jueves. 18.04.2024
Urna-elecciones

El pasado 23 de julio me pasé un día entero en un colegio electoral de Madrid como apoderado de un partido político. Salvo por mi condición física y por el aspecto de la gente que estuve viendo durante todo el día, podría estar reproduciendo lo que vi la primera vez que fui a votar, un 15 de junio de 1977. Parecía que no habían pasado 47 años.

En un aula de un colegio, todavía adornado con dibujos infantiles, había varias mesas donde se sentaban unos ciudadanos, obligatoriamente privados de sus vacaciones, y en los que había dos cajas de plástico transparente con una tapa en la que destacaba una ranura. A partir de las nueve de la mañana empezaron a llegar ciudadanos que, o bien traían de casa, o bien recogían de una mesa donde no había cajas de plástico, unos papelitos que los metían en un par de sobres para introducirlos en las ranuras de las tapas de las cajas de plástico transparente. Ello, después de identificarse con su DNI y de que uno de los componentes de la mesa subrayara en color amarillo su nombre del censo electoral que se le había suministrado y, otro, apuntara ese nombre y el número del censo electoral, en otro papel.

Así, hasta las 8 de la tarde, hora en la que dejaba de llegar gente con papelitos (papeletas según la denominación oficial) y se empezaban a contar las que habían llegado durante todo el día. Después de ese recuento, los ciudadanos que habían estado allí durante todo el día, un presidente/a y dos vocales, tenían que rellenar varios formularios, por cierto repetidos ya que tenían que decir lo mismo en un Acta de Escrutinio que en un Acta de Sesión, para dar varias copias tanto a la Junta Electoral como a los representantes de los varios partidos que estábamos allí. Anteriormente, a las 8 de la mañana, cuando habían llegado al colegio, esos ciudadanos ya habían tenido que rellenar otros impresos que daban cuenta de que todo estaba preparado para que empezara la votación. Al final del día, había un trasiego de todos esos papeles, y de sus copias, hacia las oficinas de la Junta Electoral y de las sedes de todos los partidos representados allí.

Todo eso, exactamente todo eso, es lo que pasó el 15 de junio de 1977 y el 23 de julio de 2023. Con la precisión de las grandes tradiciones, la fiesta de la democracia conservaba esa mezcla de frescura, aroma y sabor de los grandes vinos añejos. Como si no hubiera pasado el tiempo.

Pero si, había pasado. En junio de 1977, los clientes de Caja Madrid, por ejemplo, se relacionaban con su entidad bancaria mediante una libreta en la que, cada vez que iban a su sucursal, un empleado apuntaba el ingreso o la retirada de fondos que se producía. En cambio, ahora, en 2023, Caja Madrid, después de llamarse Bankia, había sido absorbida por Caixa Bank y sus clientes se comunicaban por medios telemáticos, a través de su teléfono móvil, sin necesidad de tener que trasladarse a ninguna sucursal para usar su dinero depositado en esa entidad bancaria. Por supuesto, la propia administración pública también usa medios telemáticos para que los ciudadanos se puedan comunicar con ella, incluso para algo tan serio como pagar impuestos.

Y, como quince horas, que son las que tuve que pasar allí, eso sí, voluntariamente, dan para mucho, pensé: ¿Y por qué el sistema bancario ha evolucionado y el sistema electoral no? Porque, además, y por cierto, en ese colegio hacía un calor ciertamente insoportable y los ciudadanos obligadamente presentes allí, se quejaban de eso y de no recibir ni un botellín de agua por parte de quien les había obligado a estar allí todo un día de domingo y, para algunos, de vacaciones interrumpidas.

Aprovechando el paso del Pisuerga por Valladolid, Núñez Feijóo, sempiterno pisador de charcos, ha propuesto una reforma constitucional consistente en dar vacaciones a la democracia española durante dos meses al año, precisamente esos en los que hace más calor, julio y agosto. Yo creo que, si el asunto acabara en las cortes, alguna enmienda ampliaría el plazo hasta el 10 de junio, por aquello de "hasta el 40 de mayo, no te quites el sayo".

Pero, con calor o sin calor, y teniendo en cuenta la experiencia bancaria, experiencia que, repito, tiene la propia administración pública, ¿por qué no se explora la vía telemática para que los ciudadanos podamos expresar nuestras preferencias políticas sin necesidad de ir con un papelito a un colegio en un domingo para meterlo, dentro de un sobre, en una caja de plástico transparente?

Soy consciente de que no todo el mundo hace uso de medios informáticos en su vida cotidiana, pero hay una gran parte de la población, sobre todo joven, que sí. Y soy conocedor de que la tecnología permite a la gente el gestionar su dinero desde su teléfono móvil con suficiente seguridad, secreto, identificación y registro para conservar ese dinero y evitar que nadie se lo robe o sepa que lo tiene. Los sistemas de blockchain que se usan para las criptomonedas han hecho avanzar mucho esos sistemas. Y, por supuesto, en España, en algunos ámbitos privados, ya se usa el sistema de voto telemático para conocer la opinión de las personas sobre asuntos determinados.

¿Por qué no se empieza a crear una comisión ad hoc para estudiar las posibilidades de que, alguna vez, se pueda votar sin necesidad de ir a ningún sitio para hacerlo?

Desde el punto de vista de los votantes, no estoy seguro de que todos sean más celosos de su voto que de su dinero, por lo que, después de un cambio cultural, que puede llevar el mismo tiempo que ha sido necesario para pasar de la cartilla a la aplicación bancaria, podrían aceptar el votar como en Estonia, por ejemplo.

Así pues, ¿por qué no se empieza a crear una comisión ad hoc para estudiar las posibilidades de que, alguna vez, se pueda votar sin necesidad de ir a ningún sitio para hacerlo? Por supuesto, multipartidaria. Naturalmente que esa forma de votar puede levantar sospechas de que facilite el fraude electoral. Si hay negacionistas de las vacunas, del cambio climático e, incluso, de la esfericidad de la tierra, ¿cómo no los va a haber de la votación electrónica? Pues claro que los habrá, pero el progreso siempre se ha producido a pesar de sus negacionistas.

No creo que haya ningún gobierno que consiga que las siguientes elecciones se produzcan con esa posibilidad de votación electrónica ya que, inmediatamente, eso, se convertiría en munición para la oposición en forma de sospechas. Pero, si hubiera un acuerdo político de amplio espectro para el futuro, podríamos pensar que, algún día, las papeletas de fibra de celulosa prensada nos parecerán tan arcaicas como los trozos de cerámica con los que los antiguos griegos votaban el destierro de algunos de sus conciudadanos.

Me hago cargo de que, planteando esto, lo estoy haciendo a contrapié de la más rabiosa actualidad, aunque me consuela pensar que no soy el único que, en las últimas semanas se ha preocupado por el tema ya que recuerdo haber leído algo sobre ello en la prensa española.

Esperemos que, antes de que los big data, la realidad virtual, la inteligencia artificial, la transmisión telepática o la llegada de la ultraderecha al poder, hagan innecesarias las votaciones, estas se hayan adaptado a los tiempos.

Para la democracia parece que no pasa el tiempo