jueves. 04.06.2026
ANÁLISIS POLÍTICO

Perder la confianza

Lo que estamos escuchando y viendo en estos últimos días, que afectan primordialmente al Partido Socialista, está produciendo una indiscutible incertidumbre y crisis de confianza en la política de los ciudadanos españoles.

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“En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”.
Fernando Henrique Cardoso, ex presidente de la República de Brasil.


Me han llegado al móvil las 490 páginas del Informe: 96/2025 de la UNIDAD CENTRAL OPERATIVA (UCO), informando sobre presuntas irregularidades en contratación pública, estructurado en 10 apartados, con los consiguientes y diferentes subapartados.

No diría verdad si dijese que he leído las 490 páginas; incluso, algunas de las leídas, difíciles de comprender y asimilar según mi formación. Lo que sí puedo afirmar es que, en estos momentos, la lectura, su contenido y el relato político de este escándalo de corrupción que por ahora no está sentenciado judicialmente, me ha producido una profunda indignación y vergüenza, las ideas de libertad y progreso con las que se presentó Pedro Sánchez y el PSOE en las últimas elecciones empiezan a resquebrajarse. Me identifico totalmente con lo que también en Nuevatribuna.es escribía hace días Quim González Muntadas; resumiendo su indignación decía: Que unos sinvergüenzas no nos hundan la moral”, aunque las páginas de la UCO y lo que continúa apareciendo en los medios día tras día, nos provoque en la conciencia una enorme decepción moral y un cansancio en el alma cuando aquéllos que proclamaban que habían entrado en política para eliminar la corrupción, hoy nos avergüenzan con un presunto caso de corrupción que apunta directamente a importantes responsables socialistas.

La confianza es un entramado de valores que aúna voluntades para la gestión solidaria. Es la clave en la amistad, en el amor y también en la política

Benito Pérez Galdós, en sus obras, a menudo aborda la moral política a través de personajes y situaciones que reflejan la corrupción, la hipocresía y la falta de principios en la vida pública. Sus personajes, situados en la sociedad madrileña del siglo XIX, muestran cómo la ambición y la búsqueda del poder pueden corromper incluso a aquellos que inicialmente parecía que tenían buenas intenciones. Así lo expresa en su obra “Fortunata y Jacinta” con esta frase, hoy tan actual: “La moral política es como una capa con tantos remiendos que no se sabe ya cuál es el paño primitivo”.

Lo que estamos escuchando y viendo en estos últimos días, que afectan primordialmente al Partido Socialista, está produciendo una indiscutible incertidumbre y crisis de confianza en la política de los ciudadanos españoles. Y no dudo de que el ánimo de quienes hemos ido votando al PSOE, sin ser militantes, puede caer al nivel más bajo de poder continuar votándole en el futuro si no hay serias y eficaces medidas que regeneren la confianza de que no existe una corrupción sistémica y oculta; pues, a pesar de lo que ha manifestado Pedro Sánchez, el caso, -por ahora Ábalos, Cerdán y Koldo”-, no es una anécdota, sino que supone un impacto en la ética de los valores socialistas y un error “in vigilando” a la hora de elegir a personas para dirigir y representar al partido, en la primera línea de responsabilidad política que afecta al propio Pedro Sánchez, y que augura, en la actualidad, un futuro todavía más incierto.

Pocos dudan que lo ocurrido y ya conocido es grave y serio, pero analizando la historia de 150 años del PSOE, no se puede ignorar que ha sido y es un partido formado por miles y miles de personas honradas, honestas y comprometidas con principios y valores. Quien piense que la corrupción de los “Ábalos, Cerdán y Koldos” significa el final del PSOE se equivoca. Con 84 años, haber sido votante socialista en casi todas las elecciones convocadas desde el inicio de la democracia, en estos días mi opinión está desconcertada y desgarrada; me noquea y desanima; y si sumas las repugnantes palabras que en el informe de la UCO se dicen sobe algunas mujeres, aumentan la rabia y el asco. Pero, viendo a tantos líderes de la oposición, del PP y de VOX y ciertos periodistas revolotear como cuervos sobre el PSOE, el Gobierno y Pedro Sánchez, me motivan a la reflexión para evitar el desánimo y la resignación.

Quien piense que la corrupción de los “Ábalos, Cerdán y Koldos” significa el final del PSOE se equivoca

Tras este escándalo que salpica a Cerdán, a Ábalos y a Koldo, Núñez Feijóo y diversos líderes del Partido Popular, los Tellado, las Gamarra y los Semper, no dejan de repetir que el PSOE está “en fase de extinción”, que el Gobierno está “agotado”, pidiendo a Pedro Sánchez que asuma esta situación, pues “su agonía política” -como ellos dicen- no puede ser la agonía de todo un país y que será responsabilidad del partido socialista que Sánchez acabe o no la legislatura. Sin tener ni presentar proyecto de recambio futuro, apuestan, con palabras fáciles, por una regeneración política, por una reconstrucción de las instituciones y una reparación del daño causado, hasta volver a la buena política. ¡Qué ironía! Sí, volver a la política, la de Aznar, Rajoy, Rato, Fernández Díaz, Mazón o Ayuso...

