martes. 23.04.2024

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Tal vez no se hablará mucho de esto, pero la Comisión de Venecia, órgano consultivo del Consejo de Europa que fue requerido por el Senado para que opinara sobre la futura ley de amnistía, ha dado a conocer un borrador de resolución en el que establece con claridad que se trata de una iniciativa política, respetable en tanto que tal, y ni incumple las normas de la democracia ni afecta a la división de poderes. Formula críticas y recomendaciones, pero el núcleo del caso, el control de legalidad, es claramente favorable al proyecto. 

Las cosas de las que se habla, pero también las cosas de las que no, constituyen eso que el moderno lenguaje de los eufemismos ha bautizado como “el relato”

Se ha hablado, en cambio bastante poco, en comparación con la enorme trascendencia que tiene, de que se ha publicado en los medios -y no ha sido desmentido- que el juez García-Castellón contó en un foro público, el Foro la Región, cómo había burlado en una ocasión a las autoridades francesas recurriendo a “decir una mentira”. La palabra es suya, fue así como la pronunció. Mentira. Se deducía del contexto que lo había hecho en aras de la lucha contra el terrorismo. Si yo fuera el juez García-Castellón, inferiría de esto que es posible mentir en otro proceso abierto por causa de terrorismo, que ese fin justifica ese medio. Como no lo soy, y no creo en ese tipo de inferencias, ajenas a la idea misma de justicia, me abstendré de hacerlo. 

Las cosas de las que se habla, pero también las cosas de las que no, constituyen eso que el moderno lenguaje de los eufemismos ha bautizado como “el relato”. Ya no es necesario tener razón, lo importante es “ganar el relato”, y yo que me dedico a escribir novelas siempre que leo esto tengo la sensación de que al decir “relato” implico siempre el término “ficción”. 

Pero, en política, construir ficciones es muy peligroso. Porque pueden producirse consecuencias de muy difícil reparación. Supongamos que una investigación, una de nuestras muy lentas investigaciones, de esas que tardan más de cuatro años, incluye indicios que desencadenan, en aras del relato, terremotos políticos que pueden cambiar mayorías parlamentarias, influir de manera decisiva en los comportamientos electorales. Supongamos que luego todo eso se revela “relato”. ¿Quién repara los daños? ¿Quién devuelve al pueblo el Gobierno legítimo que eligió en su día? Por mucho que algunos lo pretendan, no es lo mismo poner una moción de censura basada en una sentencia firme, en los hechos probados, que construir un relato eficaz que consiga una finalidad política. Ni tampoco es lo mismo sembrar sospechas que tener las pruebas encima de la mesa de que se ha mentido a los ciudadanos, como ocurrió en el marzo terrible de 2004, hace ahora veinte años. Cuidado con los relatos. Hay quien puede querer que se confundan con la verdad. Pero no son lo mismo.

El relato