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De los cuatro militantes que una vez recorrieron España para recuperar la dignidad de la izquierda, tres están hoy en prisión o investigados por corrupción. No es mi intención señalar culpables antes de tiempo ni tampoco arrastrar a Pedro Sánchez al mismo terreno que ya ha pisan Ábalos, Cerdán y Koldo, sino mas bien advertir sobre la degradación moral que está ensuciando a la política y del riesgo real de que la desafección acabe entregando España a un presidente débil que sólo podrá instalarse en la Moncloa si se somete a las exigencias que le imponga la ultraderecha de Abascal.
Aun recuerdo aquella escena casi legendaria en la que cuatro personas ilusionadas recorrían España en un Peugeot de gama modesta, avanzando kilómetro tras kilómetro defendiendo que era posible construir un proyecto honesto, valiente y en conexión con la realidad social. Aquel coche con aquellos cuatro militantes transmitía la sensación de que la política aun podía ser digna, transparente y hasta profundamente humana. Pero, que poco se imaginaban quienes depositaron su ilusión en las prédicas de aquel cuarteto, que unos años después, tres de ellos acabarían en la cárcel investigados por delitos de corrupción.
La corrupción no solo roba dinero público sino también esperanza. Roba futuro. Roba credibilidad a quienes sí trabajan desde la honestidad
Quisiera dejar claro de entrada que no escribo con la intención de insinuar sospechas para el cuarto pasajero del Peugeot. De entrada, no sería justo, honesto, ni tampoco democrático colocar a Pedro Sánchez en el mismo cajón que Ábalos, Cerdán y Koldo. No obstante, no negaré mi inquietud ante este panorama que me retrotrae a tiempos pretéritos —la Gürtel, los ERE, Nóos…— cuando se pone en entredicho la honestidad y la limpieza que siempre debería estar presente en la clase política, una estirpe que desde hace demasiado tiempo ha experimentado una degeneración que va más allá de ideologías y partidos.
Los nombres cambian, las siglas cambian, pero permanece la sensación de que algo se está pudriendo en la estructura profunda del sistema, poniendo en evidencia un deterioro que no es inocuo ni lo ha sido nunca. Cada nuevo caso de corrupción erosiona un poco más la confianza ciudadana. Cada discurso complaciente y cada silencio cómplice restan oxígeno a la democracia. La corrupción no solo roba dinero público sino también esperanza. Roba futuro. Roba credibilidad a quienes sí trabajan desde la honestidad. Roba argumentos a quienes tratan de defender que la política puede ser un espacio de servicio y no un mercado de favores. Y lo más grave es que alimenta a quienes siempre han despreciado la democracia y llevan años esperando el momento para presentarse como los “incorruptibles”, los “limpios”, los “auténticos”, pese a que su proyecto político sea regresivo, excluyente y profundamente antidemocrático.
Y es así como va aflorando mi temor de que la desafección de millones de españoles, cansados, desencantados y desconfiando de quienes deberían ser un ejemplo de integridad y decencia, acabe por poner el país en manos de una ideología sostenida en el Parlamento por una ultraderecha que no solo está fuerte sino crecida, articulada, adaptada al lenguaje contemporáneo, y alineada con el fenómeno reaccionario internacional.
Hoy más que nunca, es necesario exigir, señalar, limpiar, regenerar y defender sin ambigüedades un proyecto democrático basado en la ética
Dejo constancia de que estas reflexiones sólo pretenden ser un alegato a favor de la decencia, la ejemplaridad y la ética pública como principio irrenunciable. Escribo porque aún creo —y quiero seguir creyendo— que la política puede ser digna. Que la democracia puede fortalecerse. Que este país puede evitar convertirse en un experimento más de la ola reaccionaria internacional.
La decencia es un requisito mínimo para que la democracia funcione ya que cuando falta, cuando se diluye, cuando se relativiza, el precio lo pagamos todos. Por eso, hoy más que nunca, es necesario exigir, señalar, limpiar, regenerar y defender sin ambigüedades un proyecto democrático basado en la ética, porque si no lo hacemos, otros ocuparán el vacío. La democracia se cuida o se pierde, y la decencia no es un lujo ni un capricho sino un requisito mínimo para que esa democracia funcione.
Hace algunos años, manteniendo una agradable charla con Josep Borrell durante una presentación literaria, surgió el tema de la sorprendente capacidad de Pedro Sánchez para salir indemne de situaciones en las que cualquier otro habría quedado políticamente enterrado. Borrell, en tono de broma, me confesó que en privado llamaba a Sánchez “Lázaro”, en alusión al personaje bíblico que regresó de la muerte y por su habilidad para resurgir cuando casi todos le daban por muerto políticamente.
Ahora más que nunca, la regeneración ética no solo es una cuestión de imagen sino una urgencia democrática
Si bien es irrebatible que nadie está obligado a demostrar su inocencia frente a acusaciones infundadas, según mi criterio la situación actual exige algo más que la estricta literalidad jurídica, sobre todo cuando son muchas las dudas que la derecha está sembrando sobre Sánchez y sobre su entorno —aunque no estén sustentadas por pruebas—, dudas que solo podrían ser neutralizadas con una respuesta contundente, transparente y, en la medida de lo posible, apoyada en hechos irrefutables. Pedro Sánchez tiene derecho a no estar obligado a demostrar que nunca ha estado en sintonía con lo que hoy tienen que afrontar Ábalos, Cerdán y Koldo, pero en cierto modo sí que tiene la obligación de demostrar su honestidad, porque si no despeja las dudas que el PP y Vox están esparciendo, el peligro no es que el PSOE se vaya al garete sino, lo que es peor, que quede el terreno abonado para una derecha que aspira a gobernar España sometiéndose a las exigencias de una ultraderecha que ya tiene las riendas de varios gobiernos autonómicos donde oficialmente gobiernan los populares.
Ahora más que nunca, la regeneración ética no solo es una cuestión de imagen sino una urgencia democrática. Y quizás haya llegado el momento de que “Lázaro” vuelva de nuevo a levantarse y salir de la tumba. Porque de su capacidad para hacerlo puede depender no solo su futuro político, sino el futuro democrático de todos.




