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“Ciencia, método y orden para ganar provincia a provincia a VOX” La frase que repite Gabriel Rufián y que condensa su propuesta no es solo una consigna ingeniosa sino también una herramienta eficaz para remover “el caldero” en el ámbito de la izquierda del PSOE ante la que parece previsible victoria del bloque formado por el PP y Vox en las próximas elecciones legislativas.
Es ante todo Ciencia. El sistema electoral no opera sobre principios ideológicos, sino sobre distribuciones matemáticas
Esta premisa ha resultado eficaz porque en ese espacio de la izquierda el debate suele formularse habitualmente en términos emocionales —unidad, identidades, liderazgos o agravios acumulados—, cuando el problema central parece cada vez menos sentimental y más estructural. Evidencia que no se trata únicamente de qué proyecto político articular, sino de cómo operar dentro de un sistema electoral que no premia la dispersión ni perdona los errores estratégicos. Por ello, la cuestión ya no es solo política, es también una cuestión de técnica y rigor.
Es ante todo Ciencia. El sistema electoral no opera sobre principios ideológicos, sino sobre distribuciones matemáticas. Y esas distribuciones en España tienen una característica decisiva: la provincia como unidad de competencia real. Aquí reside una de las incomodidades más persistentes para la izquierda alternativa: la incidencia de lo estatal importa mucho menos de lo que suele creerse. Lo determinante es la aritmética provincial, especialmente en las circunscripciones pequeñas.
Es también Método. La realidad de la izquierda alternativa, durante años, ha oscilado entre dos pulsiones contradictorias
El sistema D’Hondt no castiga las diferencias internas por sí mismas, lo que castiga es la fragmentación cuando los votos no alcanzan los umbrales efectivos para obtener representación. En provincias que reparten pocos escaños, la disputa tiende a estrecharse irreversiblemente entre tres actores dominantes. Allí la izquierda situada a la izquierda del PSOE no compite por victorias, sino por la mera posibilidad de existir institucionalmente. Ignorar esta realidad no es romanticismo político, es, llanamente, negación estadística.
Es también Método. La realidad de la izquierda alternativa, durante años, ha oscilado entre dos pulsiones contradictorias. Por un lado, la afirmación identitaria, necesaria para conservar perfiles políticos propios y reconocibles; por otro, la lógica de la agregación, percibida como una vía casi obligada para evitar la penalización electoral. Hoy la pregunta relevante no es si la unidad es deseable en abstracto, sino en qué condiciones produce rendimientos reales. La experiencia reciente ha demostrado algo que todos sabemos: en política, 1 + 1 no siempre suma 2.
La izquierda situada a la izquierda del PSOE convive históricamente con una pluralidad ideológica que, paradójicamente, suele traducirse en debates constantes, tensiones públicas y conflictos entre organizaciones
Por esto, un frente amplio puede ampliar el espacio ... o puede desmovilizarlo. El método exige una lógica menos épica y mucho más volcada en el análisis territorial fino y la evaluación realista. Y aquí emerge la cuestión que suele evitarse: si el objetivo estratégico central no es únicamente maximizar la representación de cada sigla, sino impedir una mayoría absoluta del bloque PP–Vox, el cálculo cambia de naturaleza. Ya no se trata solo de competir, se trata de optimizar el rendimiento del bloque de la izquierda y del progreso en su conjunto.
Hablamos también de Orden. La izquierda situada a la izquierda del PSOE convive históricamente con una pluralidad ideológica que, paradójicamente, suele traducirse en debates constantes, tensiones públicas y conflictos entre organizaciones. Aunque estos sean legítimos en términos políticos, proyectan hacia la sociedad una imagen de inestabilidad permanente. Esa inestabilidad y ese desorden no son solo organizativos, terminan siendo políticos.
La aritmética electoral no admite sentimentalismos cuando la lógica del sistema empuja inevitablemente hacia las fórmulas de concentración
La realidad que las encuestas nos anuncian es implacable: en numerosas provincias pequeñas, incluso la suma hipotética de todas las izquierdas situadas a la izquierda del PSOE no alcanzaría el umbral necesario para obtener representación. Allí, la disputa efectiva ya no se libra entre varias izquierdas, sino entre bloques antagónicos. Si bien el sistema electoral no castiga igual en Madrid que en Zamora, la pluralidad que en grandes circunscripciones genera representación múltiple, en provincias pequeñas se convierte en irrelevancia parlamentaria absoluta. Por ello, si el objetivo es sincero —impedir una mayoría de la derecha o evitar escenarios aún más disruptivos, como mayorías cualificadas capaces de abordar reformas constitucionales—, el orden estratégico exige asumir conclusiones que hoy están muy lejos de las propuestas que circulan habitualmente en el escenario de la izquierda alternativa.
Y es aquí donde debemos incorporar el (y sentido común). La aritmética electoral no admite sentimentalismos cuando la lógica del sistema empuja inevitablemente hacia las fórmulas de concentración. Si la prioridad estratégica es impedir una mayoría absoluta del bloque conservador, el sentido común político abre otra vía aún más pragmática: la exploración de candidaturas únicas o fórmulas de cooperación explicita con el PSOE en aquellos territorios donde la dispersión del voto progresista resulta electoralmente estéril.
Esto no implica una conversión ideológica ni una renuncia identitaria. No se trata de diluir proyectos o de absorber identidades, sino de reconocer una evidencia incómoda: en muchos de esos territorios, la competencia real no se libra dentro del bloque progresista, sino entre bloques. Implica, sencillamente, aceptar la mecánica del sistema. Para ello, hoy se cuenta con una ventaja histórica respecto a elecciones pasadas: la distancia política que durante años separó a estos espacios se ha reducido significativamente por la experiencia compartida del Gobierno de coalición. PSOE y la izquierda alternativa no solo han competido; han gobernado juntos. Han defendido —con sus matices, sus tensiones y sus costes— un balance común que inevitablemente será sometido a examen electoral.
Las próximas elecciones no evaluarán únicamente siglas y proyectos políticos estancos; evaluarán, esencialmente, la gestión realizada en las dos últimas legislaturas y su inmediata proyección en la próxima etapa. En este contexto, la cooperación estratégica de la izquierda deja de ser un imposible para convertirse en una hipótesis racional. Porque sin ciencia la estrategia ignora la matemática real. Sin método la unidad se convierte en intuición errática. Sin orden la pluralidad se transforma en ruido. Y sin sentido común la política corre el riesgo de perder de vista su objetivo fundamental: influir realmente en el resultado.
Así pues, provincia a provincia. Esta lógica es, si cabe, aún más evidente en la elección al Senado. En un sistema mayoritario, si atendemos a lo que indican la mayoría de las encuestas el PP y Vox pueden obtener una mayoría abrumadora si el conjunto de la izquierda no consigue agrupar sus votos en candidaturas unitarias. Es una posibilidad que no es extraña a nuestra historia: ahí tenemos la experiencia de la “Entesa dels Catalans”, que consiguió unos resultados espectaculares que jamás han sido superados, ganando 12 de los 16 senadores en liza. Fue una candidatura pactada entre el PSC-PSOE, el PSUC y Esquerra, más personalidades progresistas en Catalunya. Un ejemplo de que cuando hay método y sentido común la aritmética se pone al servicio de la política. De nosotros dependerá.



