oscuro y nadie ofrece un modelo ideológico emancipador. La necesidad de cambio tiene como respuesta un dramático inmovilismo. No hay alternativa. Las severas derrotas que sufrió el ejército italiano en el transcurso de la II Guerra Mundial, eran anunciadas por la prensa romana con titulares como el siguiente: “Nuestras tropas culminan con éxito una nueva retirada estratégica”. Esta manera de desinformar se adhería a la forma aterciopelada que adquiere la mentira para sugerirnos una nueva percepción transgresora de la realidad de un hecho. Como advertía Antoine De Saint-Exaupéry, el sentido de las cosas no está en las cosas mismas, sino en nuestra actitud hacia ellas. Y el equívoco puede ser la actitud más descarnada ante la verdad. En realidad, se trata de presentar la realidad como un malentendido. 

Una democracia es un régimen de poder cuya titularidad nominal de la ciudadanía no se puede subvertir mediante la condicionante influencia feudal de las oligarquías

Malentendido que cuando se adhiere a la justicia adquiere abismos difíciles de sobresanar. Como decía Anatole France la ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan. La inteligente ironía del escritor francés, hoy en España adquiere el rango categórico de metafísica judicial por causa de las poliédricas actuaciones de la justicia donde una decadente pérdida de pudor produce que ni la apariencia ni el simulacro constriña una manifiesta condena a Montesquieu en favor de la derecha y los poderes fácticos que defiende y que convierten a la democracia española en un espacio fallido, ya que una democracia es un régimen de poder cuya titularidad nominal de la ciudadanía no se puede subvertir mediante la condicionante influencia feudal de oligarquías económicas o estamentales.

La bunkerización de parte de la justicia mediante una relectura a la baja de la Transición parece compadecerse con la radicalidad del relato conservador mediante una vertebración ideológica anatematizada durante largo rato por la ciudadanía, porque representaba la pulpa nutritiva de los cuarenta años de caudillaje, y todas las excrecencias represivas y antidemocráticas de la dictadura, y que es ahora el argumentario ideológico del conservadurismo, donde la minoría criptofranquista, o criptofascista pues es lo mismo, marca la agenda carpetovetónica con el objetivo de que a las mayorías sociales les siga asaltando la imagen de Américo Castro sobre el “vivir-desviviéndose” del español. Todo ello resitúa el debate político en los ámbitos guerracivilistas donde el adversario se convierte en enemigo bajo una confrontación estructural donde sólo puede haber vencedores y vencidos. Es en ese momento cuando decae la política democrática, puesto que los vencidos deben ser también culpables. Como ha manifestado el magistrado emérito del Tribunal Supremo, José Antonio Martin Pallín, criminalizar un acto parlamentario o resolver los asuntos políticos mediante el código penal es una agresión a la democracia. Hasta los romanos tenían la frase Summum ius summa iniuria para recordar que llevar la ley al extremo conduce a la mayor injusticia.

Criminalizar un acto parlamentario o resolver los asuntos políticos mediante el código penal es una agresión a la democracia

Todo ello tiene mucho que ver con el hecho de que desde Felipe II hasta nuestros días no ha habido en nuestro país, salvo paréntesis históricos dramáticamente liquidados, un Estado nacional, sino un Estado ideológico y, por ello, excluyente en el que gran parte de los ciudadanos han tenido que sobrevivir arropándose en la inautenticidad, desde los judíos conversos o los mudéjares hasta los antipatria de la verborrea insoportable de los años del caudillaje. Las múltiples suplantaciones identitarias, culturales y políticas, crean la artificiosidad, fantasmagorías las llamaba Ortega, suficiente para que a través de sucedáneos se produzca el grado adecuado de posverdad al objeto de que sea posible la invalidación de la construcciones culturales integradoras y emancipadoras.

Los adversarios culpables