Y a este mar de petición de dimisiones y adelanto electoral, con una escalada de violencia verbal insoportable, se han unido, los obispos españoles: “La corrupción es uno de los cánceres de la democracia, sea del color que sea, porque mina los pilares del Estado, hace perder la credibilidad, y es una puerta de entrada peligrosísima a situaciones de autoritarismo. Es lo que conviene a España por encima de intereses de partidos”, ha dicho el secretario y portavoz, César García Magán, apoyando el discurso del arzobispo Luis Argüello, líder de los purpurados españoles, al asegurar que “la salida a este bloqueo institucional es dar voz a los ciudadanos, principio básico de la democracia”. Resulta, cuanto menos, interesada la postura de la Iglesia, con un corporativismo trasnochado, como les ha contestado en carta el Ministro Bolaños, señalando que esa “comunión espiritual y política” con los partidos de derecha y ultraderecha, con el silencio permanente sin crítica alguna cuando la corrupción afectaba y afecta al Partido Popular, no es ni responsable ni justa.

Es verdad que nos encontramos ante una incógnita desasosegante, si, a tenor de lo que puedan declarar en estos próximos días la “tríada corrupta de Ábalos, Cerdán y Koldos”, guardan grabaciones y elementos de extorsión para manchar a más figuras señaladas cercanas al presidente Sánchez, entonces convendría ir buscando respuestas y soluciones a la incógnita situación presente y de futuro de Sánchez y del partido socialista. Situación que no daría motivos para el optimismo político, pero, sin entrar en el “y tú más”, es bueno recordarles a todos los grupos políticos, que no es ni inteligente ni honesto el distraer la atención de los votantes para que no se fijen en los males que afectan a sus propios partidos. 

Ante esta posibilidad, recuerdo esta curiosa anécdota que el historiador y biógrafo griego Plutarco relata sobre “el rabo del perro de Alcibíades”. Este rico aristócrata y estadista ateniense, sobrino de Pericles, que participó en la guerra del Peloponeso, ambicioso, falto de escrúpulos, imprudente, desleal y hábil orador, que sirvió en cuantos bandos le interesó, paseaba por Atenas con un magnífico perro por el que había pagado mucho dinero. Todos admiraban el esbelto porte del “can” con su espléndida cola. Un día ordenó que se la cortaran. Aquello provocó entre amigos y conocidos toda suerte de comentarios y condenas. No entendían por qué había tomado tal decisión. Todo el mundo le criticaba, pero él, cínico, muy tranquilo y risueño, les respondió que mientras los atenienses se ocupaban del rabo de su perro no se fijaban en la mala gestión de su gobierno. Los “alcibíades” actuales manejan muy bien la palestra y son capaces de amputar la cola a cualquier “can” que sea necesario para ocultar sus propias miserias. Ayuso, MAR, Abascal, Alvise o Mazón son un ejemplo.

Es fundamental que los políticos y las instituciones trabajen para recuperar la confianza de la ciudadanía a través de la transparencia, la rendición de cuentas, la gestión eficaz de los asuntos públicos y la promoción de la participación ciudadana

Sabemos que la confianza es un activo social y político fundamental para el buen funcionamiento de un país, influye en la reducción y solución de los problemas institucionales, aumenta el interés por la sana convivencia, estimula el entendimiento, favorece el diálogo, reduce los enfrentamientos, e, incluso, contribuye al progreso económico y al desarrollo social. También sabemos que perder la confianza en la política tiene consecuencias negativas: es un pésimo síntoma que cuestiona la buena salud de nuestra democracia y compromete nuestra capacidad colectiva para afrontar con éxito los desafíos del futuro; significa la disminución del apoyo público hacia los políticos, contribuye a la deslegitimación de las instituciones, a la apatía y al abstencionismo de la participación ciudadana y, en casos extremos, incluso a la violencia política. De ahí que sea fundamental que los políticos y las instituciones trabajen para recuperar la confianza de la ciudadanía a través de la transparencia, la rendición de cuentas, la gestión eficaz de los asuntos públicos y la promoción de la participación ciudadana. 

La conmoción nacional ante la información revelada estas semanas por el informe de la UCO ha generado importantes recelos muy justificados por lo que pueda aparecer en el futuro; está dejando tocada la credibilidad del partido socialista, la del Gobierno de España, la del presidente Sánchez y desolada a su militancia y sus votantes. Se deben asumir responsabilidades en toda su amplitud, personales y políticas. Estamos viendo que hay actores políticos, jueces con escasa objetividad y periodistas interesados, incluso movimientos ciudadanos situados fuera del sistema, que explotan la brecha de confianza y consiguen ampliar sus parcelas de poder exacerbando el resquemor, las dudas y el miedo de los honestos ciudadanos. Aunque las encuestas que leemos en los medios valoran de forma permanente a los políticos como una de las institucione que genera menos confianza, no comparto esta generalización de que “todos son iguales”, sin distinguir unos de otros. 

En cambio, sí constato, con más convicción cada vez, que muchos de los que dicen que entran en política para servir a la ciudadanía, en el fondo a lo que realmente aspiran, según sus hechos, es a alcanzar el poder y mantenerse en él por encima de todo. Cuando se analizan sus conductas es frecuente observar cómo, en lugar de preocuparse por atender los intereses de los ciudadanos (la “gente” que algunos pregonan) y solucionar sus problemas y necesidades, se ocupan de los suyos, trajinan denodadamente para los suyos, criticando siempre a “los otros”, pero nunca a “los propios”, incumpliendo, con cinismo, sin pudor y a conveniencia, los programas y cuantas promesas hicieron a la hora de conseguir los votos. Son aquellos políticos que acceden a la política y hacen de ella en exclusiva su profesión. Para éstos, la estrategia “de presentarse como servidores del ciudadano y de la gente” es un conocido mecanismo de defensa verbal y psicológico con el fin de disfrazar deseos ocultos; intentan con la expresión “servir a la gente” dar una explicación altruista a su gestión; racionalizan así una ambición que, de hacerla manifiesta, les haría aparecer a los ojos de los ciudadanos con comportamientos poco dignos y con una excesiva ansia de mandar que poco disimulan, descrita en sociología como “la erótica del poder”. Son aquellos políticos camaleones que mutan de color y de principios en función de sus propios intereses: son con los jefes, cuando quieren y buscan medrar, zalameros, pegajosos, serviles, aduladores y pelotas; por el contrario, son fríos, despectivos, altivos, distantes, despreciativos, hasta ofensivos y tiranos, cuando aquellos no les son ya útiles para alcanzar sus intereses.

En momentos de incertidumbre como los actuales, admitiendo la crítica y la autocrítica que el presidente Sánchez, el Gobierno y el PSOE se deben hacer, hay que ganarse esa confianza ciudadana que en la realidad actual se ve perdida

El escándalo de corrupción en la cúpula del PSOE, es decir, matizando, en los dos últimos secretarios de Organización del PSOE y un asesor común a ambos en muchos ciudadanos militantes o no socialistas, pone en duda la promesa de regeneración que llevó Sánchez a La Moncloa. La confianza es un entramado de valores que aúna voluntades para la gestión solidaria. Es la clave en la amistad, en el amor y también en la política. Por eso, las sociedades se quiebran cuando desaparece la confianza. Un gobierno que genere confianza de futuro es necesario siempre, más en estos momentos. Hoy las preguntas que una inmensa mayoría de ciudadanos nos hacemos es qué estrategia va a adoptar Pedro Sánchez ante esta incierta situación y si la continuidad de Pedro Sánchez en la presidencia del gobierno genera confianza o no. No nos vale responder con su “manual de resistencia”.

El pasado domingo, el periodista Xavier Vidal-Folch en el diario “El País” señalaba ciertas medidas que podrían generar confianza en los ciudadanos. Apuntaba siete que recojo:

1) Elección para la nueva cúpula del partido de gente honesta, con años de credibilidad acreditada ante el electorado, y no burócratas oscuros; 

2) Separación entre liderazgo en el partido y del Gobierno, troceando el control, hoy verticalizado y unipersonal: Sánchez debería elegir entre encabezar uno u otro; 

3) En cualquier caso, remodelación ministerial;

4) En ausencia de una moción de censura, ese deber incumplido de la oposición, cuestión de confianza; para reconstruirla ante todos y visualizar una mayoría (o no) parlamentaria; 

5) O bien medidas de efecto (casi) equivalente, como un pacto para los presupuestos de 2026, que evidenciaría estabilidad sin acogotar a los aliados;

6) En su defecto, propuesta, por Sánchez, de un candidato alternativo a la presidencia del Gobierno, de su misma familia política: nueva investidura por dos años; y 

7) Programa legislativo exprés anticorrupción: medidas contra los sobornos, inhabilitaciones permanentes; y transparencia de todos los actos administrativos, incluido el más nimio, desde la primera propuesta. 

Es posible que ante estas propuestas existan encontradas reflexiones, incluso, que ninguna parezca la solución. Pero hay que desacralizar las opiniones de aquellos que todo lo saben, asumiendo que, al menos, alguna debe haber que genere confianza y suscite optimismo. En mi opinión, en momentos de incertidumbre como los actuales, admitiendo la crítica y la autocrítica que el presidente Sánchez, el Gobierno y el PSOE se deben hacer, hay que ganarse esa confianza ciudadana que en la realidad actual se ve perdida. Hay que afrontar la vida y la confianza porque mañana empieza el futuro.

Perder la confianza